Walraff y el Estado

emeequis, 30 de noviembre

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Ensalzado por periodistas que admiran su heterodoxa técnica investigativa, Gunter Wallraff ha estado en México durante varios días y cuando le preguntan cómo encuentra al país enumera algunas de sus primeras extrañezas:

– Me ha llamado la atención el asunto del avión en donde murió el secretario de Gobernación. También me sorprenden las noticias sobre la infiltración del narcotráfico en altos niveles del gobierno. He escuchado la inquietud de amigos y colegas acerca de su propia seguridad. Y me alarma la cantidad de periodistas mexicanos que han sido asesinados tan solo en el transcurso de este año.

Las que refiere ese afamado periodista de mirada inquisitiva, son noticias alarmantes y con las que transcurrimos a diario en este país. Quizá no se puede decir que nos hayamos acostumbrado a vivir con ellas pero sí hemos venido construyendo una serie de parapetos personales y públicos con los que intentamos defendernos de esa sensación de acoso. No hay día en que no identifiquemos culpables, reales o no, de la inseguridad que abruma al país.

Pero Wallraff, que en los años setenta fue maltratado por defender los derechos humanos en Grecia y que alguna vez impidió un golpe militar en Portugal, habla de las recientes vicisitudes mexicanas para, luego, formular dos preguntas esenciales:

-¿En dónde está el Estado? ¿Qué Estado es el que tienen ustedes en México?

Nadie le responde en ese encuentro que el periodista alemán, que acaba de cumplir 66 años y vino a México invitado por la Fundación Ebert y otras organizaciones, sostiene con colegas y académicos de nuestro país. Los temas que orientan la conversación se relacionan fundamentalmente con el inusual estilo de Wallraff, que a fines de los años setenta cambió de identidad para trabajar en la redacción del periódico sensacionalista Bild, cuyas trampas y exageraciones develó en un libro. Tiempo después, vivió dos años disfrazado de inmigrante turco para documentar el maltrato y las marginaciones que sufren los trabajadores de ese origen en Alemania.

Uno de sus reportajes más recientes lo escribió después de estar empleado en un “call center”. En todos esos casos, ocultar su identidad de periodista le ha permitido a Wallraff entrar en contacto con experiencias que muy posiblemente no hubiera atestiguado, o padecido él mismo, si hubiera llegado mostrando la credencial de periodista.

Por supuesto ese método es ética y profesionalmente discutible. No se vale, podría decirse, engañar para encontrar la verdad. Pero en desacuerdo con quienes ensalzan sin más la costumbre del disfraz, Wallraff explica que incurriría en transgresiones éticas si publicara declaraciones de una persona sin solicitarle su autorización. “Si el ayudante de una panadería (Wallraff acaba de escribir acerca de la rapacería laboral que padecen los trabajadores del pan en Alemania) me deja entrar a su casa y observarlo y escucharlo allí, tengo que recabar su permiso antes de dar a conocer su testimonio”.

De visita por primera vez en México, Wallraff manifiesta su aptitud observadora cuando deja establecidas sus dos preguntas cardinales. ¿Qué hemos hecho –podríamos reelaborar una de ellas– con el Estado en México? Porque lo que es hoy el conjunto de instituciones que ejercen el poder político en este país ha sido consecuencia de los rasgos históricos de un Estado que del monopolio acaparador transitó bruscamente y sin ajustes suficientes a la apertura política, el mercado casi desbordado y la delincuencia expansiva.

Ese deterioro estatal también se ha debido a los abusos proverbiales, la voracidad incontenida y la incapacidad para modernizarse de una burocracia política originariamente priista y luego trasminada a todo el entramado partidario. Y junto con ello, en el menoscabo del Estado todos tenemos algo de responsabilidad: al resignarnos a los atropellos y cohechos, al votar por gobernantes ineficaces o tramposos, cuando accedemos ser clientelas y no ciudadanos.

El Estado es más que el gobierno pero siempre tendrá capacidades disminuidas si no se respalda en la sociedad. A los ciudadanos no les toca resolver las insuficiencias estatales pero pueden y deben cuestionarlas. Quizá no entendemos a ciencia cierta qué Estado hay en el México actual. Pero sí sabemos qué rasgos no queremos en él. Y lo que tenemos hoy, definitivamente no nos gusta.

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