Monsiváis, pedagogo y periodista

Véase también, Monsiváis y La Cultura en México

La granja

Nexos, mayo de 2008

//www.flickr.com/photos/tiquis/¿Cuáles son las coordenadas del catecismo de Carlos Monsiváis? Las obsesiones temáticas de ese escritor son tan conocidas como abundantes: el antiautoritarismo en todos los terrenos y la impugnación infatigable a toda clase de censura, la reivindicación de la cultura sin exclusiones, la mirada universal y poliabarcante, la tolerancia y la inteligencia. Todos esos, son rasgos de una obra profusa y deslumbrante que no pretende imponer doctrina alguna como sucede con los catecismos habituales. El pensamiento de Monsiváis no es convencional ni esquemático, aunque se nutre en la crítica de convencionalismos y simplificaciones. Como catequista sería poco eficaz pero la tarea pedagógica de ese escritor, aunque ese no haya sido su propósito, ha tenido consecuencias importantes.

En una entrevista publicada en 1997 Elena Poniatowska le preguntó, a propósito de la reedición de su Nuevo catecismo para indios remisos:

“–¿Tú crees que los catecismos sirven para algo?

–Todo catecismo tiene una función didáctica, la interiorización del dogma a través de la repetición exhaustiva. Esto para mí es lo opuesto al acercamiento a lo religioso. En ese sentido, el catecismo nunca me ha interesado”.

Aunque no de manera explícita, el trabajo de Monsiváis ha sido profundamente didáctico. La infinidad de asuntos y temas de los cuales se ocupa, es en sí misma paradigmática de una manera de ver al mundo a la vez ambiciosa e inteligente. Por lo general lejos de los dogmas y explícitamente contraria a ellos, la obra de Monsiváis es tan colosal y múltiple que tan solo para clasificarla harían falta varios coloquios. Algunos de sus temas:

* En el campo de la política la reivindicación de la sociedad civil; el señalamiento de atropellos e incongruencias de priismos y caciquismos; habitualmente, aunque en este terreno el analista a veces se deja vencer por el apologista, el apremio crítico a las izquierdas y desde luego el cuestionamiento enterado y obstinado a las derechas. Monsiváis ha sido testigo y en ocasiones actor él mismo, de las dificultades para el cambio político en México.

* En el terreno de la cultura, una mirada omniabarcante junto con una gozosa recuperación de expresiones populares. Monsiváis se ocupa de las películas de El Santo y de las historietas de La Familia Burrón lo mismo que del muralismo y el cine. Es uno de los historiadores más acuciosos de la literatura mexicana.

* En la develación de los rasgos y las novedades de la sociedad mexicana Monsiváis ha sido sociólogo y antropólogo, testigo e historiador pero sobre todo, cronista polifacético y minucioso. Nadie como él describió los modos del pachuco y la estética de la naquiza, las representaciones del machismo y las glorias del burlesque, la intensidad de los hoyos fonqui y los reventones punk, la ligereza de los albures y la pobreza del lenguaje político.

* La mirada de Monsiváis va de la recreación nunca apologética del nacionalismo cultural, a la recuperación constantemente al día de las novedades culturales del mundo. Se ha ocupado lo mismo de Pedro Infante y Juan Orol, que de Peckinpah y Fassbinder.

* En el campo de la moral pública, que ha desmenuzado como nadie en México, Monsiváis ha sostenido una persistente batalla por el respeto a las diferencias y las prácticas de los individuos. Es, en ese terreno tanto como en el de la política, afanoso defensor de los derechos de las minorías y fue precursor en la reivindicación pública de los derechos de la mayoría femenina que hay en nuestra sociedad.

* En el ámbito del periodismo lo singularizan el comentario cáustico y a tiempo, la exhaustiva revisión hemerográfica, la persecución del dato que dé sentido a la opinión, la crítica incesante de excesos retóricos y abusos autoritarios de toda clase de actores de la vida pública.

