Cinco a cero

Al primer gol –un penalti seco, directo, de Gerardo Torrado– comenzamos a confiar. Con el segundo, gracias a la oportunidad de Giovanni dos Santos que no dejó ir el balón después de una angustiosa confusión en la zona penal, recordamos de qué se trata el entusiasmo en estos casos.

El tercer tanto, un disparo cruzado de Carlos Vela, nos dejó saber que todos los pesimismos y desconfianzas podían ser remontados y que la selección tenía capacidad para merecer la adhesión de los mexicanos. El cuarto gol, resultado de la velocidad de José Antonio “el gringo” Castro y del pasmo que para entonces dominaba a sus rivales, suscitó ilusiones que nos durarán al menos varias semanas.

El quinto, obra de Guillermo Franco, confirmaba las ganas de triunfo que ahora sí demostró el equipo tricolor, colocaba a Javier Aguirre de nuevo al filo de las esperanzas nacionales, nos dejaba saber que a pesar de todo a veces hay días buenos y detonaba la peregrinación de millares rumbo al Angel en Reforma.

Habrá quienes digan que no es para tanto. Aunque el entusiasmo que en estos casos resulta por definición estridente y escasamente dialoguista apenas permita que las escuchemos, surgirán voces que nos recuerdan la transitoriedad y la veleidad del júbilo deportivo. Habrá prevenciones políticamente correctas, aunque socialmente desatentas, que subrayen el carácter mercantil del futbol profesional, las metáforas aquellas del pan y el circo, la supeditación de ese deporte al interés mercenario y execrable de las televisoras, la calidad habitualmente infame del balompié que padecemos en México.

Y tendrán razón, esos desplantes de realismo en medio del júbilo que este lunes avasalla las primeras planas y que sobresaldrá durante todo el día en los noticieros. El futbol mexicano se encuentra hipotecado a los negocios de Televisa y Azteca; a los jugadores se les sobredimensiona, lo mismo que se prescinde súbitamente de ellos, de acuerdo con intereses comerciales que no siempre coinciden con el desempeño estrictamente deportivo; la sobre explotación de ese espectáculo ha creado ídolos de papel maché e ilusiones de oropel.

Pero precisamente por ello, el 5 a cero con el que el equipo mexicano le ganó la Copa Oro al de Estados Unidos resulta especialmente meritorio. En medio de un clima deportivo y mediático señaladamente adverso, enfrentando tropiezos recientes en los que habían mostrado un desempeño errático y mediocre y a pesar de estar condicionados por una estructura mercantil que impide su desarrollo pleno porque comienza a hacer negocio con ellos apenas destacan ligeramente, a pesar de todo eso los jugadores mexicanos exhibieron por lo menos cuatro atributos.

Los jugadores de la selección mexicana de futbol supieron jugar como equipo, lo hicieron con decisión, tuvieron madurez suficiente para aprovechar errores de sus adversarios y demostraron una calidad individual que no se sobrepuso al trabajo colectivo.

Esas, tendrían que ser cualidades que distinguieran siempre a nuestros futbolistas. Numerosos resultados y millares de horas de angustia frente al televisor o en el estadio, nos han enseñado que tal comportamiento no es frecuente. ¿Qué cambió ayer? Seguramente, antes que nada, la preparación con que llegaron al estadio de Los Gigantes de Nueva York y ese es mérito sobre todo de Javier Aguirre. Más días de concentración juntos y con posibilidades de entrenar hasta afinar la coordinación y los entendimientos que hacen a un equipo, deben haber influido. Quizá mayor sentido de la responsabilidad, que les permitió no ignorar pero tampoco dejarse avasallar por los tropiezos recientes. Seguramente algo habrá influido la fogosidad de decenas de miles de aficionados mexicanos o de origen mexicano que abarrotaron el estadio y que tuvieron, en el 5 a cero, una merecida gratificación a la convicción con que mantienen vigentes sus raíces nacionales.

Si en el primer tiempo vimos a dos equipos parejos, cuidándose con respeto uno del otro, con sus barreras defensivas bien plantadas y escasamente dispuestos a correr riesgos, en el segundo presenciamos, no sin asombro, el crecimiento de los mexicanos que era correlativo al apocamiento y la turbación de sus rivales.

Jugaron bien. Punto. La tragedia nacional en materia futbolística a menudo nos pesa más porque se encuentra matizada de pequeños y grandes triunfos después de los cuales nuestro equipo vuelve a tropezar. Ese no es motivo para no estar contentos este lunes. El jolgorio no debe hacernos olvidar que la prueba principal con el equipo al que nuestra selección le ganó ayer será el miércoles 12 de agosto, como parte del proceso para la clasificación rumbo al Mundial del año próximo en Sudáfrica. Desde luego, siempre es mejor llegar a un encuentro de esa índole precedidos de un 5 a cero como el de ayer.

Publicado en eje central

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