Octavio Paz: “que lean poesía”

Ahora que se han cumplido 10 años de la muerte de Octavio Paz, quizá es oportuno colocar en este sitio dos textos que escribí en abril de 1998.

La Crónica, 21 de abril de 1998

Octavio Paz: “Que lean poesía”

Lucidez, transparencia, búsqueda, clarividencia… Las palabras, danzarinas e insuficientes, sirven para colmar de reconocimientos al poeta enorme cuya muerte ahora deploramos pero que era, y no hay que olvidarlo, pertinazmente irreverente con ellas. A las palabras, Octavio Paz las utilizaba, no las veneraba. Las hacía respetables por el contenido del cual las dotaba, por las ideas que comunicaba a través de ellas. Pero estaba muy lejos de su actitud una idolatría como la que, convenenciera o improvisadamente, ahora se le puede profesar a él mismo.

Octavio Paz, hombre de letras, maestro inimitable en el manejo del lenguaje, era gracias a ello y junto con eso, intelectual. Hombre de ideas, jamás lo fue de dogmas. Incluso, hay que reconocerlo autocríticamente, su fobia a los fundamentalismos le valió censuras y reproches en un ambiente cultural que durante largo tiempo, era más proclive al aplauso fácil que al reconocimiento de ideas renovadoras.

En esa resistencia a los dogmas se encuentra el cimiento de la congruencia en la obra de Paz. En las letras lo mismo que en las ideas, su obsesión fue la búsqueda. Ya en la metáfora innovadora que en el verso desatado de rigideces, o en la libertad ensayística y en la diversidad temática de sus reflexiones, Paz era ejemplar demostración de la amplitud de miras del auténtico trabajo intelectual.

Junto con ello y sin condescendencias a las causas de moda, supo asumir compromisos que se reflejan en su obra y en su biografía como hombre público. La adhesión con la República en España, la desaprobación de la masacre en Tlatelolco o más recientemente, la exigencia por la modernización mexicana fueron, entre otros, momentos de una vida señalada por la búsqueda y la coherencia.

Nada nuevo decimos con todo lo anterior. Nada nuevo se dirá sobre el poeta que falleció anteanoche, pero la unanimidad de reconocimientos da cuenta de la magnitud que tenía entre nosotros la presencia, como referente lúcido, del Premio Nobel. Acaso esta propagación de textos suyos y opiniones sobre sus poemas y ensayos, sirva para que a Paz se le lea más –y mejor– y lo releamos con la mirada ávida de hallazgos y reencuentros que hay en el transcurso de toda su obra.

Leer a Paz: podría llegar a ser, con algo de ánimo constructivo, una tarea fundamental para las instituciones culturales de México. Buen provecho se obtendría de ello. Cuando se supo que le habían otorgado el Nobel, hacia octubre de 1990, un reportero le preguntó en Nueva York qué le recomendaría al presidente de los Estados Unidos. “Que lea poesía”, fue la respuesta del autor de Piedra de sol. ¿Y al presidente de México?, le insistieron. “Pues que también lea poesía”.

Paz añadió entonces: “Pero no sólo los políticos deben hacerlo; los sociólogos y los especialistas de las llamadas ciencias políticas (aquí hay una contradicción en los términos, porque creo que la política es más arte que ciencia) requieren de un acercamiento a la poesía porque siempre hablan de las estructuras, de las fuerzas económicas, de la fuerza de las ideas y de la importancia de las clases sociales, pero poquísimos hablan del interior de los hombres. Y el hombre es un ser más complejo que las formas económicas e intelectuales”.

Reconociendo esa dimensión humana y por lo tanto veleidosa de los procesos sociales, Paz reflexionó con infrecuente lucidez sobre los cambios de su tiempo. No tuvo condescendencias para señalar al autoritarismo del sistema político mexicano o las iniquidades del llamado socialismo real, como no las había tenido antes para diseccionar la personalidad del mexicano o, luego, las tendencias de la poesía contemporánea.

