Calderón, primeros obstáculos

Inercia o cambios, administración o transformación, renovación o resignación… las disyuntivas que presentó el presidente Calderón en el discurso del miércoles 2 de septiembre parecieran excluyentes, en una nueva versión del habitualmente antoinmolatorio “todo o nada” que deja tan escaso espacio a la construcción de acuerdos y que rehúyen los políticos en todas las latitudes.

El presidente Felipe Calderón busca todo lo contrario. Está urgido por entablar alianzas tanto en el mundo político como en el entramado social. Ha insistido en que, especialmente en las circunstancias creadas por la crisis económica y la recomposición política, son pocos los cambios de fondo que puede lograr.

En busca de tales acuerdos, presentó un panorama de apremios nacionales. “Es la hora de cambiar, y es la hora de cambiar a fondo”, insistió. “Es hora dejar atrás nuestros miedos y ponernos seria y profundamente a discutir aquello que tiene que cambiar a fondo y de lo que cada quien puede y debe aportar para que los cambios sucedan”, dijo delante de representantes o gobernantes de todos los partidos y de numerosas organizaciones de la sociedad.

Pero si esa exhortación conduce a nuevas cuan previsiblemente cansinas deliberaciones, será como si quedase en el vacío. Foros nacionales, espacios de consulta, peroratas parlamentarias y hasta campañas mediáticas acerca de los más variados temas, hemos conocido de sobra en los años recientes. Las opciones de cambio ya están definidas en prácticamente cada asunto de la agenda nacional. El presidente Calderón sin duda lo sabe, pero quizá hubiera sido poco delicado que se extendiera en la precisión de propuestas durante el discurso que ofreció antier en Palacio Nacional.

Los acuerdos difícilmente se construyen a partir de iniciativas ya terminadas, y posiblemente la necesidad de negociar detalles, y sin duda la incertidumbre acerca de las posiciones que habrán de asumir los partidos políticos, llevaron a Calderón a quedarse en el plano de la formulación general.

Aún así, el carácter perentorio de su convocatoria puede interesar e incluso entusiasmar a no pocos ciudadanos, porque siempre es preferible un presidente propositivo, echado para adelante y dispuesto a ser un líder para el cambio, a un gobernante abatido por circunstancias mucho más difíciles que las que pudo haber imaginado hace tres años y paralizado por la ausencia de alianzas políticas suficientemente eficaces.

Pero ese tono de apremio, que obedece a las condiciones del país, también puede alejar a las fuerzas políticas cuyo compromiso es necesario para muchos de los cambios que Calderón esbozó. Si no fue suficientemente persuasivo y si entre los legisladores y dirigentes del PRI y el PRD, pero incluso el PAN, no hay clara conciencia de la necesidad de acuerdos, las exhortaciones del presidente habrán quedado en una razonable pero infructuosa pieza oratoria.

De allí el riesgo del todo o nada. Los ciudadanos y los dirigentes políticos solamente estarán persuadidos de la urgencia de cambios profundos en la orientación de la economía, las prioridades de la educación, el combate al crimen o las reformas políticas, entre otros tema que apuntó, si comparten el diagnóstico de estancamiento y dificultades que Calderón describió someramente. Si no están convencidos de tales premuras, menos lo estarán para consentir a las medidas que propondrá el gobierno.

Los partidos y fuerzas y actores sociales que se negaran a tales transformaciones, padecerían algo o mucho de ofuscación para entender la situación actual del país e inscribirse en una oleada de cambios. Podrá decirse que actuarían con mezquindad. Y no sería sorprendente, en un panorama tan crispado como el que define a nuestra vida pública desde hace años. Habrá quienes, confundiendo al Estado con la fuerza que coyunturalmente lo encabeza, consideren que si admiten el llamado de Calderón para llegar a acuerdos estarán haciéndole el juego a un partido con el cual discrepan.

Ayer mismo se pudieron apreciar distintas posturas acerca del llamado del presidente. En la prensa de la ciudad de México, hubo periódicos como El Universal o Milenio que anunciaron en sus encabezados principales: “FCH: Las cosas no pueden seguir igual” y “Calderón lanza última llamada”. Esos titulares retratan la urgencia del llamado presidencial, independientemente del ánimo crítico que tales periódicos inviertan para analizarlo.

Otros medios impresos, desdeñaron la convocatoria de Calderón. Reforma dijo en su titular principal: “Taparía boquete recorte al gasto”, en un esfuerzo para imponer su agenda, y la agenda del núcleo más económicamente influyente de sus lectores y patrocinadores, en la discusión acerca de las propuestas del presidente. Justo al día siguiente de que Calderón dijo con toda puntualidad que “un Estado moderno requiere un sistema recaudatorio que garantice finanzas públicas sólidas”, Reforma propone –y no en cualquier nota sino en su encabezado principal– que basta que el gobierno ahorre para enfrentar todos sus compromisos con la sociedad y que no hacen falta incrementos fiscales. Se trata de una apreciación simplista, a contrapelo de la discusión internacional que en todas las latitudes está subrayando la pertinencia de incrementar impuestos para fortalecer las capacidades estatales respecto de cada economía nacional.

Un sesgo similar, no contra cualquier aumento de impuestos sino a propósito de uno de ellos, definió la posición de La Jornada también en su titular principal: “Slim: error, el IVA en comida y medicinas”. Quizá es una opinión interesante, pero no hay justificación periodística alguna para ubicarla como nota principal de un diario que se pretende nacional. Darle ese espacio al poderoso empresario por encima del mensaje presidencial más importante en mucho tiempo manifiesta una excesiva ideologización del trabajo periodístico.

Publicado en eje central

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