1968: la aparición del ciudadano

Nexos, noviembre de 2008

Para la generación del 68, las movilizaciones que acaban de cumplir cuarenta años y la brutal represión que las liquidó fueron experiencias categóricas e indelebles. La convicción de que contribuyeron a un cambio nunca del todo consumado, el recuerdo de jornadas gozosas en el ejercicio de una libertad hasta entonces inédita y la indignación ante la violencia salvaje y abusiva que el gobierno desplegó en su contra, forman parte inevitable de sus biografías y de la manera como se han relacionado, o han dejado de hacerlo, con la vida pública mexicana. Para Gilberto Guevara Niebla, uno de los integrantes más conspicuos pero también más lúcidos de esa generación, el 68 fue desazón insatisfecha durante varias décadas. A la obsesión para encontrar explicaciones puntuales a cada paso, cada inflexión y cada error del movimiento estudiantil, Guevara añadió el empeño por entender al país a partir del significado de aquellas jornadas tan emblemáticas. “Durante muchos años –relataría un cuarto de siglo después del movimiento estudiantil– vi al mundo como a través de un cristal opaco, un velo en los ojos, provisto por mi experiencia del 68”.

Solo cuando quiso y pudo trascender esas anteojeras, Guevara tomó la distancia suficiente para mirar al país y sobre todo para diseccionar las jornadas del 68 más allá de la épica y la añoranza que, si bien ineludibles y entendibles, no proporcionan el contexto más adecuado para la reflexión crítica. Gracias a ello hace cuatro años publicó La libertad nunca se olvida. Memoria del 68 (Cal y Arena, 2004) un macizo e inteligente análisis del movimiento estudiantil y de los actores políticos a los que involucró. La misma distancia analítica, le ha permitido preparar los textos que se recopilan en un nuevo libro cuya inquietud esencial anticipa de la siguiente manera: “Quiero escribir al margen de los mitos de la izquierda que exageran el significado de 1968; mitos de la derecha que descalifican la protesta política de aquel año” (1968. Largo camino a la democracia. Cal y Arena, 2008, 246 pp.)

Romper con la complacencia, tan frecuente en las apreciaciones únicamente nostálgicas o indignadas, establece una diferencia en la actitud de Guevara respecto de muchos otros autores que se ocupan del 68. A esa perspectiva, añade la preocupación por entender no solo qué ocurrió, sino de qué sirvió la movilización estudiantil de hace 40 años.

“Fue –explica Guevara casi al inicio de este libro– una revuelta civil contra los excesos extralegales del poder público”. De pronto aquellos estudiantes, y con ellos un significativo aunque no mayoritario segmento de la sociedad mexicana, se hicieron ciudadanos. “La novedad del 68 –dice Guevara más adelante– fue una lección cívica. Su principal reclamo: la vigencia del Estado de Derecho… El movimiento del 68 inaugura la aparición del ciudadano en la historia moderna de México”.

Gracias a esa ciudadanía, inculcada en la práctica de la libertad así como en el enfrentamiento con un poder político ofuscado en la intolerancia pudimos avanzar en la construcción, insuficiente pero existente, del país que tenemos hoy. No es relevante discutir si el 68 fue o no el parteaguas de la democracia mexicana: ese es un lugar común en el que Guevara no incurre pero que con frecuencia ha relevado a otros analistas y comentaristas de un examen más serio de nuestro desarrollo político. Pero sin duda la política plural que existe ahora, la reorganización de la sociedad, la creación y el acotamiento de instituciones y la vocación de exigencia que se ha extendido entre los mexicanos, tiene algo o mucho que ver con las lecciones del 68.

Guevara se cuida de sacralizar a la ciudadanía que se forjó en aquellas jornadas. En uno de los primeros textos de 1968. Largo camino a la democracia advierte que, más allá de las vanguardias que se encargaban de la dirección del movimiento, entre “la inmensa mayoría” de los estudiantes el “nivel político era muy bajo”. Sin embargo, subraya, “lo que vinculó realmente a miles y miles de personas no fue el relajo sino la política”.

