El credo democrático de Raúl Alfonsín

Cinco meses antes de su muerte, el 30 de octubre de 2008, a Raúl Alfonsín le hicieron un homenaje en el mítico Luna Park bonaerense. Aquel día se cumplían 25 años del triunfo electoral del primer presidente de la democracia argentina. Los discursos, ora nostálgicos, en ocasiones puntillosamente actuales, se sucedían delante de 10 mil emocionados admiradores suyos

mafalda

Alfonsín, enfermo ya, no pudo acudir a su homenaje y envió un mensaje que no fue suficiente para colmar las ganas que tenían de expresarle afecto. Ya al final, y puesto que “el doctor” no llegaba, hubo quien propuso ir a plantarse afuera de su casa a varias calles de distancia. La crónica de la perspicaz escritora Beatriz Sarlo publicada en el diario Perfil registró aquella celebración. Conductor de un gobierno atrapado entre las amenazas de regresión militar y antidemocrática y una crisis económica que detonaría las finanzas y luego los ánimos de los argentinos, Raúl Alfonsín fue presidente en una etapa de transición cuyas contradicciones él mismo padeció. Supo y pudo impulsar los juicios a los jefes militares que perpetraron innumerables atrocidades en la Argentina de los años setenta y luego promovió los ordenamientos que creaban coartadas y descargos para algunos de esos militares. Por eso Beatriz Sarlo escribía en aquella narración: “la Argentina le debe tanto a este hombre homenajeado hoy: el juicio a las juntas, que fue la piedra liminar de la democracia, el umbral que, una vez atravesado, ya no permitió el retroceso, pese a las propias leyes que Alfonsín promulgó sobre Obediencia Debida y Punto Final. El juicio a la juntas no se borró con nada, no tuvo correcciones aunque su propio impulsor quiso imponérselas”.

Anoche a las 8 y media, hora de Buenos Aires, Raúl Alfonsín murió a consecuencia de un cáncer de pulmón que lo venía socavando desde tiempo atrás. Tenía 82 años. No asistió al homenaje en el Luna Park pero sí pudo acudir, a comienzos de octubre, a la develación de una estatua suya en la Casa Rosada, la casa de la presidencia argentina. Hombre de convicciones democráticas, en esa ocasión Alfonsín manifestó miras de estadista y una sensibilidad política por desgracia infrecuente entre los actuales líderes latinoamericanos. “Es la misión de los dirigentes y de los líderes –dijo hace exactamente medio año, el 1 de octubre de 2008– plantear ideas y proyectos evitando la autoreferencialidad y el personalismo; orientar y abrir caminos, generar consensos, convocar al emprendimiento colectivo, sumar inteligencias y voluntades, asumir con responsabilidad la carga de las decisiones. ‘Sigan a ideas, no sigan a hombres’, fue y es siempre mi mensaje a los jóvenes. Los hombres pasan, las ideas quedan y se transforman en antorchas que mantienen viva a la política democrática”.

El discurso de Raúl Alfonsín en la inauguración de su estatua en la Casa Rosada el 1 de octubre de 2008 no tiene desperdicio. En esa ocasión definió así a la democracia:

“Democracia es vigencia de la libertad y los derechos pero también existencia de igualdad de oportunidades y distribución equitativa de la riqueza, los beneficios y las cargas sociales: tenemos libertad pero nos falta la igualdad. Tenemos una democracia real, tangible, pero coja e incompleta y, por lo tanto, insatisfactoria: es una democracia que no ha cumplido aún con algunos de sus principios fundamentales, que no ha construido aún un piso sólido que albergue e incluya a los desamparados y excluidos. Y no ha podido, tampoco aún, a través del tiempo y de distintos gobiernos construir puentes firmes que atraviesen la dramática fractura social provocada por la aplicación e imposición de modelos socioeconómicos insolidarios y políticas regresivas”.

Entonces recordó su mensaje de toma de posesión, el 10 de diciembre de 1983, después de haber ganado en las urnas a la fórmula peronista. Dirigente de la Unión Cívica Radical, Alfonsín, ya como presidente, se enfrentaba a la ruptura de la sociedad y la clase política argentinas. Para unificarlas, recordaba, “era imprescindible luchar por un Estado independiente, que no podía subordinarse a poderes extranjeros, ni a grupos financieros internacionales, ni a los privilegios locales. La propiedad privada cumplía un papel importante en el desarrollo de los pueblos, pero el Estado no podía ser propiedad privada de los sectores económicamente poderosos”.

El eje de su proyecto de gobierno lo describía en estos términos: “Era necesario buscar un consenso fundamental: la democracia aspira a la coexistencia de las diversas clases y sectores sociales, de las diversas ideologías y de diferentes concepciones de vida. Es pluralista, lo que presupone la aceptación de un sistema que deja cierto espacio a cada uno de los factores y hace posible así la renovación de los gobiernos, la renovación de los partidos y la transformación progresiva de la sociedad”.

