“Juanito”, trampa y componendas

No es Juanito quien ha puesto en un brete al PRD y al gobierno de la ciudad de México. El conflicto político en Iztapalapa lo crearon los dirigentes y las corrientes de ese partido que consideraron que podrían cooptar sin consecuencias a ese charlatán personaje, el movimiento lopez obradorista que antes de las elecciones de julio creó y luego quiso relegar a ese fantoche político, así como las autoridades del DF que únicamente sosegaron pero no resolvieron las inagotables ansias protagónicas y de poder político de Rafael Acosta.

La hasta ahora interminable penitencia que les está haciendo pagar a quienes cometieron el error de considerarlo manipulable, o confiable incluso, a Juanito le reditúa una nueva aunque posiblemente contraproducente presencia pública. A estas alturas del diferendo en Iztapalapa nadie considera q       que es un personaje representativo de las preocupaciones populares. Acosta no sería nada en la vida política de no ser por la costumbre de las componendas que prevalece tanto en los partidos como en el gobierno de la ciudad de México –que, en tal sentido, no se distingue de las prácticas que imperan también en la clase política nacional–.

Puesto en el candelero electoral para oponerse a la candidata postulada por el PRD, Rafael Acosta le prometió a López Obrador una fidelidad que se quebró al día siguiente de las elecciones, cuando confirmó que había ganado la Delegación. Más tarde rompió también sus compromisos con Marcelo Ebrard y Clara Brugada, a la que accedió dejar en su sitio aún no se sabe a cambio de qué prebendas que por lo visto le parecieron insuficientes.

Los diputados locales del PRD, que se dividen entre quienes siguen considerando punto de referencia a López Obrador y aquellos que se ciñen al liderazgo nacional de ese partido, evalúan ahora la posibilidad de remover a Rafael Acosta del cargo delegacional que ganó con el voto mayoritario en Iztapalapa y para el que evidentemente le falta experiencia, aunque eso ya lo sabían quienes lo llevaron a esa posición suponiendo que se la cedería a Brugada. Algunos de ellos dijeron ayer que lo destituirán, medida que pondría en evidencia el talante autoritario de ese partido pero que, además, no tiene suficientes asideros legales.

El Estatuto de Gobierno del Distrito Federal prevé la posibilidad de que la Asamblea Legislativa destituya a un delegado por “causas graves”. Esos motivos se encuentran establecidos en el Artículo 108: violaciones sistemáticas a la Constitución o a las leyes locales y federales, contravenir “de manera grave y sistemática” reglamentos y acuerdos del Jefe de Gobierno del Distrito Federal, alterar el funcionamiento de la administración del DF o el orden público, desempeñar cualquier empleo distinto del encargo para el que fue electo, invadir la esfera de competencia del gobierno del DF, incumplir sistemáticamente resoluciones de los órganos jurisdiccionales Federales o del Distrito Federal, afectar “gravemente” las relaciones de la Delegación con el Jefe de Gobierno o de éste con los Poderes de la Unión.

En esas causas de destitución destaca la subordinación de los delegados que, pese a ser funcionarios de elección popular, deben guardarle un acatamiento casi reverencial al Jefe de Gobierno de la ciudad de México. Pero en ninguna de ellas se puede identificar una conducta en la que haya incurrido Rafael Acosta.

A Juanito se le pueden reprochar el oportunismo rampante, la pobreza de escrúpulos, su trayectoria salpicada de simulaciones y chantajes, su mal gusto tanto en los terrenos de la ética como de la estética. Eso y más. Pero nada de ello es falta grave de acuerdo con las previsiones del Estatuto de Gobierno.

Además para resolver la destitución de un delegado la Asamblea del DF, de acuerdo con el Artículo 42 del Estatuto, se tiene que reunir “el voto de las dos terceras partes de los miembros integrantes de la Legislatura”. Y todo ello, “siempre y cuando el Jefe Delegacional haya tenido oportunidad suficiente para rendir las pruebas y hacer los alegatos que a su juicio convengan”.

De los 66 miembros de la Asamblea, 34 son miembros del PRD y 5, del PT. Suponiendo que todos los perredistas postergaran sus abundantes diferencias para hacer causa común contra el incómodo Juanito, reunirían 39 votos junto con sus otrora aliados del Partido del Trabajo. Y no les alcanzan.

Para tener dos tercios, los impugnadores a Juanito tendrían que ser 44. Es decir, se requeriría de la anuencia de algunos de los 14 panistas, 8 priistas, 4 miembros del PVEM o de la diputada que fue electa bajo las siglas de Nueva Alianza.

Y aún si juntaran esos 44 votos indispensables para remover al delegado en Iztapalapa, los impugnadores de Rafael Acosta se crearían una trampa política. Imaginemos a Juanito defendiendo su causa en la tribuna de la Asamblea Legislativa: cantinflismos desbordantes pero mediáticamente eficaces, acusaciones contradictorias que no admitirían un examen razonado pero que abundarían en la confusión de los ciudadanos y el descrédito de partidos y gobernantes, auto exaltación en vivo y cadena quizá nacional.

No hay remedio con Juanito, a menos que el día de hoy, como hizo hace dos meses, Marcelo Ebrard lo convenza con ofrecimientos o amagos sobre los que han abundado las especulaciones. O a menos que, ni modo, el PRD y el Jefe de Gobierno dejen a Rafael Acosta administrar la delegación. Serían días o semanas conflictivas para Iztapalapa pero, entonces sí, es altamente posible suponer que Juanito no tardaría en incurrir en una o varias causas para que lo destituyeran con todas las de la ley.

Publicado en eje central

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