El mismo PRD de siempre

Los dirigentes del PRD buscan arroparse en la excepcionalidad estadística para minimizar las trapacerías en sus elecciones internas del domingo pasado. De varios centenares de casillas instaladas en el Distrito Federal y el Estado de México, solamente hay tres en donde se suscitaron incidentes, insistía ayer Jesús Ortega.

Pero qué incidentes. Nada mejor para entender las dimensiones de esos atropellos que el recuento que hizo, con el propósito de minimizarlos, el propio presidente nacional de ese partido: “uno que sucedió en el municipio de Donato Guerra en el Estado de México, en donde un grupo de personas impidió el que se instalaran las casillas en ese municipio. Otro hecho lo tenemos localizado en el municipio de Los Reyes la Paz, donde habiéndose desarrollado completamente la elección, donde se desarrolló sin mayor contratiempo y sin mayores incidentes, unas horas después de que se había culminado el proceso electoral un grupo de individuos que no tenemos localizados, que no tenemos identificados, sustrajo las urnas con las boletas, e incluso ante la resistencia de una funcionaria de la casilla la subieron a la camioneta para soltarla algunos metros después”.

Eso de “soltarla” no deja de ser un eufemismo. A la joven Edith Vázquez Díaz, que cuidaba la casilla del PRD en la colonia La Magdalena, seis asaltantes empistolados la subieron a la fuerza a una suburban y varias calles más adelante la tiraron del vehículo en movimiento. Los dirigentes de ese partido dicen que podría tratarse de “una provocación del PRI”. Pero ¿qué interés podrían tener los priistas, de por sí bastante atareados en sus propias dificultades internas, para distorsionar la elección del PRD que se basta sólo para crearse problemas?

El incidente más notorio sucedió en el centro de Coyoacán donde un grupo inconforme con los resultados que iban surgiendo del cómputo distrital asaltó el local del PRD, se robó millares de boletas y las quemó en plena calle. Algunos dirigentes locales han dicho que se trató de más de 50 mil boletas cuya destrucción obligaría a repetir las votaciones en una de las delegaciones de la ciudad de México que han sido más fieles a la identidad perredista.

Aunque fuesen los únicos, tales episodios tendían que resultar suficientes para subrayar el escaso aprecio por la legalidad interna que se mantiene dentro del PRD. Pero los recuentos periodísticos indican que las anomalías estuvieron mucho más extendidas en las elecciones del domingo. “Acusaciones mutuas de acarreos, compra de votos, entrega de despensas, operaciones tamal y carrusel, exigencias de anulación de las votaciones en ciertas delegaciones, robo de paquetes electorales, conatos de enfrentamientos, presencia de grupos de choque y armados, y al menos diez personas presentadas ante el Ministerio Público”, integraban la enumeración de coacciones y trampas de las que dieron cuenta los reporteros de La Jornada en su nota del lunes pasado.

Quizá lo que resulte exagerado sea considerar anomalías a esos incidentes. La coerción y el fraude forman parte de la vida regular en el Partido de la Revolución Democrática. Esas prácticas, independientemente de cuál de sus muchas tribus –como sus propios integrantes las denominan– las cometan, parecieran formar parte del código genético perredista.

Los intentos para menospreciar esos hechos, considerándolos como excepciones, forman parte de la incapacidad del PRD para revisar su historia reciente y sus menguadas perspectivas. Y son expresión de una doble moralidad que practican tanto dirigentes como simpatizantes de ese partido. Basta imaginar el escándalo que hubieran sostenido si una sola de esas fullerías se hubiera registrado en otro partido. El alboroto en numerosos medios sería mayúsculo. Pero tratándose del PRD, en ocasiones por simpatía con ese partido, en otras simplemente por cansancio, las apreciaciones críticas son escasas.

ALACENA: El periódico

También en la órbita de influencia perredista pero surgido de una operación financiera y política que no ha sido clara, esta semana comenzó a circular en la ciudad de México, aún en sus ediciones cero, El Periódico, que se ufana de editar un millón de ejemplares. Dirigido por el periodista sonorense Ramón Alfonso Sallard, El Periódico tiene como Coordinador de Opinión al investigador Ernesto Villanueva y como Directora de Relaciones Públicas a Laura Itzel Castillo, ex funcionaria del gobierno de la ciudad de México.

Varios personajes cercanos a Andrés Manuel López Obrador forman parte de la nómina de colaboradores de la nueva publicación, entre ellos Alejandro Encinas, Mario di Constanzo, Gabriel Regino y María Fernanda Campa. Sean cuales sean sus propósitos políticos, resultarán apreciables conforme esa nueva opción editorial se desarrolle.

Publicado en www.ejecentral.com.mx


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