Pero no era un intelectual que se quedase azorado con las novedades políticas o literarias, aunque las hubiera previsto o hubiese contribuído a moldearlas. Tenazmente, Paz buscó explicaciones y cuando era posible advertencias, en la historia del país y del mundo. “¿Cuál puede ser la contribución de la poesía en la reconstitución de un nuevo pensamiento político?”, se preguntaba él mismo en una entrevista publicada en Vuelta en julio de 1989. Y respondía: “No con ideas sino con algo más precioso y frágil: la memoria. Cada generación los poetas redescubren la terrible antigüedad y la no menos terrible juventud de las pasiones…”

Esa reivindicación de la memoria, que lo llevó a escribir ensayos deslumbrantes sobre la historia de las letras mexicanas, estaba presente en las explicaciones que Paz encontró en otras regiones y ante otras culturas del mundo. En esa multiplicidad de afluentes, afianzó su universalidad y, a sus lectores, nos hizo un poco más contemporáneos y un poco más humanos. Es preciso releerlo, con gozo y provecho, para participar de ese ejercicio de memoria y también, claro, para compartir ese empleo irreverente a la vez que afectuoso con el que Octavio Paz hacía lucir a Las Palabras: “Dáles la vuelta/ cógelas del rabo (chillen, putas) / azótalas…/ hazlas, poeta/ haz que se traguen todas sus palabras”.

La Crónica, 26 de abril de 1998

Cuatro momentos de Octavio Paz

Antes que en los libros, Octavio Paz cultivaba en el periodismo la polémica y la cavilación sobre asuntos públicos. No se dejaba alterar fácilmente por las veleidades de la coyuntura. Pero es evidente que durante las décadas recientes, la presencia crítica de Paz contribuía –o pretendía hacerlo– a la reflexión de asuntos relevantes de la sociedad y la política mexicanas.

No siempre despertaba unanimidades –al contrario—. Pero la pluma aguda y ilustrada del poeta, solía incorporar el aire fresco de las cosas bien pensadas y bien dichas aún en varios de los asuntos más conflictivos.

Paz solía defender el derecho de otros a expresar ideas e incluso, a discrepar con él. Quizá no siempre era todo lo tolerante que ahora puede pretenderse, pero él mismo daba a conocer con intención polémica sus reflexiones más puntillosas. Con ese mismo ánimo abierto al intercambio y que naturalmente no excluye la discrepancia, será útil volver sobre los millares de cuartillas que Paz escribió sobre asuntos de la vida pública mexicana.

Las páginas de las revistas que dirigió están colmadas de textos que en su momento tuvieron la intensidad del debate directo y que, sin dejar de ser elegantes, rehuían los lugares comunes. Luego, Paz acostumbraba recoger muchos de esos artículos (no todos, por cierto) para nutrir sus libros.

En Plural, la revista que dirigió entre 1971 y 1976, encontramos contribuciones como las siguientes, en donde la fugacidad del momento político era discutida sin perder la perspectiva histórica ni la elegancia literaria.

Desnudar a los jefes de su poder

En 1972, Plural organizó un encuentro con el tema Los Escritores y la Política, publicado en el número 13, de octubre de 1972. A partir de un texto de Paz, había comentarios de Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Jaime García Terrés, Carlos Monsiváis y algunos otros. En su invitación al debate, el director de la revista cuestionaba la dualidad PRI-Presidente y luego de un rápido recorrido por la formación de la política en los siglos recientes, dictaminaba que: “Los partidos modernos son iglesias sin religión dirigidas por clérigos blasfemos”.

El de los intelectuales y la política es uno de los grandes temas, nunca del todo resueltos y con el inconveniente de que sólo suele ser analizado a partir de situaciones específicas, en la reflexión moderna sobre los asuntos públicos.

En aquel texto, Paz establecía contrastes entre los políticos y los escritores a partir de preguntarse a quiénes representa cada uno de esos gremios. Su respuesta podía ser incluso desconcertante: el escritor no se representa ni siquiera a sí mismo. Pero junto con ello incorporaba uno de los elementos que, intencional o espontáneamente, habría venido y seguiría siendo frecuente en su actitud intelectual, lo mismo delante de las letras y el arte que en temas específicamente políticos: el pensador, para cumplir con su vocación, debe dudar permanentemente. No se trata de dudar de todo y ante todo, lo cual se convertiría en inseguridad para sostener convicciones o, como Paz sugeriría en un texto posterior y que reproducimos más adelante, en fuente de indefiniciones.

