Eficacia mediática

¿Qué debieron haber hecho los medios de comunicación ante la emergencia sanitaria? Para responder a esta pregunta sin voluntariosas ideologizaciones es preciso recordar que los medios, antes que nada, tendrían que ser instrumentos de servicio público. Son canales de mediación entre el Estado y la sociedad y, desde luego, entre los variados segmentos que conforman a esa sociedad. Son además espacios de información, entretenimiento, a veces de educación, etcétera. Pero todo ello se supedita a esa función primordial de servicio público.

Así que, en aras de tal servicio, ¿qué deberían haber pretendido los medios de comunicación? La respuesta no es difícil. Si nos encontrábamos ante una epidemia de alcances desconocidos e inicialmente delante de un virus que era –y en alguna manera sigue siendo– también impredecible, la prioridad de los medios era comunicar a la población las dimensiones mayúsculas del problema. De la misma manera, tenían que informar –e instruir– acerca de las medidas que la gente debe tomar para prevenir el contagio.

Esos deberes, los medios los han cumplido de manera notablemente organizada. A una semana de que comenzó la emergencia se puede asegurar que los mexicanos nos enteramos con rapidez de la epidemia. En pocos días la cultura de la protección sanitaria, desde luego acicateada por el miedo, ha permitido que nos resguardemos y ya todos conocemos los síntomas que hacen necesario acudir de inmediato a los servicios de salud.

La manera como distintos medios han presentado las informaciones acerca de la epidemia indican estilos, sesgos y enfoques varios. Pero en términos generales, sería mezquino regatearles a la televisión, a la radio y a la prensa, el papel de comunicación que han cumplido con eficacia. Algunos han exagerado más que otros pero, en ese panorama general, las descripciones altisonantes, la tentación del estruendo y las imágenes lastimeras quedaron en segundo plano. Las explicaciones a cargo de médicos especializados en epidemias han acaparado los segmentos dedicados a ese tema. Tanto en noticieros como en espacios habilitados de manera extraordinaria, las televisoras y radiodifusoras han sido puentes entre los expertos y el resto de la sociedad.

La información acerca del desarrollo de la epidemia ha resultado, esa sí, errática y confusa. Las contradicciones en los datos que comenzó a ofrecer hace varios días el secretario de Salud, así como los vacíos que se mantienen en algunos temas relacionados con los efectos del virus porcino, han desconcertado a no pocos ciudadanos. Los medios, al repetir esa información y sobre todo al prescindir del escaso contexto que le daban las autoridades, contribuyeron a esa confusión.

Pero esos tropiezos han sido parte de un aprendizaje colectivo. El secretario José Ángel Córdova ofrecía algunos días datos de enfermos y defunciones fehacientemente causados por el virus y, en otras ocasiones, se refería a casos aún no comprobados. Por lo demás, ese funcionario ha exhibido una paciencia extraordinaria, requerido día y noche no sólo por los medios sino por otras obligaciones.

El gobierno ha difundido la información a su alcance, desde que la tarde del jueves 23 entendió la gravedad de la epidemia. Puede discutirse si ese reconocimiento lo hizo a tiempo, o no. Pero en cuanto así fue, aunque tuviera que suceder casi a media noche, se anunció la suspensión de clases en la ciudad de México.

Los medios han permitido entender –hasta donde es científicamente posible– la situación de la epidemia y en ellos los ciudadanos han aprendido cómo cuidarse. Ese diagnóstico no les gustará a quienes consideran que el análisis crítico de los medios debe estancarse en la denostación permanente. Tampoco les agradará a quienes creen por principio que este gobierno es incapaz de cumplir con sus obligaciones.

Los medios de comunicación, siempre en una apreciación general, han eludido también la seducción del rumor y la especulación. En los días recientes han circulado por Internet versiones disparatadas, que nunca faltan pero que ante la emergencia epidemiológica resultan más irresponsables que de costumbre. Si alguien quiere creer que el virus H1N1 fue propagado intencionalmente para que dejáramos de prestar atención a la aprobación de algunas leyes en el Congreso (¡como si a la sociedad le interesara tanto lo que hacen los legisladores!), o para que hagan negocio las empresas farmacéuticas, o como resultado de una aviesa conspiración de Obama, Sarkozy y Calderón para atajar la crisis de la economía mundial (¡como si a Wall Street le sirviera de algo el cierre de restaurantes, el quebranto del turismo y el miedo en la ciudad de México!)  ese es asunto de cada quien. Pero si a causa de esas versiones inverosímiles hay quienes consideran que las medidas de prevención son innecesarias, entonces los rumores habrían tenido un efecto potencialmente criminal. Los medios de comunicación no han contemporizado con esa desinformación.

Eso no significa que todo lo hayan hecho bien. Les ha faltado iniciativa, sobre todo para hacer periodismo de investigación aunque ese es un problema permanente de los medios en México. Los conductores han tenido que improvisarse, no siempre exitosamente, como conocedores aunque sea superficiales de epidemias y providencias sanitarias.

La interlocución que entablan con sus audiencias es solamente excepcional y transcurrida la emergencia, la mayor parte de los medios volverá a la unilateralidad de siempre. En esta experiencia todos los medios, pero especialmente los de índole no comercial, podrían encontrar un rumbo que hasta ahora ha sido infrecuente. Los espacios radiofónicos del IMER, los programas especiales de Canal 11, las mesas redondas de TV y Radio UNAM, han sido oportunidades para hacer una comunicación de servicio público.

Publicado en eje central

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