Cuál déficit queremos

Se le podría reprochar que haya demorado la mitad, casi, de su administración para proponer esas reformas. Se podría considerar que no es el mejor momento. Se les podrían enfrentar numerosos reparos y pesimismos. Pero los diez puntos para el cambio que ofreció el presidente Felipe Calderón el miércoles pasado, en el mensaje con motivo de su tercer informe, constituyen el eje de una política que podría ser diferente… si se cumple.

Como programa de un gobierno que reconoce la emergencia económica, la adversidad política y la exigencia histórica en la que se encuentra, la propuesta de Calderón resultó de un vigoroso afán renovador. De entrada, el eje de las preocupaciones del gobierno es la crisis económica y no el combate a la delincuencia. Admitir al combate a la pobreza como la prioridad social y nacional ha sido exigencia perseverante de las izquierdas y muletilla retórica del PRI. Así que, al menos de manera abierta, nadie se rehusará a incrementar el gasto social ni a la cobertura universal de los servicios de salud, que Calderón ofrece como medida de tal trascendencia que en ella finca el mejor festejo que se puede hacer del Bicentenario de la Independencia.

El problema, como es usual, no radica en el qué, sino en los cómos. En su alocución de Palacio Nacional el presidente cifró la viabilidad de esas reformas en el ensanchamiento de las finanzas públicas. El Estado necesita más dinero, precisamente ahora que los recursos escasean debido a la crisis internacional, la merma en los precios del petróleo y las contrahechuras históricas de nuestra economía. Más dinero para el Estado, significa antes que nada aumentos de impuestos. Y para ello no hay más que dos vías principales: incrementos parejos a todos los mexicanos, o impuestos selectivos que hagan pagar más a quienes tienen y ganan más.

Ese ha sido el dilema que ha mantenido estancada la política fiscal, en la aparente contradicción entre IVA e ISR: más impuestos al consumo o más gravámenes al ingreso. El aumento al IVA se ha convertido en tabú para los priistas, aunque en otras épocas eran los primeros en sugerirlo. Exprimir el ISR tiene la ventaja de que es ineludible para los causantes cautivos pero no obliga, y de allí su injusticia, a millones que están en la economía informal.

Encontrar una fórmula que haga pagar más a los que consumen más pero también a los que ganan más, reconociendo que las tasas fiscales en México nos parecen altas pero son menores a las de otros países desarrollados, es asunto de ingenio pero sobre todo de decisión política. Las opciones demasiado imaginativas pueden ser ineficientes, como sucedió ya con el oneroso, enredado y a final de cuentas limitado IETU.

La recaudación fiscal es una de las claves para fortalecer la capacidad financiera del Estado, pero no la única. Otra, se encuentra en el déficit público. La posibilidad de gastar más de lo que el país gana, ha sido abominada por quienes, independientemente de las siglas partidarias, han diseñado y ejecutado la política económica del gobierno. De la misma manera que en otros tiempos pudo haber existido una actitud irresponsable en los gobernantes que dilapidaban recursos sin hacerse cargo de la capacidad real de la economía, en fechas más recientes se extendió un prejuicio fundamentalista contra el manejo del déficit fiscal. Durante varias administraciones, la prioridad ha sido alcanzar una cuenta pública equilibrada aunque sea a costa de sacrificar la inversión para el desarrollo y el gasto social.

La realidad suele ser el mejor remedio contra los dogmas. Y actualmente no hay realidad económica más palmaria que la crisis internacional. La catástrofe reciente removió prejuicios incluso en los organismos y especialistas más ortodoxos. En la Casa Blanca, todavía con el aborrecible Mr. Bush, se reconoció que la única posibilidad para paliar los nuevos desajustes se encontraba en la intervención del Estado y en un manejo audaz del déficit público. Barack Obama ha desplegado una política de gasto y ajustes que desagrada a los economistas conservadores pero cuya pertinencia nadie regatea. El déficit de las finanzas estadounidenses quizá llegue al 14%.

En México, antes de septiembre el gobierno sugirió que el déficit se acercaría al 2%. Podría ser mayor, con candados para un manejo responsable pero siempre y cuando sirviera para respaldar una extensa e intensa política social. Una decisión así, tendría que ser tomada, de manera conjunta, por las principales fuerzas políticas del país. El déficit fiscal es preferible al déficit social.

Publicado en emeequis

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