Monsiváis y La cultura en México

Ver también: Monsiváis, pedagogo y periodista

Zócalo, junio de 2008

Siempre merecidos, nunca suficientes, en la gran mayoría de los abundantes homenajes que se le han dedicado a Carlos Monsiváis con motivo de sus 70 años se ha omitido una de sus facetas más creativas, valiosas e incluso política y culturalmente innovadoras y pedagógicas. Me refiero a su papel como editor del suplemento que mantuvo durante 15 años en la revista Siempre!

Él mismo ha subestimado la importancia de aquel suplemento pero sus lectores de entonces no podríamos hacerlo. En una entrevista en 1998 le preguntaron y contestó:

-A Benítez se le acusó de mafioso, a Octavio Paz… ¿Cómo respondió usted cuando lo acusaron de lo mismo?
-¿Qué se responde a eso? Los que se sienten excluidos elaboran su infierno o su paraíso perdidos. En mi caso me parece obvia la imposibilidad de ser siquiera un modesto cacique. Mi etapa desdichada fue como director de un suplemento cultural, porque no es un trabajo para el que yo sirva. Tengo espíritu de colaborador, no de editor, y cuando dirigí (o algo similar) el suplemento La Cultura en México entonces cometí numerosos errores, precisamente por no percatarme de las funciones del editor. Pero tuve suerte, o como se le diga, al haber colaborado antes con personas de gran generosidad y ausencia de autoritarismo: el doctor Elías Nandino, en la revista Estaciones; Fernando Benítez, en los suplementos; Jaime García Terrés, en Difusión Cultural. Y también el trabajo en el suplemento La Cultura en México fue posible gracias a Héctor Aguilar Camín, José Joaquín Blanco, Rolando Cordera, Carlos Pereyra, Adolfo Castañón, José María Pérez Gay, Alberto Román, Roberto Diego Ortega y Antonio Saborit, entre otros. Los cito porque lo valioso de esa empresa fue el trabajo en equipo [i].

Él, con ese equipo, se tomó muy en serio su labor como editor del suplemento cultural más útil e influyente que ha existido en la prensa mexicana. En marzo de 1972, Carlos Monsiváis se hizo cargo de “La Cultura en México”, el suplemento de la revista Siempre! que Fernando Benítez había iniciado diez años antes, cuando encontró la hospitalidad de José Pagés Llergo para proseguir la publicación de un espacio semanal que le había sido clausurado en Novedades. En la primera fase de su gestión a cargo del suplemento, Monsiváis estuvo acompañado por David Huerta, Rolando Cordera y Carlos Pereyra.

La amplitud temática y la vocación política que sin demérito de la densidad cultural animaron a ese suplemento, lo hicieron lectura indispensable para varias generaciones. En una época de casi unánime cerrazón en la prensa mexicana, el suplemento cultural de Siempre! fue uno de los pocos espacios en donde encontraron sitio recuentos y denuncias de arbitrariedades del poder (como la represión a diversos movimientos sociales en la difícil fase posterior al 68 ) y las experiencias de organización sindical y popular que habrían de tener fuerte efecto en la democratización mexicana de las siguientes décadas.

Reseña de una sociedad

que lidiaba con la intolerancia

En octubre de 1973 el consejo editorial del suplemento queda conformado por Jorge Aguilar Mora, José Joaquín Blanco, Rolando Cordera, David Huerta, Héctor Manjarrez, Carlos Pereyra, Vicente Rojo y Carlos Monsiváis que coordina la semanal organización editorial. En esa etapa la crítica política va de la mano de la crítica cultural, en ocasiones a cargo de autores que encuentran en las páginas del Suplemento su primera oportunidad para publicar y junto con abundantes traducciones de textos estadounidenses y europeos que de otra manera no habríamos conocido en México, al menos con tanta oportunidad.

La tarea que Monsiváis desempeña como editor del suplemento contribuiría a moldear el panorama de la cultura mexicana en ese tiempo y la idea misma del quehacer cultural que tenemos quienes aprendimos en las páginas de esa publicación. La presentación de novedades editoriales y de la reflexión social contemporánea se alternaba con la ironía de La Doctora Ilustración (cuyo “Consultorio” es antecedente de “Por Mi Madre Bohemios”) y con la reseña de una sociedad que cambiaba a pesar de la esclerosis del poder. El tono antisolemne prevalecía en la presentación incluso de asuntos de la mayor gravedad, con encabezados como los siguientes:

“Sobre el cadáver del último campesino redactaremos el siguiente amparo” en un texto sobre los nuevos movimientos agrarios.

