Desconfianza

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Nos hemos habituado tanto al sospechosismo que casi hemos dejado de advertir la irregularidad gramatical, pero sobre todo política, de ese término. El único diccionario en donde existe esa palabra es el de la politiquería mexicana. Se le utiliza para designar a la actitud desconfiada que suele prevalecer en nuestra sociedad acerca de los más variados asuntos. El término se puso de moda cuando, hace algunos años, Santiago Creel lo utilizó para quejarse del creciente recelo que asedia en la vida pública. Tres décadas antes, cuando escribía en Excélsior, don Daniel Cosío Villegas a veces subrayaba la mexicana costumbre del sospechosismo.

La desconfianza es una actitud generalizada en el mundo de nuestros días. La exposición a variadas y contrastadas fuentes de información les permite a los ciudadanos dejar de creer a ciegas, o dejar de cuestionarse como sucedía en otros tiempos, las versiones predominantes en los medios de comunicación y las cúpulas políticas.

Mayor suspicacia, en principio, obliga a mejor información y más transparencia. Medios y poder político querrán convencer con hechos y no solamente esperando que la gente les crea por simple profesión de fe. Pero cuando no son los hechos sino las suspicacias los factores que determinan las convicciones de la sociedad, entre unos y otras se entabla una carrera en círculos en la que pocas veces resulta triunfante la verdad.

El desplome de la aeronave en donde viajaban el secretario de Gobernación y otros servidores públicos acicateó, como pocas veces en los años recientes, el afán malicioso de la sociedad mexicana. Antes de que fueran abiertas las cajas negras, cuando todavía ni siquiera comenzaban a ser removidos y catalogados los escombros en el sitio del siniestro y aun antes de que los investigadores estadounidenses y británicos iniciaran su examen pericial en aeronáutica y desastres urbanos, muchos mexicanos ya tenían un dictamen acerca del avionazo.

Fue un atentado, sentenció la opinión pública. Las pruebas, cualesquiera que sean los indicios que ofrezcan, habrán quedado relegadas ante esa convicción enraizada y extendida desde las primeras horas después de la tragedia del Learjet. A la mayor parte de los mexicanos enterados de los asuntos públicos les ha parecido que solamente la fuerza del narcotráfico habría sido capaz de cobrar las vidas de Juan Camilo Mouriño, José Luis Santiago Vasconcelos y sus acompañantes.

A cada intento por matizar o al menos postergar ese veredicto en espera de datos sólidos, se han impuesto las presunciones cargadas, eso sí, de una autosuficiencia desdeñosa. Si alguien duda de la versión del atentado se le tilda de desinformado, o de ingenuo incluso. Y así como ante otras tragedias muy dramáticas proliferaron versiones extravagantes (por ejemplo los pistoleros clonados o la conspiración salinista, entre otras ficciones que circularon ante el asesinato de Luis Donaldo Colosio) ahora también ha existido más disposición a creer cualquier versión que abone a favor de la hipótesis del atentado que a los hechos documentados por autoridades y especialistas.

Esa desconfianza no es simple manifestación de antiautoritarismo, aunque sin duda tiene algo que ver con la reacción social ante el monopolio de la mentira que durante tantas décadas ejerció el régimen de partido único –y que de manera tan caricaturesca quiso imitar el gobierno foxista, creyendo que bastaba con propalar declaraciones optimistas para que la sociedad le tuviera confianza–.

La gente es desconfiada como reacción ante parcialidades y distorsiones de la llamada clase política y de los medios de comunicación de mayor cobertura. Pero al convertirse en dolencia nacional –en fin, y no en medio de los ciudadanos– la desconfianza deja de ser acicate para la transparencia y la democracia y se convierte en fuente de ignorancia e incultura políticas.

No sabemos –al menos antes de entregar este texto, unos días antes de su aparición en emeequis– si la tragedia del 4 de noviembre se debió a un accidente, o a un atentado. Pero hay tal clima de desconfianza que una gran cantidad de ciudadanos no repara en pruebas, hechos ni testimonios. El peritaje que cuenta es el de la suspicacia. Las convicciones que imperan son las que se ajustan a la sentencia socialmente aceptada. En este como en tantos otros asuntos, la sociedad se allana a un infructuoso pero entretenido sospechosismo.

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