La lección cívica del 68 exhibió la tensión entre democracia y autoritarismo pero no fue necesariamente comprendida por todos los participantes y usufructuarios de aquel movimiento. La apreciación que predominaba acerca de los asuntos públicos era más emocional que racional. La insistencia en el diálogo público con el gobierno, por ejemplo, era consecuencia de la desconfianza intensa que el poder político suscitaba entre los líderes estudiantiles pero expresaba también una apreciación ingenua. El diálogo público que ha sido exigido en otros conflictos universitarios o sociales es, dice Guevara, “un mito venerado por la izquierda que debe revisarse”. En realidad ni siquiera las izquierdas, cuando tienen posiciones de gobierno o aspiran a ocuparlas, se interesan en reivindicar el diálogo público.

Legalidad y radicalismo

Si algo alteró de manera drástica el 68, fue la apreciación que un sector importante de la sociedad tenía acerca del poder político. “La balacera de Tlatelolco –dice Guevara en otro momento de su libro– dio paso a un cambio en las mentalidades que debemos rastrear. Los jóvenes quedaron paralizados por el asombro y la indignación”. Se rompió la confianza en el orden jurídico: “hasta el 2 de octubre, el marco de referencia ético de los estudiantes fue la existencia de una legalidad”.

Las secuelas de esa ruptura se tradujeron en una extendida desilusión pero también en costosos tropiezos políticos. A la demanda por la legalidad, el gobierno había opuesto la sinrazón de las bayonetas. Por eso no hubiera resultado inaudito que en los años posteriores al movimiento sus participantes, o quienes se identificaron con ellos, prefirieran el enfrentamiento drástico y estancarse en la descalificación del poder político, a involucrarse en la parsimoniosa y pocas veces espectacular construcción de organizaciones, reglas e instituciones que le dan cauce y sentido a la democracia. Pero las secuelas del 68 se expandieron por senderos muy variados.

A Guevara le preocupa la influencia del 68 en el radicalismo a menudo infantilista, pero en ocasiones gravoso e incluso asesino, que padecieron las izquierdas desde aquella época: “Para 1971, el activismo derivado del 68 estaba en manos de grupos revolucionarios que desplegaron un discurso francamente antidemocrático”. Más adelante recalca que, al lado de expresiones como el feminismo y el ecologismo, “el efecto más conspicuo fue la guerrilla urbano-popular de los años setenta”.

Aquellas fueron actitudes notorias, en efecto, pero considerar que el principal resultado político del 68 fue el desarrollo de grupos armados implica soslayar muchas otras y sobre todo más extendidas experiencias de manifestación y organización políticas. Al comienzo de los años setenta el desaliento y las apreciaciones maniqueas acerca de la vida política imperaban en la UNAM y otras universidades públicas, pero allí las adhesiones a la lucha armada siempre fueron marginales. Al contrario, expresiones de descomposición y provocación como el grupo “Los enfermos”, que llegó a cometer crímenes políticos en la Universidad de Sinaloa, fueron categóricamente rechazadas por los grupos políticamente activos de estudiantes y profesores en la UNAM.

Guevara deplora la “renuncia a luchar por causas reformistas” y considera que, hacia 1972, “quienes insistían en la lucha legal o pacífica eran estigmatizados como pequeñoburgueses y contrarrevolucionarios”. Sin embargo en aquellos años menudeaban las expresiones de respaldo a sindicatos y corrientes gremiales de vocación independiente que no pretendían mas que su reconocimiento legal. La identificación con movimientos sindicales como el de los electricistas y la construcción de sindicatos universitarios fue expresión, precisamente, de una no siempre explícita pero constante vocación por las reformas. Otra vertiente, que encontraba resquicios para la organización política a pesar de la rigidez del marco legal de aquellos años, era la creación de nuevos partidos como el Mexicano de los Trabajadores y, pocos años después, el proceso de unificaciones de las izquierdas partidarias.