“El Estado es fuego, la derecha estopa, viene el diablo y sopla” en un ensayo acerca del Consejo Coordinador Empresarial.

“Y en contra de nosotros mi madre como un dios”, en la reseña de una película.

“Polvo eres y en verso te convertirás”, para comentar un libro de poesía.

Se trataba no de un acercamiento fresco y valiente, si se toma en cuenta el contexto nacional que no era precisamente tolerante. Ese estilo, además, implicaba una concepción del quehacer cultural equidistante tanto del elitismo de quienes ceñían la cultura solamente a la ópera y a la literatura clásica, como del populismo de quienes consideraban que el compromiso social debía llevar al intelectual a realizar una obra panfletaria.

El suplemento y sus editores, fueron continuación de la metamorfosis cultural que se atisbó en los años sesenta y que se extendió en el público que surgía del ensanchamiento de las clases medias y la masificación de las universidades en los inicios de los setenta. Monsiváis entendió bien el equilibrio entre política y cultura y eludió con perspicacia los riesgos y tentaciones del prestigio que podía alcanzar el intelectual. En 1975 escribió que una de las consecuencias de la conmoción producida en 1968, era el derrumbe de “el mito, tan florecido, del intelectual como ‘conciencia crítica’ ” [ii]. Allí describía el desplazamiento de los intelectuales tradicionales por una nueva generación menos hierática pero quizá de mayor vocación universal: “Lo que los sesentas habían dejado era una atmósfera cargada de fe en las potencialidades del trabajo intelectual y artístico (la tesis de la ‘palabra enemiga’, por ejemplo, la idea del escritor como conciencia del país). Esta confianza exigía un tratamiento especial, demandaba un lugar de privilegio. Al no obtenerlo de un público progresivamente alejado de la reverencia ante la Cultura e inmerso en la reverencia ante la Política, muchos intelectuales se decidieron por lograr ese reconocimiento donde lo había (en el gobierno) y no dejaron ingenuamente de extrañarse al ver que el público (su público) no respondía ya a sus exhortaciones)” [iii].

La Cultura en México fue un espacio que nutrió la necesidad de lectura de calidad de un público que, en efecto, ya no se identificaba con la cultura ampulosa ni con la disociación entre creación y reflexión y, por otra parte, la mundana política. Pero tampoco fue complaciente con sus lectores. La propuesta de enfoque analítico y de gusto cultural que el suplemento fue perfilando, se nutrió en el trabajo de un núcleo básico encabezado por Monsiváis y con ramificaciones suficientes para nutrir la publicación semanal.

En 1977 al grupo editor de La Cultura en México se incorporan Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón, José María Pérez Gay y el diseño, que diagramaba Vicente Rojo, queda a cargo de Bernardo Recamier. A fines de ese año Jorge Aguilar Mora, David Huerta y Héctor Manjarrez renuncian a ese consejo de redacción.

Inteligente conciliación

entre política y cultura

El suplemento llegó a los 800 números en junio del 77 y cuatro meses antes había cumplido 15 años desde que había sido fundado por Fernando Benítez. Los editores refrendaron “una vocación de origen: ni los varios relevos editoriales, ni los cambios de modas, colaboraciones y cariños, han apartado de La Cultura en México aquella sana teoría inicial que se negó a separar la cultura de la política, la crítica de la convicción, el ejercicio intelectual del periodismo, la indignación del humor, la literatura de la sociedad” [iv].

En esa misma edición, otra nota de la Redacción precisaba su compromiso social: “Como a todos, a quienes hacemos este suplemento nos comprometen no sólo las lecciones y herencias del 68, sino las diarias enseñanzas y legados de la disidencia democrática, del sindicalismo independiente, de la represión en el campo, de la organización de las colonias populares, de la renovación académica, de la tragedia nacional del desempleo. El entusiasmo fetichista por la ‘alta cultura’ (que nada tiene que ver con los verdaderos y necesarios ofrecimientos de la alta cultura y que recubre en la mayoría de los casos los argumentos de la despolitización y el oportunismo) ha exhibido su impotencia final y, en este momento, está ya de más en un periodismo cultural que no se concentre en preparar y disponer el servicio a las mayorías mientras estimula el temperamento crítico y la apreciación creativa de esas minorías, ahora su público natural” [v].

