Ante el terrorismo

emeequis, 22 de septiembre

Cabeza fría y corazón caliente: los atentados del 15 de septiembre en Morelia son de esos acontecimientos que ponen a prueba a todos –sociedad, gobierno, partidos, medios de comunicación–. En las situaciones de crisis se manifiesta la capacidad de los gobernantes para ser, además de administradores, estadistas. También es cuando se comprueba si los ciudadanos somos capaces de enfrentar cohesionados los desafíos que a todos nos afectan, sin que las discrepancias nos impidan reconocer nuestros acuerdos fundamentales.

Serenidad y racionalidad son indispensables, por mucho que la rabia ante quienes han asesinado con todas las agravantes nos avasalle a cada frase. Los crímenes de la noche del grito en Morelia indican un cambio sustancial en la actitud del narcotráfico, cuyos arrebatos hasta ahora se habían dedicado a las venganzas entre pandillas rivales y a las acometidas contra las fuerzas policiacas y militares que cumplen con la obligación de perseguirlo. Detonar granadas en una plaza pública, para colmo repleta, es un crimen de otra índole.

La decisión del narcotráfico para rebasar esa frontera impone nuevas exigencias al combate a todas las formas de delincuencia. Así parece entenderlo el presidente Calderón, que reaccionó con reconocible prontitud. El desafío, admitió, es contra el Estado. Tiene que ser respondido, precisamente, con la fuerza del Estado. Pero ella se deriva, antes que nada, del soporte que le proporciona la sociedad. El Estado vigoroso que hace falta para enfrentar al crimen organizado requiere de una sociedad y un entramado político también consistentes.

Allí es donde estamos en falta. La reacción del narcotráfico indica que la persecución en su contra está resultando eficaz. Pero en otros terrenos la acción del Estado deja mucho que desear. Resulta demasiado obtuso sugerir que la expansión del crimen organizado se debe a las dificultades económicas que padece la mayoría de los mexicanos. Quienes se enriquecen con el narcotráfico no son trabajadores que no encontraron otra forma de empleo, sino delincuentes que buscaron allí una actividad más lucrativa. Lo que suscita el estancamiento económico es un contexto de agobio, en donde los abusos del crimen organizado contribuyen a reforzar el desaliento de los ciudadanos.

A ese desánimo coadyuvan los dirigentes políticos y sus partidos. Después de verlos enfrascarse en dimes y diretes tan obsesivamente enajenados como los que suelen protagonizar los líderes del PRD, estancados en actitudes de soberbia y desplantes de inexperiencia como las que manifiesta buena parte del equipo del presidente Calderón, o interesados solamente en recuperar posiciones e influencia como sucede con los dirigentes y gobernantes del PRI, no resulta sorpresivo que cada vez más ciudadanos recelen de los políticos.

Por eso fue pertinente la condena a los atentados que difundieron los dirigentes de los tres partidos nacionales el miércoles 17 por la noche. Aunque con cierta reticencia para respaldar abiertamente las medidas que toma el gobierno a fin de perseguir al narcotráfico, la declaración de PAN, PRI y PRD fue una muestra de cohesión cuando más hacía falta. Pero también se necesitan, por encima de dichos, más y mejores hechos.

Abrumada por una crispación a la que no se ven salidas rápidas –y que es propagada por medios de comunicación que no inventan los crímenes pero se solazan en difundirlos– la sociedad se siente acosada y, a menudo, sin certezas suficientes. Estas podrían ser circunstancias para que la clase política, mostrándose responsablemente unida a pesar de sus muchas divergencias, contribuyera activamente a reforzar la confianza y la participación de la sociedad.

El terrorismo pretende que vivamos con tanto miedo que lleguemos a exigirle al Estado que deje de perseguir a los delincuentes. En otros países, que como conocen la erosión que infunde el terrorismo reaccionan con denuedo ante él, un atentado como el de Morelia hubiera suscitado la respuesta unánime de los partidos no solamente en torno a un documento, sino en acciones más comprometidas y notorias.

Aquí, todavía parece ilusorio esperar que Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador, Beatriz Paredes y Germán Martínez, Elba Esther Gordillo y Marcelo Ebrard, Enrique Peña y Guadalupe Acosta, sean capaces de encabezar juntos una manifestación contra el terrorismo que quiere imponernos el narcotráfico.

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