Liquidar al SME, ¿para favorecer al PRI?

El Mexicano de Electricistas es el sindicato de industria más antiguo del país. Es –o era–, además, uno de los más democráticos, aunque con una concepción algo primitiva de la democracia.

En el SME a la democracia se le ha entendido, fundamentalmente, como ejercicio constante de participación en asambleas y votaciones. Todos los años, y en ocasiones varias veces al año, los miembros de ese sindicato tienen elecciones o toman decisiones que requieren de extensos ejercicios de votación. Sin embargo, en ocasiones allí se agota la democracia del SME. La fuerza gremial que mantiene, la tradición histórica que lo singulariza y la autoridad política que ejerce sobre otros sindicatos, el Mexicano de Electricistas los ha utilizado para desplegar posiciones contestatarias respecto de muy variados asuntos de la agenda nacional y para acumular prestaciones y privilegios que lo han vuelto notablemente oneroso para la Compañía de Luz.

Al primero de esos comportamientos, la actitud contestataria, los trabajadores del SME tienen pleno derecho aunque a menudo han confundido la participación sindical con la militancia política. La frontera entre ambas, en ocasiones se vuelve demasiado resbaladiza. Una cosa es tener un sindicato politizado, que se haga cargo del escenario nacional y de sus responsabilidades como parte de la sociedad, y otra que el sindicato sea instrumento de partidos o de movimientos expresamente políticos. Por lo general el SME, andando sobre esa línea divisoria, ha sabido mantener su independencia sindical.

El otro hábito, la acumulación de privilegios, no es culpa tanto del SME como del gobierno federal que ha consentido en el crecimiento de la plantilla laboral y de sus prestaciones de manera quizá irracional e ineficiente, con tal de ahorrarse enfrentamientos con el sindicato. Las muchas horas extras, los hartos días de descanso, el traspaso de plazas, la persistencia de zonas y catálogos de actividades que se volvieron intocables, pueden ser entendidas como expresión de éxito de un sindicato que ha cumplido con sus prioridades al menos en la concepción tradicional de las relaciones laborales: presionar, negociar, ganar. Y lo que el SME ha ganado en las décadas recientes no ha sido poco, en comparación con otros sindicatos.

Ese éxito laboral, el Mexicano de Electricistas no ha sabido, o no ha querido, acompañarlo de una actitud razonable hacia la empresa. Puesta en liquidación, es decir en condiciones por definición inestables desde hace décadas, la Compañía de Luz y Fuerza ha requerido de un creciente subsidio que este año llegará a 42 mil millones de pesos. Ese desembolso se debe al mal estado de las líneas y a la deficiente administración de la empresa, a la disparidad de la demanda sobre la oferta de fluido eléctrico y al robo de electricidad en todo el Valle de México, entre otras circunstancias. Pero frente a ese desembolso las prestaciones de los trabajadores, que además suelen mostrar una grosera desfachatez y una palmaria ineficiencia (sobre todo en las oficinas de atención al público) cuando se requieren sus servicios, ofrecen un contraste indecoroso.

Ahora, al parecer, el SME fue pillado en falta y el gobierno federal no ha querido desaprovechar la ocasión, aunque todavía no queda claro para qué. Las irregularidades que según la Secretaría del Trabajo hubo en la reciente elección, son para avergonzar en cualquier sindicato. Mucho más en una organización con la tradición, el discurso y las prácticas abiertas que ha tenido –o había tenido– el Mexicano de Electricistas.

En vez de clamar que se trata de una conspiración para debilitarlo –en una cantinela que se parece demasiado a la de quien hace tres años, con la simpatía de grupos como el SME, dijo sin pruebas que le habían robado las elecciones presidenciales– el secretario general, Martín Esparza, podría ofrecer evidencias de que realmente cuenta con la mayoría entre sus representados.

La toma de nota y el registro oficial de los sindicatos son rémoras de una legislación atrasada, que no ha sido actualizada entre otros motivos debido a la oposición de muchos sindicatos. Pero mientras existan, el gobierno tiene derecho a utilizar esos recursos legales, así sea con discrecionalidad como se ha denunciado que se hace contra el SME y no en el caso de otras organizaciones gremiales. Si al tener un proceso electoral repleto de irregularidades el SME dio pie a la intervención del gobierno, la solución a esta crisis podría ser la realización de una nueva elección.

Pero lo que el gobierno del presidente Felipe Calderón está buscando no es garantizar la democracia sindical sino debilitar al SME. Aún es incierto si, con ello, pretende modificar drásticamente la situación administrativa de la Compañía de Luz, liquidándola de una vez por todas y/o integrándola a la Comisión Federal de Electricidad. En todo caso, al gobierno pero también a los usuarios nos convendría hacer cuentas para determinar si realmente es eso lo que nos conviene.

El SME es costoso, y en muchos sentidos estorboso para la modernización eléctrica. Pero pensar que esa renovación se puede hacer sin los trabajadores, puede ser un suicidio para la industria. Por otro lado, si sus empleados fuesen liquidados para que la Compañía de Luz se integrara a la CFE, las ganancias de toda esa operación serían antes que nada para el Sindicato Único de Trabajadores Electricistas, el SUTERM, que es una de las organizaciones más autoritarias y conservadoras en el sindicalismo mexicano.

Quizá no sale sobrando recordar que el SUTERM desde siempre ha formado filas en el PRI, en tanto que el SME tiene claras simpatías con las izquierdas. Así que liquidar la Compañía de Luz y asignarle sus áreas de trabajo a la CFE, independientemente de las consecuencias técnicas que pudiera tener significaría un nuevo éxito para el Revolucionario Institucional, gracias a una estrategia quizá no del todo meditada por el presidente Calderón y su secretario del Trabajo.

Publicado en eje central

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