Conciliar cultura con política no siempre fue sencillo, sobre todo por la tentación de muchos autores en el México de aquellos años (y según abundantes evidencias todavía en el de la primer década del nuevo siglo) para suponer que la enjundia ideológica podía sustituir al mérito literario. El Suplemento lo consiguió, bajo la conducción prudente y gozosa de Monsiváis, que en esos años se dio el lujo de publicar una incontable nómina de firmas en textos tomados de publicaciones de otros países, desde W.H. Auden, Hanna Arendt, Jean Baudrillard, Walter Benjamin y Roland Barthes, pasando por E.M. Cioran, Hans Magnus Enzensberger, Michel Foucault, Herbert Marcuse, Henri Miller, Roman Jakobson, Norman Mailer y Vladimir Nabokov, hasta Leonardo Sciascia, Gore Vidal y Marguerite Yourcenar.

Esas firmas entre muchas otras le daban consistencia al suplemento, junto a colaboradores frecuentes como Ignacio Almada, Luis Ángeles, Hermann Bellinghausen, José Blanco, Felipe Campuzano, Luis Cardoza y Aragón, Ricardo Castillo, Arnaldo Córdova, Elías Corro, Ramón Cota Meza, Oliver Debroise, Roberto Escudero, Manuel Fernández Perera, Carlos Fuentes, Héctor Gally, Jaime Goded, Gustavo Gordillo, Luis González, Gilberto Guevara, Hugo Gutiérrez Vega, Mauricio Hammer, Luis Hernández, Salvador Hernández, Alejandro Katz, Juan Felipe Leal, Daniel López Acuña, Eduardo Mejía, Felipe Mejía, Julián Meza, Eliezer Morales, Beatriz Novaro, Abraham Nuncio, Francisco Pérez Arce, Sergio Pitol, María Antonieta Rascón, Jaime Reyes, Alvaro Ruiz Abreu, Adolfo Sánchez Vázquez, Paco Ignacio Taibo, Paloma Villegas, José Woldenberg y Emma Yanes.

La crítica de cine estaba a cargo del siempre drástico Jorge Ayala Blanco; la de teatro la hicieron Félix Cortés Camarillo y Fernando de Ita; el comentario de música Yolanda Moreno Rivas y Raúl Cosío; las reseñas entre otros, Miguel Angel Quemain; la crónica de asuntos sociales Javier Aranda Luna y Dolores Campos.

Además de ese grupo de autores que entresacamos de las páginas del suplemento en los años setenta y parte de los ochenta, los miembros de su consejo de redacción publicaban sus propios textos con mucha frecuencia. En febrero de 1978 Luis González de Alba se incorpora a ese consejo del cual, a su vez, en mayo de 1979 sale Héctor Aguilar Camín “por compromisos de diversa índole”. En esa ocasión se añaden Luis Miguel Aguilar y Antonio Saborit.

Vida cotidiana, polarización

ideológica, feminismo

El recambio generacional se completó en diciembre de 1981 con la incorporación al consejo de redacción del suplemento de Alberto Román, Rafael Pérez Gay y Sergio González Rodríguez. En esa ocasión dejan de formar parte del consejo Carlos Pereyra, Rolando Cordera y Adolfo Castañón. Al comenzar 1983 se añade Enrique Mercado.

En julio de 1978, cuando la revista Siempre! cumplía un cuarto de siglo, el suplemento que había ocupado sus páginas centrales durante más de 16 años pudo hacer este balance: “Tal vez no sea aventurado decir que algunas de las corrientes más renovadoras del actual periodismo mexicano tuvieron su origen en estas páginas. Y es un hecho que algunos de los libros más importantes de la década –en poesía y narrativa pero sobre todo en el ensayo literario y político– aparecieron originalmente como colaboraciones de nuestro Suplemento” [vi].

