El humor presidencial

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revista emeequis, 16 de junio de 2008

Dicen que se exaspera con facilidad. También aseguran que se le advierte una nueva arrogancia, correlativa a una también reciente indisposición a discutir sus decisiones. Es de esperarse. Los problemas del país son para encrespar a cualquiera. Y a pesar de la desacralización que ha experimentado en los sexenios recientes, El Poder Presidencial sigue siendo eje, vértice y símbolo del sistema político mexicano.

En el presidente no solo se concentran mayores recursos para gobernar que en cualquier otro de los poderes institucionales. Además, en torno suyo sigue habiendo una corte de aduladores pocas veces dispuestos a matizar o replicar ante acciones y dichos del titular del Ejecutivo Federal.

Quizá por eso, según cuentan, Felipe Calderón de ha vuelto más distante y aparentemente menos dispuesto a escuchar opiniones discordante con las suyas. Acaba de llegar a la cuarta parte de su mandato constitucional. Año y medio sometido a rituales oficiales y rutinas oficiosas, pero además a costumbres en donde la veneración y la postración no han desaparecido del todo, son para ofuscar a cualquiera. Sobre todo, cuando la cantidad y densidad de los problemas que debe afrontar alcanzan la gravedad que padecen las zonas más difíciles de la sociedad y la economía mexicanas.

Cuando aparece en público se le advierte preocupado. Sería mala señal que no lo estuviera pues todavía es incierta la manera como México será afectado por la crisis económica internacional y, a pesar de insistentes esfuerzos, seguimos sin remedios suficientemente eficaces ante las carencias sociales más urgentes. Calderón prometió más empleos y aquel compromiso no solamente sigue sin ser alcanzado. Además, las cifras sobre ocupación laboral que manejaba el gobierno resultaron amañadas debido a un aparente error en los criterios para contabilizar puestos de trabajo que utilizaba el Seguro Social.

También prometió hacer más y mejor política y también en esa asignatura, en la que presuntamente estaba mejor capacitado, los resultados son inferiores a las expectativas con las que fue electo. Los principales acuerdos políticos en lo que va del sexenio no los ha procurado directamente el gobierno federal aunque haya participado en el cabildeo para alcanzarlos. La reforma fiscal del año pasado, que está resultando de mucha menor profundidad de lo que sus propagandistas habían alardeado, fue consecuencia de un responsable acuerdo entre legisladores, fundamentalmente del PAN y el PRI. También de allí, con la participación del PRD, surgió la reforma constitucional que entre otras cosas modificó las reglas para la difusión de mensajes electorales en los medios electrónicos y que, por otro lado, condujo a la destitución de varios de los consejeros del IFE.

Calderón les ha dejado a los partidos ese proceso de acercamientos pero ahora pareciera negar los avances en ese terreno. Santiago Creel, el operador político más importante del PAN en el Congreso, fue destituido como coordinador de los senadores de ese partido en lo que parece una operación que mezcla la revancha política con la aceptación a una exigencia de Televisa.

El senador Creel les resultaba molesto a los magnates de los medios porque auspició la reforma constitucional que dejó a televisoras y estaciones de radio sin varios miles de millones de pesos en las épocas de campaña electoral. Pero quizá les resultaba especialmente incómodo porque ha estado comprometido con una revisión integral a la legislación para los medios de comunicación.

La remoción de Creel no es la única concesión que el presidente les está dispensando a algunos de los poderes fácticos. Además ha sido anuente con las exigencias de las enmohecidas pero agresivas corporaciones sindicales.

La pretendida reforma en la enseñanza, el presidente aceptó sujetarla a las condiciones y supervisión de Elba Esther Gordillo y la burocracia que junto con ella maneja al SNTE. En la reforma petrolera (respecto de la cual hay numerosas y contradictorias opiniones) Calderón se ha negado a menoscabar los intereses del sindicato de Pemex.

El presidente ha resuelto tolerar a los poderes mediático y sindical e incluso se alía con ellos. Quizá busca acumular sus recursos, políticos y de toda índole, en el combate a otro y mucho más amenazador poder fáctico, el de la delincuencia organizada. Acaso justiprecia los males menores frente a la necesidad de atajar al mal mayor que es el narcotráfico. Pero no vaya a ocurrir que, por concentrarse en la batalla más importante, el presidente esté descuidando todo lo demás. No son decisiones sencillas. Es entendible que el presidente Calderón esté preocupado. Nosotros también.

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