La luna y la noche que detuvimos los relojes

Aquellos días dormíamos poco, levantándonos de prisa y acostándonos tarde para no perder detalle del viaje más anunciado en la historia de la humanidad. Las fantasías de Julio Verne y George Meliés estaban por ser cumplidas y lo de menos era si la carrera espacial había sido acicateada por la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque la bandera que sería plantada en la áspera y fría superficie de nuestro satélite era la de las barras y las estrellas, había motivos suficientes para querer entender la misión del Apolo 11 como un logro de toda la humanidad.

Así lo dijo Neil Armstrong, en la famosa y precisa frase justo en el momento en que dejaba impresa la huella del pie izquierdo sobre la luna. En México eran las 20.56 del 20 de julio de 1969. Hasta donde recuerdo Jacobo Zabludovsky, en la transmisión televisiva, dijo algo así como detengan sus relojes porque este es un acontecimiento histórico. Y allí quedó ese episodio del reloj de la memoria, congelado cuando las imágenes borrosas y el audio quebradizo que llegaba de la Luna a Houston y de allí al planeta entero, nos indicaban que era un momento para recordar.

La sensación, a la vez, de comunidad y libertad que suscitó la llegada del primer hombre a la luna, trascendía banderías nacionales e ideologías políticas. Era una hazaña de la tecnología y la ciencia pero también de la imaginación y el arrojo. Por supuesto, se trataba de un logro teñido de implicaciones geopolíticas como le diríamos más tarde a la existencia de obvios intereses de variada índole en el plano de las relaciones internacionales. Pero ninguna de aquellas consecuencias le restaba espectacularidad al hecho de que un ser humano (dos, al cabo de unas cuantas horas) caminaba por la luna.

En la televisión de Estados Unidos la transmisión del alunizaje fue encabezada por Walter Cronkite, el veterano y prestigiado periodista que condujo entre abril de 1962 y marzo de 1981 el noticiero vespertino de la CBS. En esa tarea, Cronkite atestiguó y comunicó acontecimientos de toda índole, desde el asesinato de John Kennedy y la carrera espacial, hasta la guerra de Vietnam.

Cronkite murió el viernes pasado, a los 92 años, unos días antes de que se cumplieran cuatro décadas de una de sus transmisiones más memorables. En su libro autobiográfico A Reporter’s Life, Una vida de reportero (Knopf, New York, 1996) relata la espontánea cuan apresurada reacción que tuvo cuando estaba transmitiendo la llegada de Neil Armstrong a la luna:

“Cuando Neil salió del Eagle, yo casi había recuperado la compostura que perdí completamente cuando el Eagle había descendido delicadamente sobre la superficie de la luna. Me había preparado tanto como la NASA para ese momento y entonces, cuando llegó, me quedé estupefacto.

“¡Hombre!, ¡Caray! ¡Hombre! (Oh, boy!, Whew! Boy!). Esas fueron mis primeras palabras, de una profundidad que será registrada por todas las épocas. Eran todo lo que podía articular”.

Era muy posiblemente el periodista más relevante en Estados Unidos y sin duda uno de los que conquistó mayor credibilidad en el siglo XX. Pero confrontado ante aquel hecho histórico, Walter Cronkite reaccionó con esas exclamaciones.

Cronkite relata que en los años 80 abrigó la ilusión de participar en un viaje espacial, cuando los directivos de la NASA anunciaron que habría civiles entre los pasajeros de las siguientes tripulaciones. Específicamente,  se dijo, volarían un profesor y un periodista. Después de una preselección entre más de mil solicitantes, el conductor del noticiero de CBS quedó entre 40 finalistas. Pero luego sobrevino la tragedia del transbordador Challenger, que en enero de 1986 estalló poco después de haber despegado en Florida. Cronkite escribió acerca de esa fallida posibilidad:

“Con frecuencia me preguntaban si todavía quería ir al espacio después del Challenger. Mi respuesta era que sí, pero que temía que mis cañerías se irían antes de que la NASA arreglara las suyas. Realmente, todavía me gustaría ir. Sé, sin embargo, que vería el vaso más medio vacío que medio lleno. Un vuelo orbital sería la cosa más emocionante que puedo imaginar –excepto el vuelo que me gustaría hacer antes que otros: el viaje a la luna–. Sería grandioso ver el planeta Tierra desde esa enorme distancia, observar como han hecho nuestros afortunados astronautas esta gran esfera azul, esta mancha de color en la oscura extensión del espacio, regocijarnos en el misterio de nuestra existencia aquí.

“El primer descenso en la luna fue, sin duda, la más extraordinaria historia de nuestra época y casi tan destacada fue la proeza para la televisión como el mismo vuelo espacial. Ver a Neil Armstrong a 240 mil millas allá afuera, mientras daba el gigantesco paso para la humanidad en la superficie de la luna, fue una emoción más allá de todas las otras emociones de ese vuelo. Todas esas emociones derribadas una sobre otra tan rápidamente que pasábamos de la carne de gallina que nos causaba una de ellas a la que suscitaba la siguiente”.

Y en efecto, a la emoción que siempre suscitaba mirar (o, incluso antes, escuchar por la radio) el lanzamiento de aquellos cohetes que conducían fuera de la atmósfera terrestre a una de esas frágiles cápsulas Mercurio, Géminis o Apolo, en aquel verano de 1969 se añadían el recorrido a la luna, la entrada en la órbita del satélite, el descenso en la superficie lunar y el exitoso viaje de retorno. Eran otros tiempos, sí. Nosotros mismos éramos otros. Pero somos lo que somos y el mundo es lo que es gracias, en parte, a las certezas y las quimeras detonadas por aquellas proezas tecnológicas. Como decía Cronkite todas las tardes al terminar su noticiero, así es como son las cosas (and that’s the way it is).

ALACENA: Armstrong despide al periodista

Retirado de las actividades públicas desde hace años, este fin de semana Neil Armstrong dio a conocer el siguiente comunicado sobre la muerte de Walter Cronkite:

“Para que un analista de noticias y un reportero de los acontecimientos del día tengan éxito, él o ella necesitan tres cosas: precisión, oportunidad y la confianza de la audiencia. Muchos tienen la fortuna de contar con las dos primeras. La confianza de la audiencia, se debe ganar.

“Walter Cronkite pareció disfrutar de los más altos ratings. Tenía una pasión por la exploración humana del espacio, un entusiasmo que era contagioso y la confianza de su audiencia. Se le va a extrañar”.

Publicado en eje central

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