El balance más completo de la década a cargo de Fernando Benítez (que dirigió el suplemento de 1962 a 1972) lo hizo Carlos Monsiváis cuando “La Cultura en México” cumplió mil ediciones, el 27 de mayo de 1981. De su propia etapa Monsiváis escribió poco en aquel ensayo, pero señaló las que consideraba características centrales del desarrollo cultural en los años setenta. Entre ellas, mencionaba:

“ Creciente polarización ideológica, sobre bases falsas y verdaderas, que se traduce en polémicas, distanciamientos y oposiciones reales y/o inventadas. Una muy notoria, la existente entre alta cultura y cultura popular.

“ Crecimiento de la industria editorial (fortalecida con la emigración sudamericana). Paralelamente, multiplicación de publicaciones culturales: Plural (primera época), Vuelta, Nexos, Sábado (dirigido por Benítez)… todo esto describe un panorama cultural donde ya ningún grupo detentará ‘la mejor publicación’. La pluralidad apunta hacia una democratización cultural creciente.

“ Influencia predominante del marxismo en las universidades. Auge de las corrientes estructuralistas. Introducción de una nueva problemática a través de figuras culturales: Michel Foucault, Gilles Deleuze, Félix Guattari, R.D. Laing, David Cooper, Iván Ilich, Susan Sontag, Rudolf Bahro, Karel Kosik, Leszek Kolakowski, Gore Vidal, Pier Paolo Passolini, Louis Althusser, Agnes Heller.

“ Importancia notoria del tema de la vida cotidiana, tanto en la militancia como en la vida intelectual.

“ Presencia del feminismo, que introduce vocablos y perspectivas: el sexismo, el chovinismo masculino, etc. Por lo mismo, a partir de la reconsideración general de una mayoría marginada, se empieza el análisis de las luchas de minorías marginales, especialmente los homosexuales.

“ Liquidación parcial pero contundente del terrorismo ideológico que impedía la crítica al socialismo real, para ‘no darle armas al enemigo’.

“ Reexamen de la cuestión nacional, y reivindicación sectorial del nacionalismo revolucionario.

“ Rencor fetichista ante la hegemonía de los medios masivos de difusión” [vii].

Con esa herencia y en un entorno de crisis económica y estrechez política en una década que algunos calificaron como perdida, se desarrolló la última etapa del Suplemento bajo la conducción de Carlos Monsiváis. En noviembre de 1986 el grupo que sostenía al Suplemento intentó una restructuración, identificando a Monsiváis como director y designando a Rafael Pérez Gay coordinador general. Sergio González Rodríguez y Antonio Saborit tendrían la responsabilidad de editores y Roberto Diego Ortega se integró al consejo de redacción. Sin embargo dos meses después el núcleo básico de escritores jóvenes que junto con Monsiváis se habían responsabilizado del suplemento, deja esa tarea [viii]. El mismo Monsiváis aguarda a que el Suplemento cumpla 25 años y él 15 como responsable de su publicación. El 5 de marzo de 1987, al llegar al número 1300, termina esa larga y memorable etapa de La Cultura en México [ix].

Cambio político insuficiente,

sociedad profundamente desigual

En aquella edición última, Monsiváis reflexiona sobre el país que resultó al cabo de esos tres lustros:

“Nos hallamos de nuevo en épocas de certidumbre. Algunas de las formas de esa certidumbre me resultan lamentables, por ejemplo la de los núcleos no tan pequeños como uno quisiera que siguen aferrados a la obediencia ciega de los dogmas, que detestan la libertad de expresión como bien en sí, que celebran las represiones a nombre del centralismo democrático, etcétera. Comparto otras, las fundadas en la comprobación diaria del modo inhumano en que vive la mayoría de la población. Por más amarga que sea la experiencia del socialismo real, no puede detener la urgencia del socialismo en América Latina”.

Cambio político insuficiente, sociedad profundamente desigual. Y la cultura, determinada por avances y limitaciones. Decía, también, Monsiváis:

“Así, es precisamente en el campo cultural donde más se advierte el aumento de la tolerancia y de la democratización. El Estado usa (más bien, usaba) su patrocinio como parte de su campaña de venta de estabilidad: ‘te protejo para mostrar mi amplitud de criterio’. La actitud es por lo menos convenenciera, pero de ello no se desprende que acudir a los recursos del Estado sea traición a los principios. El Estado no es el gobierno, es asunto de todos, le ha costado demasiado a muchas generaciones, y nadie se beneficia con pretender que el Estado es el beso del diablo si patrocina conferencias, exposiciones, recitales, obras de teatro. Esto en todo caso es prueba de la estabilidad, no de las bondades del régimen” [x].

