Obama, ojalá…

emeequis, 25 de enero

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Cambio es la palabra que sintetizó el espíritu predominante en la toma de posesión de Barack Obama. Sin embargo ese vocablo apareció solamente dos veces en su primer discurso como presidente de Estados Unidos. En contraste con la retórica magnética que desparramó durante su campaña, en el mensaje que leyó el martes 20 en las escalinatas del Capitolio y delante de una multitud inédita Obama jugó poco con las palabras.

Al grano: esa debe haber sido la instrucción que Obama le dio a Jon Favreau, el joven de 27 años que le escribe sus discursos. La elegancia de la sobriedad –pocas metáforas, en busca de claridad– en este caso tuvo además el infrecuente mérito político de decirle a las cosas por su nombre.

“Nuestra economía está seriamente debilitada como consecuencia de la avaricia y la irresponsabilidad en parte de algunos, pero también de nuestro fracaso colectivo para tomar elecciones difíciles”, dijo. En una frase el nuevo presidente censuró con elegancia a su antecesor, George Bush, y a quienes junto con él permitieron que los desajustes y la especulación financieros crecieran hasta originar la crisis que está asolando las economías de todo el mundo. Y como no se trataba de estancarse en reproches sino de mirar hacia adelante, Obama insistió en que se deben asumir decisiones. El eje conceptual de su estrategia es la articulación de un Estado capaz de enfrentar la crisis.

Obama no se enredará en discusiones acerca de las dimensiones del Estado. Más bien se preocupará por lo que dicho Estado –y su brazo ejecutivo, el gobierno– sea capaz de hacer. Fue claro cuando dijo: “La pregunta que nos hacemos hoy no es si el gobierno es demasiado grande o pequeño sino si trabaja, si ayuda a las familias a encontrar empleos con un salario decente…”. Si la eficiencia dará la medida del Estado, Obama tendrá que reforzar la política social y recortar redundancias y dispendios.

Así también, respecto de la economía, precisó: “Ni tampoco la pregunta que enfrentamos es si el mercado es una fuerza para bien o para mal. Su poder para generar riqueza y expandir la libertad es insustituible, pero esta crisis nos ha recordado que sin un ojo vigilante el mercado se puede salir de control…”

No arriesgó compromisos con metas ni cifras puntuales. Pero deja ver una idea distinta a la hasta ahora preponderante acerca de las funciones del Estado en la conducción de la economía. La posibilidad de responder sin demasiadas decepciones a la enorme confianza que ha suscitado su llegada a la Casa Blanca, depende en buena medida de la capacidad que tenga para restablecer un Estado benefactor.

No se trata, desde luego, del Estado omnipresente que tan dolorosas consecuencias ha tenido en los regímenes totalitarios, ni del Ogro Filantrópico que tan agudamente describió Octavio Paz para referirse al autoritarismo priista en México. Un Estado moderno tiene que reconocerse como promotor del crecimiento, componedor en los conflictos y redistribuidor de la riqueza.

Habrá que apreciar de qué manera, y en qué medida, el esperanzador Obama logra sortear la incómoda distancia que siempre hay entre los dichos y los hechos. Pero el reconocimiento que hoy se hace en Washington acerca de la emergencia económica y del papel necesario e intenso del Estado, no parece trastornar las apreciaciones complacientes y en buena medida pachorrudas del gobierno mexicano acerca de nuestras propias crisis.

Al presidente Calderón y su administración, les sigue pareciendo que los desequilibrios que ya se experimentan en la economía están sobredimensionados. No han considerado necesario convocar a la sociedad a un auténtico compromiso para guarecernos de la crisis. Y no deja de ser preocupante, porque por muchas expresiones que haya de religiosidad y resignación como las que nuestro presidente se empeña en ofrecerle al poder eclesiástico, las oraciones y la fe no serán suficientes para que la economía produzca ni para ofrecerle certezas a la sociedad.

Obama también hace invocaciones religiosas en sus discursos, pero en un contexto distinto al mexicano. Allá el presidente jura su cargo con la mano sobre la Biblia. Aquí, hemos tenido suficientes razones para construir y preservar un Estado laico. En Estados Unidos, Obama habla de Dios como parte de la retórica para dirigirse a la gente. En México, Calderón lo hace para congraciarse con los jerarcas eclesiásticos.

Es enorme la esperanza que suscita Obama. Digamos en español, con una palabra de raíces árabes: ojalá (oh, Alá) le vaya bien.

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