Gritarle al presidente

Washington. Quizá haya sido en parte el calor ­­–persistente, aturdidor— que se desparrama sin tregua en estos días últimos del verano, pero cuando el representante republicano Joe Wilson le gritó al presidente Obama en plena sesión del Congreso, estaba expresando algo más que un desacuerdo momentáneo.

“¡Está mintiendo!”, dijo ese político de Carolina del Norte cuando el presidente de Estados Unidos explicaba su importante programa de salud pública. La propuesta de Barack Obama ha sido intensamente cuestionada y distorsionada por el ala conservadora de la política estadounidense que no es pequeña y que ha dejado de sentirse derrotada después del resultado electoral de hace casi un año.

Hace unos días, decenas de miles de airados ciudadanos llenaron las calles aledañas a la Casa Blanca para manifestarse contra Obama. La crisis económica, paliada por una urgente inyección de recursos públicos a las empresas con mayores dificultades, ocasionó un desempleo que ya tiene costos sociales y políticos. Esa irritación ha sido exacerbada por los predicadores de derechas que pululan en la radio y que todos los días, desde noviembre pasado cuando Obama ganó la elección, diseminan persistentes dosis de odio.

De allí a los shows en los canales de noticias y poco después a las calles, el discurso del odio ha transitado velozmente. En la manifestación en la Avenida Pennsylvania aparecieron carteles que mostraban a Obama vestido como dictador africano. Algunos más, desfiguraban el rostro del presidente para que se pareciera al Guasón de las películas de Batman; bajo esa caricatura aparecía una sola palabra: “Socialismo”.

La especie de que el presidente Obama está conduciendo a su país a un sistema distinto de la economía de mercado no se sostiene. Al contrario, quizá a la postre será reconocido como el gobernante que encabezó el salvamento de ese sistema económico en una de sus crisis más agudas. Pero en la murmuración cotidiana de una sociedad aturdida, hay tonterías que calan y que acentúan divisiones históricas.

En aquella concentración, a juzgar por los videos que se han presentado a diario en televisión, había muchos estadounidenses blancos pero no latinos o negros. Otras pancartas aclamaban al representante que vociferó delante de Obama: “Necesitamos más Joes Wilson”.

Por eso en estos días proliferó una hipótesis repetida en los medios de talante liberal y en declaraciones de varios políticos: si no fuera negro, al presidente Obama el representante Wilson no le hubiera gritado como lo hizo en el Capitolio. Así lo han sugerido, entre otros, el ex presidente James Carter y una nota de portada de The Washington Post. Uno y otro, no han hecho más que poner en blanco y negro (dicho sea sin racismo alguno) esa inquietud que pulula desde hace casi un año. La madurez de la sociedad estadounidense permitió que un político negro fuera candidato y ganara la elección presidencial. Pero la inmadurez de un segmento de esa sociedad no quiere asimilar dicha decisión y estaba esperando cualquier pretexto para sabotearla.

Se trata, sí, de una sociedad plural. Pero la impaciencia por juzgar a Obama como si estuviera a punto de cumplir su mandato presidencial y no apenas 8 meses desde que tomó posesión, enfatiza la necesidad para que haya decisiones eficaces y rápidas ante la tormenta económica. Y esa ansiedad es reflejo, también, del retintín mediático que acelera la percepción y el enjuiciamiento de las sociedades contemporáneas respecto de los asuntos públicos.

La misma sociedad que en noviembre pasado eligió a Obama como presidente, hoy le confiere sus 15 días de fama al irrespetuoso representante Joe Wilson que aunque se lo pidieron los dirigentes del Partido Republicano, se negó a ofrecer disculpas. El martes 15 por la noche, mientras los mexicanos se disponían a festejar la Independencia, la Cámara de Representantes aprobó una amonestación contra Wilson.

El exabrupto de ese legislador fue aprovechado para aguijonear el disgusto contra Obama pero además, en los dos partidos políticos fundamentales, fue cuestionado como expresión de incivilidad política. De allí las condenas, un tanto tardías, pero enfáticas contra Wilson.

Quizá en México no hubiera ocurrido lo mismo. En nuestro país, si alguien llega a gritarle al presidente también se vuelve personalidad mediática pero, además, es posible que lo hagan delegado en Iztapalapa.

Publicado en emeequis

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