Desoladas, inadvertidas precampañas

La mayoría de los mexicanos no se dio cuenta de que existían, pero hoy terminan las precampañas de los partidos políticos. Durante 40 días, los ciudadanos que aspiran a ser candidatos de cada partido en alguna de las 300 diputaciones federales que estarán en disputa el 5 de julio, podrían haber realizado las tareas de proselitismo necesarias para ganar el respaldo de sus correligionarios.

Eso, en caso de que los partidos hubiesen decidido tener elecciones internas que es una de las opciones que la legislación electoral establece para la designación de candidatos. La otra, es la designación de tales candidatos por parte de la dirección nacional de cada partido.

En otros procesos electorales, los partidos han oscilado de la designación centralizada a la organización de elecciones abiertas –a veces, con la participación no solamente de los afiliados de cada partido sino incluso de sus simpatizantes o de cualquier ciudadano que tenga interés en votar en esos procesos internos–.

Alrededor de esas opciones los partidos han tejido distintas y a veces mitológicas apreciaciones. Hay quienes consideran que la elección abierta a la participación de todos los miembros de una organización política es más democrática y da la impresión de que se trata de un partido abierto a la intervención de la sociedad. Sin embargo las elecciones primarias de esa índole pueden implicar prácticas de clientelismo harto conocidas y padecidas en nuestro país. En esas votaciones no ganan necesariamente los mejores candidatos sino aquellos que supieron movilizar mejor la emoción de sus compañeros de partido.

La elección por parte de los órganos de dirección regular de cada partido ofrece la posibilidad de que haya deliberación entre los candidatos o entre quienes los respaldan. Cuando esa decisión queda a cargo de instancias representativas como son los congresos o las convenciones de un partido, la conformación de las candidaturas a cargos de elección popular puede estar respaldada por proyectos conocidos por los miembros de ese organismo y pueden establecerse equilibrios entre corrientes políticas, regiones y candidatos de diversos perfiles.

Desde luego, la elección en organismos de esa índole también puede quedar supeditada a intereses clientelares e incluso puede dar lugar a la elaboración de planillas que excluyan a quienes no forman parte de los grupos mayoritarios.

Cada una de esas opciones –elección abierta o en instancias deliberativas– tiene bemoles y ventajas. Ninguna es panacea democrática. La democracia depende, más bien, de las reglas con que se realice cada proceso de elección interna y del compromiso de dirigentes y miembros de cada partido para evitar decisiones dogmáticas o excluyentes.

En esta ocasión, a pesar de que la nueva legislación electoral establece facilidades y plazos para las precampañas, ninguno de los partidos nacionales quiso designar todos sus candidatos a diputados en procesos abiertos.

En el PAN, solamente 105 de los 300 candidatos a diputaciones uninominales serán electos por los militantes en cada distrito. La dirección panista se reservó la designación de 195 candidatos en una decisión que suscitó notorios disgustos entre los panistas.

En el PRD, en donde tampoco abunda el ánimo para mantener la cohesión interna, de los 300 distritos únicamente en 77 habrá competencia abierta a la votación de los miembros de ese partido. 223 candidatos serán nombrados por el Consejo Nacional.

Y en el PRI, en un intento para atenuar la disputa interna que amenaza la artificial unidad de ese partido, los 300 candidatos serán nombrados por una Convención de Delegados.

Los candidatos a algunas de las 200 posiciones plurinominales serán designados con distintas reglas en cada partido pero, por lo general, prevalecerá el nombramiento a cargo de los órganos de dirección.

Los procesos de designación en cada partido se realizarán en las próximas semanas. Este miércoles 11 de marzo, es el último día para que quienes aspiran a ser candidatos hagan campañas internas. Esas campañas han sido tan escasas, tan aisladas de la discusión social y tan marginadas de los medios de comunicación que, salvo excepciones, los ciudadanos no se han enterado de ellas.

Los partidos han desperdiciado los 18 minutos diarios –del total de 48 minutos que administra la autoridad electoral– a los que han tenido acceso en cada estación de radio y televisión para que sus candidatos internos hagan precampaña. Lo que hemos visto en esos espacios han sido anuncios, unánimemente retóricos y huecos, que promueven a cada partido político.

A partir de mañana, los partidos dejarán de anunciarse. Las campañas, formales y oficiales, comenzarán hasta el 3 de mayo y durarán dos meses. Sin embargo, de aquí a esa fecha el tiempo electoral seguirá vigente. Durante esos largos, larguísimos 52 días que correrán entre el 12 de marzo y el 2 de mayo, los 48 minutos diarios tendrán que ser cubiertos con mensajes del IFE y de otros organismos electorales.

¿Cómo hará la autoridad electoral para ocupar esos abundantes y quizá indeseados espacios sin exasperar a los ciudadanos? Todo parece indicar que ni siquiera las autoridades del IFE saben bien a bien qué hacer con esa enorme cantidad de tiempo en radio y televisión.

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