Si en la cultura se afianzaron valores tolerantes y democráticos que luego podrían extenderse en otras zonas de la vida pública del país, si en ella se desarrollaron preocupaciones sobre la vida individual que más adelante comenzarían a ser interiorizados por amplios núcleos de mexicanos, podemos reconocer en el suplemento de Monsiváis parte del empeño en los años setenta y ochenta para desarrollar la cultura política (y social). El suplemento participó de manera destacada en un proceso civilizatorio que no ha concluido, pero que contribuyó en la formación intelectual, y también en la educación sentimental, de un segmento de la generación que actualmente tiene más de 50 años.

Cuando se anunció el fin de la época de Monsiváis en el Suplemento, José Woldenberg escribió:

“El Suplemento fue la recreación del espíritu de una época… ¿quién de mi generación hubiera comprado Siempre si no existieran sus páginas centrales?… Para decirlo en una palabra, el Suplemento ha sido un elemento de referencia obligada en el debate político y cultural de México” [xi].

Fernando Solana Olivares dijo en aquella ocasión: “La Cultura en México fue imprescindible para varias generaciones: una educación intelectual y política se cumplió en sus páginas, en sus temas y en su tono”. Y más adelante, acerca de los últimos años de aquel Suplemento: “Lo logrado en ese intervalo fue excelente: una nueva puesta en galeras de una tradición que así se renovaba” [xii].

* * *

Fui colaborador frecuente de “La cultura en México” gracias a la hospitalidad y, ahora lo reconozco, la generosa audacia de Carlos Monsiváis. Él no me conocía cuando en abril o mayo de 1973, antes de cumplir 20 años, toqué la puerta de su casa en Portales para entregarle un breve ensayo cuya publicación anhelaba en aquel suplemento. Después de leerlo Carlos, con cuidadosa cordialidad, lo rechazó. Se trataba de un texto sobre la televisión mexicana de aquellos años y le hacían falta demasiados matices.

Insistí con otras contribuciones y algo más tarde comencé a publicar recuentos y crónicas del sindicalismo independiente de esa época. Luego escribí reseñas de libros, cada semana, durante varios años. El suplemento dirigido por Monsiváis fue para mí escuela intelectual y espacio de expresión libre, siempre en un contexto exigente. Mi deuda con Carlos y con aquella publicación es como lector y autor. No podía dejar de agregar esta nota porque, evidentemente, el recuento que hago de “La cultura en México” es intencionadamente agradecido.

–0–


[i] Armando Ponce, “La implacable crítica de Carlos Monsiváis en defensa de una sociedad ‘sacrificada’ “. Entrevista en Proceso, 10 de mayo 1998.

[ii] Carlos Monsiváis, “No por mucho madrugar amanece más temprano”, en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, no. 708, 3 de septiembre de 1975.

[iii] Ibid.

[iv] “Quinceañeros”, en La Cultura en México No. 800, 24 de junio de 1977.

[v] “800 números 800”, ibid.

[vi] “Presentación” en La Cultura en México, número 853, junio 28 de 1978.

[vii] Carlos Monsiváis, “No quisiera ponerme muy solemne pero…” La Cultura en México, número 1000, 27 de mayo de 1981.

[viii] El 21 de enero de 1987 se anuncia, sin más explicación, la salida del consejo de redacción de Luis Miguel Aguilar, Sergio González Rodríguez, Roberto Diego Ortega, Rafael Pérez Gay, Alberto Román y Antonio Saborit. Se quedan únicamente José Joaquín Blanco, Enrique Mercado, José María Pérez Gay y, como coordinador, Carlos Monsiváis.

[ix] A partir del siguiente número Paco Ignacio Taibo II se hace cargo del suplemento iniciándose así una larga serie de cambios en su conducción .

[x] Carlos Monsiváis, “25 años de La Cultura en México”. La Cultura en México, número 1300, 5 de marzo de 1987.

[xi] José Woldenberg, “¿Dicen que no se siente la despedida?, en La Jornada, 28 de febrero de 1987.

[xii] Fernando Solana Olivares, “Veinticinco años de La Cultura en México”. La Jornada Semanal, La Jornada, 28 de febrero de 1987.

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