* En la vida pública, Monsiváis no sólo ha sido el observador sobresaliente de las inflexiones y mutaciones en la expresión cultural y social, en todas sus vertientes. Se le ha visto en mitines partidarios así como en conciertos de rock, tanto junto a presos políticos como en convivios del jet set. Ha sido capaz de aparecer lo mismo como Santa Clos en Los Caifanes que en shows de televisión en donde es el invitado central. Las conferencias de Monsiváis llenan auditorios dentro y fuera de México. Su sola presencia convoca multitudes a las que entonces no puede describir en sus crónicas porque tiene que disertar delante de ellas y así, contribuir a ilustrarlas. Crítico y cronista de los más variados personajes, él mismo es protagonista inimitable e irrepetible tanto en el campo académico y la deliberación cultural como en el comentario de la disputa política. Se le ha podido encontrar como personaje de historietas (Chanoc y Los Supersabios) y en la bibliografía sobre estudios culturales de las principales universidades del mundo.

¿Cómo abordar una obra tan abundante y diversa? En un chat a fines del siglo XX, con la alevosía que confiere el anonimato cibernáutico, uno de los participantes le preguntó:

–“Qué es usted? ¿Un sociólogo, un periodista, un voyeurista, o simplemente, un metiche?

-“Lo último me gusta mucho pero tiene riesgos, ciertamente ser un metiche es una ocupación que prácticamente a todos los mexicanos y seres humanos nos absorbe lo aceptemos o no. Un presidente de la República es un metiche en los asuntos de la nación, el jefe de policía es un metiche en la conducta de los delincuentes o debería serlo. En mi caso lo único que me inquieta de ser metiche es que el término está tan acotado cronológicamente que me siento de pronto habitando una vecindad de los años 50. No soy un sociólogo y si no soy un periodista estoy viviendo de nada”.

Esa confesión de su oficio periodístico nos sirve de coartada para acotar esta breve incursión en el trabajo de Carlos Monsiváis.

Monsiváis, cronista

Como periodista Monsiváis ha sido autor, compilador y editor. Su observación de los cambios y las inercias del país la ha consignado en un estilo que va de la crónica al reportaje con el que ha logrado algunos de los testimonios más agudos de la realidad mexicana en las últimas cuatro décadas. Sus libros más conocidos (Días de guardar, Amor perdido, Entrada libre, Escenas de pudor y liviandad, Los rituales del caos, entre tantos otros) reúnen, obsesivamente revisados por su autor, algunos de esos textos. Allí el cronista comparte con tanta franqueza sus asombros que, ante la falta de referencias suficientes, el estilo de Monsiváis pudo ser comparado con el de los autores del nuevo periodismo estadounidense de los sesenta.

Además de una desbordada curiosidad que lo lleva a asomarse a antros y estadios igual que a manifestaciones, asambleas, exposiciones y reventones, Monsiváis incorpora en sus crónicas un ingrediente ético y político que les confiere mayor autenticidad y, también, sesgos en ocasiones discutibles. De sus retratos de las luchas sociales de los años ochenta Monsiváis decía: “No idealizo a los movimientos, y algo sé de los autoritarismos prevalecientes en muchos de ellos”.

A veces es cuestión de énfasis –y en otras, el énfasis reemplaza a los matices– pero sus afinidades políticas lo llevan, como cronista, a destacar más los sesgos épicos que los yerros déspoticos en las causas con las que simpatiza. Las posiciones llegan a realzar las descripciones y puesto que no hay engaño, ese es otro de los atributos de Monsiváis como cronista. En uno de sus últimos textos, nuestro querido Carlos Pereyra celebraba la capacidad de indignación que nunca abruma la capacidad analítica de Monsiváis:

“Son crónicas elaboradas desde una profunda fobia al poder, tal vez en parte porque lo que éste es en sí mismo (ya sea como poder económico, político, sindical, etcétera) pero, sobre todo, por las formas desmedidas e incontroladas que adopta en México. De ahí la preocupación por registrar momentos de la sociedad que se organiza, pues sólo de este proceso de organización social cabe esperar el establecimiento de relaciones democráticas que permitan el control del ejercicio del poder”.

