Polarización

Las movilizaciones propician el rostro más beligerante del SME, un sindicato que nunca ha sido tímido para expresarse. Ahora que se juega su sobrevivencia es de lo más normal –aunque se traduzca en abusos y exasperaciones– que el Mexicano de Electricistas convoque a paros, bloquee las calles, exprima tanto como sea posible una solidaridad que tampoco es precisamente abundante.

Ni pasará mucho tiempo para que sepamos si las actividades callejeras de antier, miércoles 14 de noviembre, fueron un momento más en una ruta ascendente o constituyeron la cresta en la curva de la capacidad del SME para tener presencia pública. Más allá del siempre escurridizo litigio entre las decenas de miles de manifestantes que convocaron, pareciera estar clara la convicción de quienes acudieron a esas marchas en que el SME está siendo víctima de una injusticia que condensa muchas otras inequidades políticas. Pero esos convencidos serán cada día menos porque es difícil mantener la tensión a favor de una causa específica que no renueva sus banderas.

Por eso el SME, conscientemente o no, ha pasado de la reivindicación gremial, a la aglomeración de causas muy diversas. El problema con esa estrategia radica en que el sindicato seguirá siendo el eje, pero sus exigencias específicas tenderán a difuminarse entre causas y exigencias de lo más variadas.

El SME y sus simpatizantes han construido un enemigo común y ese no es otro que el presidente de la República. Lo satirizan en su propaganda, lo culpan de sus vicisitudes actuales –y en ello tienen razón– y sobre todo lo hacen destinatario de un reclamo aventurado y maximalista. Si el adversario es Calderón, el movimiento que encabezan los electricistas tendrá que llegar a plantearse banderas específicamente políticas que desplazarán a las de corte laboral. Es difícil que duren, movilizados, el tiempo necesario para que tales exigencias fuesen realmente importantes.

Se puede discrepar con el diagnóstico mecánico y tremendista que anima a los electricistas en esta fase, convencidos como están de que el gobierno federal puso en práctica con ellos una suerte de ensayo general de un proceso de privatizaciones que si nadie le pone el alto habrá de continuar para desgracia de la nación. Pero repiten tanto esa cantinela que, por lo demás, se ajusta tan bien a la adversidad laboral que están padeciendo, que no resulta extraño que se la crean a pie juntillas.

Los trabajadores electricistas y sus simpatizantes han articulado un discurso que los legitime, a la vez que les ofrezca una explicación completa para la embestida que sufren desde hace más de un mes. Solamente con un aguzado ánimo crítico, que los movimientos sociales de esa índole no suelen tener, los electricistas podrían reconocer que, más allá de la ojeriza que les tienen en el gobierno federal, ellos mismos contribuyeron a fraguar esta enfadosa situación. Sin un gremio que se ha beneficiado de más privilegios de los que suelen disfrutar los trabajadores, sindicalizados o no; sin un servicio de energía eléctrica deficiente y oneroso; sobre todo sin una imagen de irresponsabilidad y desidia como la que los electricistas del SME dejaron que se extendiera durante varios años, el presidente Felipe Calderón no habría tenido un contexto propicio para dar el golpe de mano del 10 de octubre contra Luz y Fuerza y su sindicato.

Por supuesto los electricistas no han tenido toda la culpa en esa situación. La crisis de la industria eléctrica no se debe a ellos sino, fundamentalmente, a la imprevisión y la improvisación del Estado respecto de ese sector. Las conductas abusivas seguramente no las cometían todos los trabajadores, pero las arbitrariedades de algunos han sido más notorias que los méritos de otros. El sindicato ha tenido prestaciones privilegiadas, es cierto, pero eso se ha debido antes que nada a la complacencia que durante varios gobiernos encontraron en la administración federal.

A esos trabajadores les cuesta mucho admitir tales errores. El discurso que mantienen hoy en día es de autojustificación respecto de ellos mismos, así como de antagonismo respecto del gobierno que los ha dejado sin empleo. El presidente Calderón es, en ese razonamiento, el culpable de una arbitrariedad desmedida. El golpe que el sindicato ha recibido es tan contundente que solamente se le puede atribuir a fuerzas tan colosales como funestas. La extinción de Luz y Fuerza viene a ser, en ese desarrollo argumentativo, un paso fundamental dentro de una agresión oligárquica y antipopular de gran escala.

El presidente Calderón y su administración se han ganado en estos días, prácticamente a pulso, una fama de dureza e intransigencia que en los primeros días después de la extinción de Luz y Fuerza parecía otorgarles dividendos políticos –medidos, al menos, en el aplauso mediático y en el barómetro que ofrecieron las encuestas– pero que no se han mantenido.

El perfil del gobierno delante de la sociedad está definido por numerosas influencias y episodios. El manejo de la crisis económica y especialmente la negociación fiscal han resultado desastrosos para la imagen de eficiencia y habilidad políticas que en algún momento tuvo Calderón. La rechifla que recibió el miércoles por la noche en el estadio de futbol del Santos, en Torreón, no se puede adjudicar a un solo motivo pero quizá en ella ha tenido algo que ver el manejo gubernamental de la ofensiva contra el SME.

Se pueden tener buenas razones para cerrar una empresa pública. Pero dejar en la calle a más de 40 mil trabajadores de la noche a la mañana siempre tendrá costos políticos, por atractivas que sean las indemnizaciones que se les ofrecen. La chamba, Perogrullo dixit, es la chamba.

Así polarizadas, es difícil encontrar espacios de negociación entre las fuerzas que se enfrentan en este conflicto. Tanto el SME como el gobierno han apostado todo, o nada. No sería difícil que ambos se queden con nada.

Publicado en eje central

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