La democracia, reconocía Alfonsín, está más relacionada con la normalidad cotidiana que con las rupturas súbitas. Por eso, añadimos nosotros, la democracia resulta tan anticlimática en las sociedades condicionadas por la espectacularidad mediática y acostumbradas a sobresaltos verdaderos o impostados. Decía: “La democracia es previsible, y esa previsibilidad indica la existencia de un orden mucho más profundo que aquel asentado sobre el miedo o el silencio de los ciudadanos. La previsibilidad de la democracia implica elaboración y diálogo que no excluirá, sin duda, tempestuosos debates y agrios enfrentamientos de coyuntura que nutrirán al estilo republicano triunfante ya en el país. La democracia no se establece sólo a través del sufragio ni vive solamente en los partidos políticos”.

Aquella apuesta democrática de Alfonsín subrayaba la oposición que siempre mostró frente a las opciones violentas para enfrentar a los violentos. Por eso se permitía recordar: “habíamos aprendido que los que estimulan la impaciencia para proponer la intolerancia y la violencia como remedios terminan favoreciendo los intereses del privilegio. Aprendimos que cuando el pueblo no decide sobre el gobierno, la nación y el pueblo quedan desguarnecidos frente a los intereses de adentro y de afuera”. Y más todavía: “la intolerancia, la violencia, el maniqueísmo, la compartimentación de la sociedad, la concepción del orden como imposición y del conflicto como perturbación antinatural del orden, la indisponibilidad para el diálogo, la negociación, el acuerdo o el compromiso, han sido maneras de ser y de pensar que echaron raíces a lo largo de generaciones en nuestra historia. Y que por cierto, constituyen todavía hoy una de las principales rémoras y déficit con las que carga nuestra democracia”.

Esa normalidad democrática se enfrentaba en la Argentina de hace un cuarto de siglo, igual que hoy en día en muchos de nuestros países, a la devastación que los políticos suelen hacer de su propia actividad y del escenario público todo. Cuando no tienen coordenadas claras, los políticos crean las peores imágenes de sí mismos y ahuyentan a la sociedad respecto de los asuntos públicos: “Hoy todavía hay rastros de ese canibalismo político que ha teñido la práctica política. La política implica diferencias, existencia de adversarios políticos, esto es totalmente cierto. Pero la política no es solamente conflicto, también es construcción. Y la democracia necesita más especialistas en el arte de la asociación política. Los partidos políticos son excelentes mediadores entre la sociedad, los intereses sectoriales y el Estado y desde esa perspectiva hemos señalado que lo que más nos preocupa es el debilitamiento de los partidos políticos y la dificultad para construir un sistema de partidos moderno que permita sostener consensos básicos. No será posible resistir la cantidad de presiones que estamos sufriendo y sufriremos, si no hay una generalizada voluntad nacional al servicio de lo que debieran ser las más importantes políticas de Estado expresada en la existencia de partidos políticos claros y distintos, renovados y fuertes, representativos de las corrientes de opinión que se expresan en nuestra sociedad”.

Dichas para la Argentina de hoy en día y apuntaladas en su difícil y hoy en día ampliamente reconocida gestión, aquellas advertencias de Raúl Alfonsín parecieran leer el panorama de situaciones como la que padecemos hoy en México.

En su discurso en la Casa Rosada hace medio año, el ex presidente argentino coincidió con quienes alertan en contra de quedarse en la remembranza y recordó la maldición bíblica que padecía Lot, condenado a no mirar atrás so pena de volverse de sal. Pero, añadió, “hay también otro riesgo. Están aquellos que no miran hacia atrás pero tampoco lo hacen hacia ningún lado. Los que ni siquiera tienen pensamiento propio. Erich Fromm, en su libro ‘¿Podrá sobrevivir el hombre?’, lo define como el pensar inauténtico, de autómata, de aquel que cree que algo es verdad no porque haya llegado a esa convicción por el propio pensar, basado en observaciones o experiencias, sino porque se lo han sido ‘sugerido’, porque le ha sido propuesto ‘…por fuentes que llevan consigo el peso de las autoridad, en una u otra forma’, modas y olas pasajeras, distintas formas de ‘pensamiento único’ ”.

Un símbolo de la democracia”, tituló anoche el diario Página 12 el recuerdo de Alfonsín. “Ha muerto un hombre cabal” escribió José Claudio Escribano en La Nación. “El presidente de la democracia”, testimonió Perfil. “El símbolo de la democracia”, se llama el suplemento de Clarín que circula desde este miércoles.

Publicado en eje central

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