Sin duda, en aquellos años posteriores al 68 germinó y se desplegó la intolerancia de buena parte de las izquierdas actuales. Pero esa actitud no se debe a una herencia pervertida de la tradición del 68 sino a otros factores: la pobreza cultural de las izquierdas, su escasa e insuficiente implantación en el entorno universitario y más aun fuera de él, la preponderancia pese a todo de la cultura política priista y, especialmente, un proceso de pragmatismo y lumpenización que incluyó el desarrollo de liderazgos sustentados en el clientelismo y que tomaban banderas de la izquierda con tanto pragmatismo como podrían haber esgrimido cualesquiera otras. Todo ello, junto con el desplazamiento de los liderazgos históricos socialistas y comunistas por parte del priismo, terminó por avasallar y/o dominar a buena parte de esas tendencias y organizaciones de izquierdas.

Por eso, entre otros factores, ha sido insuficiente la concepción y elaboración de la política que, como Guevara explica, “dejó de ser un tejido de relaciones internas de la burocracia, dominado por intereses particulares, para convertirse en espacio de relaciones entre el Estado y la sociedad centrado en el interés nacional. Aún estamos en esa transición”. A veces parece que más bien nos encontramos en una involución de la política que, lejos de constituir ese instrumento a la vez que espacio para el interés público, ha seguido siendo monopolizada por ambiciones particulares. La única diferencia es que tales apetitos ya no se concentran en el partido que dominó la vida pública mexicana durante siete décadas sino en diversas cuan, por lo general, convenencieras y abusivas opciones partidarias. Las izquierdas han tenido notoria responsabilidad en la incesante descomposición de la política. Pero ese proceso, aunque en él hayan participado algunos de sus antiguos militantes, no es culpa del movimiento del 68.

Ejercicio autobiográfico

1968. Largo camino a la democracia, se ocupa con detalle y agudeza de otras expresiones y consecuencias de aquel movimiento: las corrientes políticas que lo animaron y en ocasiones dificultaron, los libros acerca del 68, los escribanos con cuyo trabajo mercenario quiso justificarse Díaz Ordaz, el mundo académico y sus inercias, el contexto político previo a ese año, la historia de las organizaciones estudiantiles en la UNAM y el IPN, los esfuerzos para que se hiciera justicia y la represión y el significado del 68 no fueran avasallados por la desmemoria, el papel encubridor que tuvieron casi todos los medios de comunicación y unos conmovedores, a ratos dramáticamente sinceros “trazos para un autorretrato” del autor del libro.

En ese ejercicio autobiográfico, así como en una entrevista que le hicieron Luis Miguel Aguilar y Rafael Pérez Gay y que se incluyen al final del volumen, aparece el Guevara más personal, autocrítico siempre, genuino aunque deba ser despiadado en sus remembranzas. “La escuela y el estudio se habían convertido en mi fuga hacia la libertad”, relata. Allí recuerda la infancia áspera; el empeño por el aprendizaje; la ruptura con el terruño sonorense; el estupor primero y de inmediato el gozo social, cultural, vital, ante la ciudad de México y el campus universitario a donde llegó a estudiar biología en 1963; la incursión en la política estudiantil; el trauma de la cárcel; la reincorporación al espacio universitario; las estancias en Europa y en todo momento la obsesión por encontrar explicaciones al movimiento estudiantil del cual, junto con Raúl Álvarez Garín, había sido dirigente fundamental en 1968.

Esos años de búsqueda intelectual y política, Guevara los relata con una sinceridad en ocasiones devastadora. En buena medida, las respuestas que fue hilvanando en la difícil reflexión de esos años aparecen inicialmente en La libertad nunca se olvida y, ahora, en el nuevo libro. Si con el primero de ellos cumplió consigo mismo al poner por escrito el examen crítico de aquel movimiento estudiantil y social posteriormente, con 1968. Largo camino a la democracia, Guevara cumple el propósito de explicarse, y explicarnos, de qué sirvió, más allá de mitos y exageraciones, aquella experiencia ciudadana y generacional. Así como, de niño, la escuela y el estudio eran accesos a la emancipación personal, ahora la reflexión, más allá de lugares comunes y dogmatismos, es la ventana de Gilberto Guevara Niebla a la libertad intelectual y al compromiso social y político con las ideas.

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