Ahora que hay quienes, evidentemente a destiempo, se conduelen porque Paz no tuvo una presencia política más activa y explícita (ahora incluso se ha dicho que debió haber sido un líder activo del pueblo de México) son especialmente recuperables estas palabras, con las que concluía aquel texto de octubre de 1972:

“La palabra del escritor tiene fuerza porque brota de una situación de no-fuerza. No habla desde el Palacio Nacional, la tribuna popular o las oficinas del Comité Central: habla desde su cuarto. No habla en nombre de la nación, la clase obrera, la gleba, las minorías étnicas, los partidos. Ni siquiera habla en nombre de sí mismo: lo primero que hace un escritor verdadero es dudar de su propia existencia. La literatura comienza cuando alguien se pregunta: ¿quién habla en mí cuando hablo? El poeta y el novelista proyectan esa duda sobre el lenguaje y por eso la creación literaria es simultáneamente crítica del lenguaje y crítica de la misma literatura. La poesía es revelación porque es crítica: abre, descubre, pone a la vista lo escondido –las pasiones ocultas, la vertiente nocturna de las cosas, el reverso de los signos. El político representa a una clase, un partido o una nación; el escritor no representa a nadie. La voz del político surge de un acuerdo tácito o explícito entre sus representados; la voz del escritor nace de un desacuerdo con el mundo o consigo mismo, es la expresión del vértigo ante la identidad que se disgrega. El escritor dibuja con sus palabras una falla, una fisura. Y descubre en el rostro del Presidente, el César, el Dirigente Amado y el Padre del Pueblo la misma falla, la misma fisura. La literatura desnuda a los jefes de su poder y así los humaniza. Los devuelve a su mortalidad, que es también la nuestra”.

Indignación, moral de corto plazo

Pero la sola descripción del poder, por penetrante y develadora que sea, no siempre basta. El intelectual suele querer levantar su voz e influir: respaldar o condenar, hacer públicas posiciones que den cuenta de su ciudadanía. Un año más tarde, con motivo del golpe de Estado en Chile, Paz escribía desde una estancia en Cambridge un vehemente artículo titulado “Los Centuriones de Santiago” en donde compartía las condenas a la represión en contra de la sociedad chilena y algunos de sus principales dirigentes. Pero no quería quedarse allí. La descalificación de Pinochet y sus esbirros quedaba muy clara, pero además el poeta mexicano sostuvo:

“Condenar la acción de los militares chilenos y denunciar las complicidades internacionales que la hicieron posible, una activas y otras pasivas, puede calmar nuestra legítima indignación. No es bastante. Entre los intelectuales la protesta se ha convertido en un rito y una retórica. Aunque el rito desahoga al que lo ejecuta, ha perdido sus poderes de contagio y convencimiento. La retórica se gasta y nos gasta. No protesto contra las protestas. Al contrario: las quisiera más generalizadas, enérgicas y eficaces. Pido, sobre todo, que sean acompañadas o seguidas por un análisis de los hechos. La indignación puede ser una moral pero es una moral a corto plazo. No es ni ha sido nunca el sustituto de una política. Renunciar al pensamiento crítico es renunciar a la tradición que fundó el pensamiento revolucionario y abrazar, ya que no las ideas, los métodos intelectuales del adversario: la invectiva, la excomunión, el exorcismo, la recitación de las autoridades canónicas. Lo ocurrido en Chile ha sido una gran tragedia. También ha sido, digámoslo sin miedo, una gran derrota. Una más en una larga serie de derrotas. ¿Por qué y cómo? Hay que hacer un examen de la situación nacional e internacional, valorar las fuerzas sociales en juego, reflexionar sobre los métodos empleados y reconocer –aunque sea humillante para los dirigentes y los teóricos, engreídos con sus frágiles esquemas– que los resultados han sido desastrosos…” (Este texto, igual que el anterior sobre El Escritor y el Poder, fueron recopilados luego en el libro El Ogro Filantrópico, cuya primera edición es de 1979).

