La democracia y sus riesgos

¿Corre algún riesgo la democracia en México?

La democracia siempre, en todas las circunstancias, experimenta riesgos. Máxime en situaciones como la mexicana, en donde tenemos una democracia joven, vital, en varios sentidos inexperta e insuficientemente consolidada. La democracia mexicana es sólida en el plano formal, que se manifiesta sobre todo en las elecciones. A diferencia del pasado reciente (antes de los años 90) hoy en día contamos con reglas e instituciones eficientes para organizar y verificar los resultados de las elecciones. Sin embargo los protagonistas esenciales del juego político, que son los partidos, no parecen estar suficientemente dispuestos a interiorizarse ni a comprometerse todo lo que hace falta con las prácticas y sobre todo los compromisos que la democracia supone e impone.

Los tres partidos nacionales padecen rezagos respecto de las prioridades democráticas. Acción Nacional, el partido en el gobierno, no ha sabido tomar distancia del presidente de la República del que se ha convertido, como en los viejos tiempos del autoritarismo presidencial mexicano, en comparsa más que en contrapeso; el PAN ha sido incapaz para renovar su estructura interna, mantiene un viejo discurso conservador que resulta cada vez más contradictorio con nuevas exigencias del país y con frecuencia cede a la tentación de cobijarse en viejos sectores corporativos que proverbialmente han sido refractarios a la democracia (los caciques sindicales, la jerarquía eclesiástica, los empresarios más poderosos).

El viejo PRI (Revolucionario Institucional) que gobernó México durante siete décadas, podría decirse que resurge de sus cenizas excepto porque nunca quedó del todo calcinado y aunque perdió la presidencia en 2000 mantuvo posiciones en gobiernos estatales y el parlamento que hoy le permiten ser la opción política con más posibilidades de ganar tanto las elecciones intermedias de 2009 como los comicios presidenciales que habrá tres años más tarde. Se trata de un partido incapaz pero además profundamente reacio a renovarse. En el PRI se mantienen las arcaicas prácticas que hicieron de la antidemocracia el alma de la cultura política mexicana durante tanto tiempo.

Y en lo que algunos consideran el flanco izquierdo, el Partido de la Revolución Democrática, PRD, vive escindido entre los dirigentes de vocación reformadora que ocupan la dirección nacional y los sectores de propensión clientelar, populista y patrimonialista que se identifican con el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador. Ambos sectores en el PRD se han forjado en la cultura política priista a la que no parecen estar dispuestos a renunciar.

Así que los riesgos para la democracia mexicana están enraizados en sus estructuras políticas. También los hay en los grupos de interés que en ocasiones adquieren tal influencia que se les ha podido denominar “poderes salvajes”: los medios de comunicación que permanecen mayoritariamente en manos de acaparadores y agresivos empresarios, por ejemplo.

La expresión más brutal de esos poderes salvajes se encuentra en la delincuencia organizada, que en México ha tenido un crecimiento inmenso debido a la negligencia de gobiernos anteriores, a las redes de complicidad y negocios que encuentra en toda la región (lo mismo al norte que al sur de nuestro país) y sobre todo debido a la impunidad que la corrupción y la debilidad del Estado ha favorecido a los grupos criminales.

Hoy en día, sin duda, la amenaza más grave no solo para la democracia sino para el Estado mexicano mismo se encuentra en el poder del narcotráfico cuyas vendettas internas y contra las corporaciones policiacas que lo persiguen han dejado varios miles de muertos en los meses recientes. Las dimensiones de esas venganzas y represalias dan idea de la extensión social y territorial que ha alcanzado el narcotráfico, pero también de una cierta eficacia inicial en el combate que el Estado ha emprendido contra esos grupos delincuenciales. Hoy en día la sociedad mexicana tiene miedo debido a la proliferación y al conocimiento que tenemos, gracias a los medios de comunicación, de los hechos criminales. Pero si el gobierno del presidente Felipe Calderón no hubiera incrementado notablemente la persecución al narcotráfico, la situación sería mucho peor aunque quizá no nos percataríamos de ella de manera tan dramática.

En diciembre del año pasado, el periodista español Txema Santana me envió un cuestionario sobre la situación política y los medios de comunicación en México. El texto anterior constituyó la primera de mis respuestas a esas preguntas.

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