Asombros en la emergencia

Texto publicado en emeequis

A lo que nadie ha sido inmune es a la avalancha de datos, avisos, alarmas. Días enteros delante del televisor, al lado de la radio, enganchados a la computadora –a veces todo al mismo tiempo– y somos improvisados pero constantemente actualizados expertos en asuntos epidemiológicos.

A los auténticos especialistas, que transitan con estoicismo de un programa televisivo a otro, los hemos visto más que a cualquier estrella de telenovela. Armados de paciencia indestructible, responden una vez y otra también a las mismas, machaconas dudas. Lavarse las manos, prohibirnos los besos, evitar aglomeraciones… Si las llamadas a radiodifusoras y televisoras proclaman las mismas incertidumbres, es porque no toda la gente está adosada a los medios o, acaso, porque escuchar reiteradamente la cantinela preventiva es una manera de admitir una realidad que abruma y trastorna. Es un recurso para sabernos parte de una pesadilla real y no de un mal sueño del que quisiéramos despertar en cualquier momento.

Nos intoxicamos de información porque el estupor no lo aliviamos con las certezas que da la ciencia. Enorme la sorpresa de sabernos población en riesgo de esta epidemia, tratamos de encontrar explicaciones que no surgen con la sencillez y rapidez que necesitamos. Y no aparecen esas explicaciones porque no las hay del todo, ni siempre a tiempo. Se sabe de qué virus se trata, a dónde viaja, de qué manera se propaga. Conocemos las normas básicas para evitarlo. Pero una semana después de que se desató la alerta seguíamos ignorando si estábamos en la cresta o el ocaso de la infección. Había versiones contradictorias sobre los plazos de la incubación. Persistían las dudas iniciales sobre la eficacia de la vacuna del año pasado –no se puede afirmar que ayuda pero tampoco que no lo hace, dictaminaron salomónicos y sin duda justos los epidemiólogos–.

Y recorría tertulias de Internet así como los asombrados medios internacionales una pregunta incómoda: ¿por qué todas las víctimas iniciales –las únicas hasta varios días después de que se declaró la emergencia– son mexicanos? Es la pobreza, fue el diagnóstico meridiano. Si esa es la respuesta, ofrece márgenes no solamente para lamentarnos por nuestros muchos atrasos sino además para la discusión y la impugnación política. Después de todo, y eso no lo difumina ni siquiera la emergencia sanitaria, estamos cerca de las elecciones federales.

La conmoción trastoca inercias también en el mundo político. El partido que más podría aprovechar la inminencia de los comicios para cobrarle en ellos al gobierno una presunta ineficacia en la atención a la epidemia, sugirió que las elecciones de julio fueran aplazadas. El PRD se comporta con responsabilidad, aunque no faltará quienes supongan que con el aplazamiento trataría de colocarse en medio del PAN acosado por la emergencia y el PRI que reivindica tiempos pasados como si allí estuviera la mejor solución a esta contingencia.

La sensatez resplandeció por varios días en el escenario político. Dirigentes y legisladores se abstuvieron de la cháchara aturdidora y las insidias mutuas que suelen propalar. Es un tanto ingenuo esperar que estas enseñanzas de la epidemia fuesen aprovechadas por nuestra llamada clase política pero la esperanza nunca se esfuma del todo. En estos días difíciles, al menos en la primera fase de ellos, la prudencia de los partidos, la respuesta del gobierno –que puede haber tenido insuficiencias pero que ha sido esforzada y persistente– y la disciplina temerosa pero consciente de la sociedad, articularon una cohesión pocas veces vista en nuestra historia reciente.

No sólo hemos sabido privilegiar un asunto fundamental por encima de numerosas diferencias. Antes que nada, hay una respuesta ordenada y amplia. Quizá el tapabocas no es del todo indispensable, como supimos más tarde. Pero la enorme cantidad de gente que se lo impuso, sin duda movida por el miedo pero también como señal de identidad común en la emergencia, confirma esa capacidad para la cohesión. Y los tapabocas decorados, coloridos y juguetones que hemos visto por las calles, son carcajada optimista que también forma parte de las defensas necesarias ante la influenza.

Para compromiso el que han mostrado médicos, enfermeras y el personal de servicios de salud. Hay excepciones lamentables, sí. Por encima de ellas y a pesar de carencias ingentes y del omnipresente miedo, están haciendo su trabajo. De eso se trata: que cada quien haga lo suyo y que haga lo posible por hacerlo bien.

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