Seguía Pereyra: “Si bien son muchos de los escritores que se multiplican desde una óptica contraria al poder, es muy difícil encontrar textos con la vitalidad y el vigor estimulante de las crónicas monsivaianas. No es cuestión sólo del insólito talento de Monsiváis, de su pasmosa capacidad de síntesis, de su dominio del lenguaje, sino de tomarse en serio la especificidad de los actores sociales. Frente a la escritura automática y doctrinaria que caracteriza la enorme mayoría de los textos elaborados desde posiciones que se quieren ligadas a los dominados y marginados, donde se sabe de antemano la misión histórica que ha de desempeñar cada protagonista social y se tiene ubicado de una vez para siempre el sentido de sus acciones, las crónicas de Monsiváis ofrecen al menos una lectura de cómo se forman en la historia real esos protagonistas sociales”.

Monsiváis, mordaz profesional

También conocido, especialmente a partir de su columna “Por mi madre, bohemios”, es el trabajo de sátira y crítica que Monsiváis hace de dislates, necedades y excesos que cometen numerosos protagonistas de la vida pública mexicana amparados en posiciones de poder político, empresarial, clerical, cultural o periodístico. Gracias al seguimiento de esas declaraciones, puntualmente acotadas con su sarcasmo ampliamente célebre, Monsiváis consigue que esos disparates y abusos no queden impunes. Originada en la selección de prédicas contra los estudiantes de 1968, esa columna apareció en los años setenta y ochenta en el suplemento cultural de Siempre!, luego en La Jornada y más tarde transitó a Proceso.

Ese inventario semanal de expresiones será fuente indispensable cuando se haga la historia social y política de esta época en nuestro país, aunque su propósito es la exhibición a tiempo de los juicios y prejuicios de distinguidos actores (convertidos a veces en histriones) de la actualidad mexicana. Se trata de un registro de dichos que complementa el seguimiento de hechos que Monsiváis ofrece en sus crónicas.

En las pequeñas apostillas a las frases recopiladas en “Por mi madre, bohemios” igual que en la mayoría de sus textos, la ironía es método e instrumento de Monsiváis para ofrecer una visión crítica. Parodia, sátira y puya, le sirven para flagelar tanto como para describir. La mordacidad desborda con tanta intensidad a los textos de Monsiváis que, a veces, el fondo es desplazado por la forma. Con alguna frecuencia, las denuncias de este autor suscitan más risa que irritación. La socarronería que emplea para zarandear a los poderosos, quizá ocasionalmente supera a la reflexión en la manera como son leídos los textos de Monsiváis.

Este autor, incluso, llega a ser víctima de su imagen de intelectual ocurrente. A menudo cuando se presenta en una conferencia, aún antes de decir cualquier cosa, el púbico comienza a sonreír en cuanto Monsiváis aparece. Solo tiene que decir “buenas noches” para que surja la primera carcajada. Sin duda es saludable, y hasta envidiable, tener oyentes tan generosos como los que Monsiváis encuentra en todas partes. Pero al mejor Monsiváis lo encontramos, sin dejar de admirarnos con sus textos y charlas desbordantes de sarcasmo, cuando lo tomamos muy en serio.

La contribución incesante de Monsiváis a entender pero también a construir la cultura y, de manera más amplia, la idea y la práctica de lo público en México, supera con mucho los desacuerdos que se puedan tener con sus posiciones sobre asuntos coyunturales. Junto a su lucidez es admirable –y por eso agradecible– la perseverancia de Carlos Monsiváis en la escritura crítica.

En octubre de 2000 se realizó en Bellas Artes el “Coloquio Pensamiento y escritura de Carlos Monsiváis” y dentro de él la mesa titulada “El Catecismo de Carlos Monsiváis”. Este texto, a excepción del último párrafo, es parte de lo que dije en aquella ocasión.

Referencias

-Carlos Monsiváis, “De los movimientos sociales de los ochenta”. La Jornada Semanal, La Jornada, 20 de marzo de 1988.

-Carlos Pereyra, “La escritura de fragmentos significativos”. “La Jornada Semanal”, 20 de marzo de 1988.

-Elena Poniatowska, “Los pecados de Carlos Monsiváis”. La Jornada Semanal, 23 de febrero de 1997.

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2 comentarios en “Monsiváis, pedagogo y periodista

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