Aquella exigencia de Paz estaba dirigida especialmente a las izquierdas. No dejaba de ser notable –lo es ahora– que a diferencia de los cartabones en los que a menudo se le ubicó, Paz no tomara distancia de las preocupaciones sociales de aquellas izquierdas sino para demandarles inteligencia autocrítica. Allí podía apreciarse, junto con la discusión sobre la posibilidad del socialismo en un país insuficientemente desarrollado, la reiteración de las tareas que para Paz podía desplegar el intelectual sin dejar de serlo: reprobar con toda la intensidad posible tropelías como las de los militares chilenos, pero ir más allá. Buscar explicaciones, cuestionar, dudar, más que una actitud quería ser un método.

Escepticismo, poder, credulidad

Ese método podía orientar actitudes ante los galanteos mutuos entre el poder político y los intelectuales. A comienzos de 1976, el PRI organizó una publicitada reunión de escritores y artistas con el candidato presidencial, José López Portillo. Paz nunca fue singularmente distante del poder, pero una cosa era haber representado a México como embajador, o reunirse a discutir y departir con gobernantes y miembros de la clase política y otra, participar en un acto de campaña. No es que el compromiso político expreso sea fatalmente indeseable. Pero la contribución que mejor pudieran hacer quienes tienen o debieran tener a las ideas y las palabras como instrumentos de trabajo, está más en la duda creativa que en el aplauso complaciente.

Octavio Paz publicó entonces, en Plural No. 53, de febrero de 1976, un exigente y sarcástico artículo titulado “El Desayuno del Candidato”. Allí el poeta postulaba, entre otros rasgos de una inmadura nación:

“En un país donde el Poder Legislativo es una ´claque´disciplinada y obsequiosa que cada año, en esas apoteosis burocráticas que son los Informes Presidenciales, rompe el ‘récord’ mundial de la duración de los aplausos;

“…en un país donde gobierna un Partido que desde hace medio siglo gana todas las elecciones y que, como el Grifón que vio Dante en el Purgatorio y que era una alegoría de Nuestro Señor, cambia sin cesar y nunca deja de ser el mismo;

“…en un país donde la televisión y la radio son propiedades de una empresa particular, con excepción de una pequeña parte en manos del Gobierno;

“en un país donde, salvo poquísimos y conocidos casos, la prensa es un negocio, un altavoz de los grandes intereses privados y de la burocracia política que nos gobierna;

“…en un país donde la conciencia popular se distingue por su pasividad, su resignación, su desaliento y su nihilismo, es decir: por su inconsciencia;

“en un país donde la opinión pública no tiene ni fuerza ni medios para expresarse y en el que las formas predilectas de la crítica son el chiste político y el rumor, productos ambos del escepticismo y la credulidad (estas actitudes no son incompatibles sino en apariencia: el alma roída por el escepticismo está ya madura para la superstición, el que duda de todo acaba por todo creerlo y las antesalas de César están llenas de nihilistas en busca de empleo);

“…en un país, en suma, donde apenas si hay grupos y voces independientes;

“¿cuál es la función de los intelectuales?

“La respuesta está en todos los labios: concurrir al desayuno ritual que se ofrece al Candidato del PRI a la Presidencia de la República”.

Los atributos del país de 1976 que enumeraba el poeta en aquel artículo eran varios más, pero en todo caso la anterior transcripción nos deja ver las limitaciones en la cultura política, junto con las reiteraciones en las costumbres de las élites políticas e intelectuales: unas ya un tanto superadas y las otras, todavía presentes. Veintidós años después de esa descripción, en México existen contrapesos políticos, espacios de expresión y una diversificación partidaria y mediática que en aquellos tiempos no teníamos. La función de los intelectuales, en cambio, no ha dejado de ser en muchos casos complaciente cuando se trata de mimetizarse a las causas de moda. Si ya no con el PRI, ahora alrededor de otros actores políticos se echa de menos una exigencia crítica como la que Paz desplegó, demostró y reclamó.

Poesía y alma; crítica y luz

En diciembre de 1976, al presentar el primer número de la revista Vuelta, Octavio Paz citaba a Gibbon en la siguiente frase: “Todo lo que los hombres han sido, todo lo que ha creado su genio, todo lo que su razón ha ponderado, todas esas obras que se acumulan en nuestras ciudades –todo eso ha sido hecho por la crítica”. Y apuntaba Paz: “Tal vez el gran historiador exageraba. No demasiado: un pueblo sin poesía es un pueblo sin alma, una nación sin crítica es una nación ciega”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s