Miénteme más

La trama inicial es fascinante, aunque parece difícil que sólo a partir de ella se pueda construir toda una temporada en una serie de televisión. Un especialista en lenguaje corporal, entrenado para advertir cuándo mienten las personas, encabeza un despacho de consultoría que se dedica a descubrir impostores.

Con habilidades en sicología y medicina, el doctor Carl Lightman pasó varios meses con una tribu africana estudiando el movimiento de las cejas. Gracias a esa y otras habilidades, tiene la infrecuente capacidad de identificar a las personas que mienten. Tics nerviosos, miradas que se desvían, entrecejos fruncidos, narices con escozor y hasta la temperatura corporal, son indicadores que le permiten distinguir entre mentiras y verdades.

Esa es la historia en torno a la cual se desenvuelve la serie Lie to me (“Miénteme”) que se estrenó en América Latina el martes pasado en el canal de Fox. Con el especialista Lightman, protagonizado por Tim Roth, colabora un peculiar equipo encabezado por la sicóloga Gillian Foster (Kelli Williams). El gobierno estadounidense, empresas privadas y corporaciones policiacas, se encuentran entre los clientes de los caza-mentiras.

Como espectáculo televisivo, la serie necesitará de varias sorpresas para conservar las inicialmente curiosas audiencias que se habrán entretenido con las aparentes recetas para identificar mentirosos. Seguramente habrá complicaciones en la vida personal de Lightman y sus colaboradores para que los siguientes capítulos mantengan comprometidos a los televidentes.

Pero más allá de la televisión, resulta entretenido preguntarnos qué pasaría si hubiera especialistas de esa índole. O, en otros términos, qué sería de nosotros y de nuestra vida pública, para no especular sobre la vida personal, si tuviéramos un mundo en donde los mentirosos fueran fácilmente identificables.

La política sería quizá un asunto demasiado aburrido, o de una integridad tan drástica que serían imposibles los tráficos de intereses y los fingimientos convenencieros que de manera casi tan unánime definen promesas, pretextos, discursos, declaraciones y hasta los buenos días cuando son proferidos por personajes con responsabilidades públicas.

Imaginemos la coyuntura política de estos días en un contexto impermeable a la mentira. Los gobernadores que aseguran que todos sus familiares y ellos mismos pueden ser investigados porque son inocentes de cualquier vinculación con el narcotráfico, serían pocos o tendrían que guardar silencio. Los dirigentes del PRD que exhortan a la conciliación interna dándoles a sus rivales de hace unos cuantos días un trato de camaradas que no resiste la menor prueba, tendrían que cambiar de lenguaje, de partido o de compañeros para hacer política. Los miembros de Acción Nacional que se consideran todos ellos igualmente comprometidos con la doctrina originaria de ese partido pero que tras esa rutinaria y por lo general hueca declaración de principios se destazan políticamente unos a otros, dejarían las verdades a medias para reconocer que entre los panistas hay diferencias políticas que hoy parecen irreconciliables. O, claro, los priistas que afirman, como si estuvieran testificando con la mano sobre la Biblia, que su partido se ha renovado y ya no incurre en las fullerías de otros tiempos, serían presa fácil de atrapa mentirosos como el de la serie que comentamos.

Por supuesto, los políticos y otros personajes públicos no son los únicos mentirosos. Pero sus falsedades se amplifican gracias a la influencia y la responsabilidad que tienen.

El funcionario del área financiera que asegura que el dólar volverá a estar a 12 pesos; el jefe policiaco que presenta a los responsables de crímenes atroces como si hubieran confesado espontánea, inmediatamente y sin presión alguna; el entrenador de futbol que promete, ahora sí, un desempeño brioso del equipo que tantos fracasos ha cosechado; el conductor de noticieros que garantiza que a él no lo presiona nadie pero que no deja de repetir consignas que le convienen a su empresa; el consejero electoral para quien la ley dice clarito que esa falta de un funcionario no se puede sancionar y que a la semana siguiente descubre que el artículo que había citado puede tener otra interpretación; el columnista que fustiga a todos esos personajes con una severidad que no pone en práctica consigo mismo…

Una vida pública sin mentiras haría innecesarias, o casi, las cartas a los periódicos, las disculpas sofisticadas y la lectura entre líneas. El desvanecimiento de la demagogia abreviaría y tornaría más aburridas aún las deliberaciones parlamentarias. La propaganda política se volvería un recurso en extinción. Los medios tendrían que buscar nuevas formas de sustento ante la ineficacia de la publicidad. Los programas de consejos sentimentales y las mesas de discusión política desaparecerían de la radio o se convertirían en cápsulas de diagnóstico telegráfico. En el púlpito de las iglesias los sacerdotes tendrían que limitarse a entonar cantos gregorianos y quizá ni siquiera eso.

La preponderancia de la mentira en nuestra vida pública ha dado lugar a mofas sobre las promesas falsas (“pero eso sí, la última y nos vamos…”) y al reconocimiento tan palmario de que las falsedades abundan que, ahora, cuando queremos que nos crean enfatizamos que entonces sí estamos diciendo la verdad. “Se lo digo con toda honestidad, señor periodista…”, “créame que no lo engaño”, “de veras, esto es lo que pienso”. Todas esas muletillas serían innecesarias si viviéramos en un contexto de verdades puras y duras.

Publicado en eje central

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Un comentario en “Miénteme más

  1. Estimado Raúl Trejo:

    Su columna sobre los mentirosos, me recordó un cuento de ciencia ficción, donde los hombres modernos, se imponen sobre los Neandertales, quienes eran físicamente más fuertes, y además el autor les atribuye la posibilidad de comunicación telepática, dado sus posibles limitaciones para articular lenguaje verbalmente por un desarrollo diferente de su laringe, algo que se ha especulado podría ser el caso, son derrotados por la capacidad innata del homo sapiens sapiens para MENTIR, y disfrazar sus verdaderas intenciones y preparar la emboscada donde sacrifican a los últimos sujetos sobrevivientes, en algun lugar de las estepas del Asia Central-Oriental, a pesar de su capacidad de leer las mentes ajenas.

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