Qué debería cambiar

Quieran o no, instituciones y gobernantes tendrán que responder a los resultados electorales del 5 de julio. Algunos lo hacen ya magnificando o menospreciando, según les haya ido, las consecuencias de esa votación. Otros, prefieren aparentar que están más allá de las coyunturales decisiones en las urnas.

1. Calderón. El semblante hosco, el discurso severo, hacían evidente la desazón que experimentaba el presidente de la República la noche del domingo electoral cuando ofreció un mensaje por televisión. El saldo de la votación fue, para el gobierno, peor de lo que se había esperado. El presidente Felipe Calderón tendrá que restablecer puentes y hacer política fina, algo que en otros tiempos se le daba bien pero a lo que pareció renunciar hace uno o dos años cuando se dejó aislar para encerrarse en una apreciación complaciente de sus propias acciones y en un discurso monotemático.

El combate a la inseguridad es indispensable, pero evidentemente no bastó para suscitar la confianza de los ciudadanos. El viraje en el discurso tendría que ir acompañado por una reestructuración en el equipo de gobierno, una vez que se ha confirmado que los más amigos no son necesariamente los más eficientes.

El dilema es si Calderón tendrá la agudeza política que hace falta para entender las señales del 5-J, si sabrá renunciar al ensimismamiento en el que se ha sumergido en los años recientes, si será capaz de rescatar los resortes democráticos que a pesar de sus resabios conservadores ha tenido el PAN y si, en consecuencia, querrá y podrá sacudirse la costosa tutela de poderes fácticos en los que ha querido cobijarse (la maestra, las televisoras, el sindicalismo descompuesto) y con resultados tan contraproducentes.

2. El PAN. El talante bravucón terminó por envolver y hacer políticamente ineficaz a Germán Martínez, pero su principal yerro fue aislarse del PAN realmente existente. En vez de convocarlos, el inminente ex presidente panista combatió (incluso utilizando trampas y engaños) a dirigentes, corrientes y grupos que no se le subordinaban dentro de ese partido.

Inhábil para ser partido en el gobierno, el PAN tendría que recuperar la vitalidad que antes supo desplegar en la oposición. No le resultará extraño, puesto que lo fue largo tiempo, actuar como minoría en la Cámara de Diputados. Para ello tendría que sacudirse los intereses que se han enquistado en las cúpulas blanquiazules. Es difícil que lo consiga.

3. El PRI. Sus líderes y adláteres se equivocarían si creen que al PRI no le hacen falta ajustes después del éxito en las urnas. El partido supo funcionar como maquinaria electoral y capitalizó el descontento ante errores e insuficiencias del gobierno. Pero eso no le bastará para mantenerse cohesionado en la designación de su candidato presidencial.

Los priistas aprenderían de sus propios tropiezos si recuerdan los costos que les significó la división de hace cuatro años, cuando sus principales grupos entraron en colisión por esa candidatura. Las ambiciones suelen arrasar con los compromisos. Y a un partido sin principios, si algo lo mueve es la codicia.

La otra dificultad que enfrenta el PRI radica en convencer a los ciudadanos de que es un partido suficientemente renovado para evitar los abusos y autoritarismos que le conocimos durante largas décadas. Por mucho maquillaje que utilicen, será inevitable advertir que se trata de los mismos dirigentes, que proponen el mismo discurso y que practican la misma política del mismo PRI de siempre.

4. El PRD. Algunos de sus líderes más perspicaces han sugerido que, de plano, de los escombros que les dejó el 5-J lo mejor será que surjan dos partidos. Uno, comprometido con el discurso de reformas sin confrontación y con tantos compromisos políticos (con caciques regionales, con las televisoras, con otros partidos, etcétera) que casi se ha vuelto políticamente inocuo y que despliega el grupo de Jesús Ortega. Otro, el de la agresiva pedacería anti institucional de la que forman parte el viejo priismo y el nuevo clientelismo a los que cohesiona López Obrador y con el que coinciden personajes como René Bejarano y Juanito el de Iztapalapa. Sea cual sea su respuesta al resultado que redujo a la mitad sus votos en comparación con la elección de hace tres años, el PRD y sus aliados de antes y ahora tendrían que emprender una reconstrucción mayor si quieren ser competitivos en 2012.

Texto publicado en emeequis

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