Calderón piensa en su futuro y olvida el presente

Las cifras macroeconómicas parecen mejorar, pero la sociedad se vuelve más arisca respecto del gobierno. La confianza en la capacidad del presidente Calderón para enfrentar la crisis económica y los desajustes políticos ha decrecido de manera apreciable. Los ciudadanos que desaprueban el desempeño del presidente aumentaron, entre agosto y noviembre, de 37% a 46% de acuerdo con la encuesta de Investigaciones Sociales Aplicadas (ISA) para el Grupo de Economistas y Asociados.

Cuando a los ciudadanos les preguntan si la situación económica actual es resultado de las condiciones de la economía mundial o de las decisiones del gobierno, la mitad (exactamente el 50%) considera que los problemas actuales se deben al gobierno. Hace tres meses, solamente el 39% atribuía este panorama al comportamiento gubernamental. La gente identifica cada vez más a la conducción presidencial con las vicisitudes económicas cotidianas y allí hay un cambio en comparación con la confianza mayoritaria que la sociedad le había dispensado al gobierno del presidente Felipe Calderón.

En varias entrevistas con motivo de la primera mitad de su sexenio, que se cumplirá el martes, el presidente de la República sugiere que no le gustaría ser recordado como un mandatario gris, ni ineficiente. Lamentablemente, no solo para el registro histórico de esta gestión sino antes que nada para el país, Calderón se ha comportado como si quisiera ser etiquetado como un mal presidente.

El gobierno bajo su conducción ha tomado determinaciones económicas desafortunadas, como con atingencia recordó el premio Nobel Joseph Stiglitz, al cuestionar indecisiones como las que han dejado prácticamente sin regulación al poderoso y en muchos sentidos impune sistema financiero que se encuentra en manos privadas. La respuesta gubernamental fue torpe y simplista. Algún secretario de Estado mandó al premiado economista a que se pusiera a estudiar. El presidente mismo, quiso minimizar esas críticas. En materia económica, igual que en otras asignaturas, Calderón y sus colaboradores más cercanos han querido ser indiferentes a las voces críticas que le sugieren cambios drásticos tanto en la política económica como en otras áreas de la vida pública.

La indiferencia del gobierno a posturas que no coinciden con su rigidez conceptual ni con las estrechas miras con las que está adoptando decisiones, coincide con la prematura ambición para “no pasar como un presidente más”. A todo gobernante le interesa el sitio que ocupará en la memoria de sus gobernados. Pero a Calderón se le olvida que la mejor (realmente la única) manera de construir su propia historia, consiste en tomar decisiones atinadas… sin temer las consecuencias presentes o históricas que puedan tener.

Un gobernante con presencia en el destino de un país tiene que ser un estadista. Y no hay visión de Estado cuando las perspectivas de los gobernantes se agotan en el calendario de un solo año, o cuando están hipotecadas a los indicadores de popularidad en las encuestas o a los aplausos efímeros y siempre interesados de los consorcios comunicacionales.

El presidente Calderón no ha podido o no ha querido entender que, más allá del juicio del futuro, tiene responsabilidades que no está cumpliendo hoy por querer congraciarse con los poderes fácticos que constituyen los conglomerados empresariales, entre ellos los que negocian con la comunicación social.

Cuando, en semanas recientes, manifestó la molestia que le causan la evasión y la simulación fiscales de algunas de tales empresas, Calderón confirmó que no ignora la existencia, ni las consecuencias de esos comportamientos corporativos. Pero cuando ese reclamo ciertamente estruendoso se quedó en el plano simplemente retórico y tanto el presidente de la República como su partido político y sus aliados aprobaron reglas fiscales que siguen admitiendo muchos de los incumplimientos empresariales en el pago de impuestos y que, sobre todo, no modificaron el esquema de recaudación que elude gravar el ingreso y apunta fundamentalmente al consumo, Calderón y los suyos siguieron siendo cómplices de los abusos que él mismo denuncia.

Por eso los compromisos del presidente para combatir la pobreza y emprender un esfuerzo realmente significativo en esa línea durante la inminente segunda mitad de su gobierno, suscitan más dudas que adhesiones. No podría ser de otra manera, cuando a la enjundia retórica del presidente le siguen faltando proyectos precisos y, sobre todo, decisiones prácticas. Es muy pertinente, plausible incluso, que el presidente Calderón afirme que “la superación de la pobreza es el mayor reto de nuestra generación y constituye ahora la primera prioridad del gobierno federal”, como dijo el miércoles 25 de noviembre en un encuentro, precisamente, sobre la pobreza extrema. Pero cuando anuncia que “es hora de enderezar el rumbo social del país y ofrecer y comprometernos a soluciones de fondo, radicales, para combatir la pobreza y la desigualdad”, para los ciudadanos es tiempo de exigir algo más que discursos y palabras. Hace falta que el presidente diga y, sobre todo, haga para remediar la desigualdad social. Y al licenciado Calderón, lamentablemente, le cuesta enorme trabajo pasar del dicho, al hecho.

Publicado en eje central

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