Bronca perredista

Texto escrito para la revista emeequis.

En su exilio académico Luis Carlos Ugalde se debe haber carcajeado al conocer las vicisitudes en la elección de los dirigentes del PRD. El partido que con tanta enjundia descalificó en julio de 2006 al entonces presidente del IFE por las aparentes pero nunca demostradas contradicciones del Programa de Resultados Electorales, ahora tuvo que cancelar los datos que surgían de su propio PREP y que no se ajustaban a las previsiones de los líderes nacionales perredistas. Esos dirigentes, que tanto se empeñaron en culpar al presidente del Instituto Federal Electoral por los resultados de la cerrada votación presidencial en donde a la postre fue ganador Felipe Calderón, varios días después de sus propias elecciones no podían establecer con claridad quién ganó la presidencia nacional del llamado partido del sol azteca.

Más allá de la lentitud en el cómputo –que se apoya en una estructura no profesional–, en la votación del PRD menudearon irregularidades y trampas de toda índole. Las acusaciones mutuas y altisonantes de los seguidores tanto de Alejandro Encinas como de Jesús Ortega, dan cuenta de un encono que supera los márgenes de cualquier competencia entre compañeros del mismo partido. Pero sobre todo, esas abundantes y en ocasiones documentadas denuncias indican la descomposición profunda de un partido cuyas prácticas políticas son diametralmente equidistantes a la democracia que adorna una de sus siglas.

Hace tiempo quedó demostrado que la aspiración revolucionaria –si por tal hemos de entender el cambio abrupto y drástico de las estructuras políticas– quedó superada por la historia contemporánea, de tal manera que la segunda de sus iniciales no era más que ornamento nostálgico en el nombre del PRD. La tercera, ahora se comprueba que es motivo de inconsecuencias y traiciones a los principios pretendidamente democráticos de un partido que no ha podido y tampoco ha querido someterse a reglas de tolerancia, respeto, equidad –en suma, de civilidad política–.

Esta no es la primera elección perredista repleta de anomalías. Las votaciones internas de 1999, cuando Amalia García y Jesús Ortega disputaban la presidencia del PRD, fueron anuladas de tantas irregularidades que hubo la primera vez que se realizaron. En 2002, cuando Rosario Robles le ganó al mismo Ortega, se tuvieron que cancelar los sufragios de al menos seis estados. En 2005 no hubo litigio porque no había competencia: Leonel Cota era el anticipadamente designado por Andrés Manuel López Obrador.

La disputa de 2008 por la dirección del PRD resultó llamativa, precisamente, debido a la competencia entre dos opciones fuertes. El respaldo de López Obrador le dio a Alejandro Encinas una gran cantidad de votos pero también la calidad de candidato oficial que se confirmó cuando, inmediatamente después de las votaciones, el pasado domingo 16 de marzo, la dirección del partido se empeñó en presentarlo como vencedor aunque todavía no contaba con datos suficientes de las casillas electorales.

Jesús Ortega y el grupo que lo ha respaldado fue considerado en muchos medios de comunicación –y aparentemente también en algunos segmentos de la clase política nacional– como una auténtica alternativa al liderazgo previsiblemente maniatado que tendría Alejandro Encinas debido a su incondicionalidad a López Obrador. El comportamiento político de los dirigentes de esos dos grupos tiene diferencias de forma. Ortega y sus seguidores son más proclives al diálogo y la negociación. Y aunque Encinas es un político curtido en las tortuosidades de las izquierdas así como en los problemas reales de la gestión pública, entre quienes lo apoyan se encuentran los grupos y personajes más agresivos e intolerantes de ese partido y no pocos bribones habituados a hacer negocio al amparo del PRD.

Sin embargo los proyectos políticos tanto de Ortega como de Encinas y sus respectivos seguidores son igual de pobres y no tienen diferencias sustanciales. Ambos grupos, enfrascados en el pleito recíproco, han tenido nulo interés en la elaboración de ideas que siempre hace la diferencia entre los partidos y en las corrientes que los ocupan. Así que independientemente de quién haya ganado estas elecciones el PRD seguirá siendo un partido de reflejos rápidos pero de pensamiento hueco. Y esa pobreza conceptual y propositiva no es para alegrar a nadie.

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