Segunda vuelta, ¿suicidio del PAN?

La segunda vuelta electoral que propone el presidente Calderón, podría significar el suicidio político del PAN.

Los motivos del presidente en la propuesta de reformas para el sistema político que presentó el martes pasado, parecen estar más sustentados en la búsqueda de reconocimiento mediático que en una restructuración seria de los poderes que conforman al Estado en nuestro país.

Una segunda vuelta en la elección presidencial permitiría que el titular del Ejecutivo Federal contara con la adhesión expresa de la mayor parte de los ciudadanos que asistieran a los comicios. Quienes con frecuencia cuestionan la insuficiente “legitimidad” de los gobernantes que no obtienen más del 50% de los votos, encontrarían satisfacción a esa inquietud.

Sin embargo la segunda vuelta puede ser respuesta a un problema inexistente. A todos nos interesa que nuestros gobernantes cuenten con la mayor adhesión social que sea posible. Y en un sistema político estructurado fundamentalmente en tres grandes formaciones partidarias, es prácticamente imposible que el presidente reciba más de la mitad de los votos en una elección. Aunque las preferencias de los electores no se dividen exactamente entre tres porque cada uno de los partidos principales tiene altibajos en el respaldo de los ciudadanos, cada uno de ellos recibe suficientes votos para restarles varias decenas de puntos porcentuales a los otros dos.

Así, en el panorama actual el PRI y el PAN obtienen alrededor del 35% de los votos cada uno, el PRD aproximadamente el 20% y el restante 10% de distribuye entre los partidos pequeños. Esos porcentajes varían de una elección a otra pero tienden a equilibrarse entre sí. En una segunda vuelta en donde solamente compitieran los dos candidatos presidenciales con más sufragios, los electores del tercer partido y de los pequeños tendrían que realinearse. Estarían obligados a un reacomodo de alianzas, pero siempre con la única perspectiva de remontar la nueva barrera electoral que sería esa segunda vuelta.

Los promotores de esa opción, sostienen que en una segunda vuelta los partidos se ven obligados a pactar y a conformar dos grandes bloques. En la iniciativa del presidente Calderón ese afán es tan claro que, incluso, se propone que la elección del Congreso sea en la fecha de la segunda vuelta para que en esa votación se expresen tales alianzas.

La política siempre consiste en acuerdos. Pero los compromisos más sólidos ocurren cuando descansan en perspectivas comunes, a partir de coincidencias programáticas. Una alianza concertada únicamente para ganar en una segunda vuelta electoral puede resultar artificial y fallida. Y si ese juego de pactos fructifica en formaciones parlamentarias estables, una de sus consecuencias sería la conformación de dos grandes bloques prácticamente únicos en el Congreso de la Unión. La diversidad que a pesar de los enormes defectos de los actuales partidos tiene hoy el Poder Legislativo e incluso la presencia del tercer partido que no competiría en la segunda vuelta de la elección presidencial, tenderían a diluirse.

Quienes sostienen que un presidente electo solamente con treinta y tantos por ciento de la votación nacional no cuenta con legitimidad suficiente, habitualmente soslayan que la soberanía del Ejecutivo Federal radica en los votos que han sido emitidos en una elección legal. Desdeñar la legalidad por atender solamente a una peregrina noción de “legitimidad” puede conducirnos a mayores errores en la apreciación del sistema político.

¿Necesita el Poder Ejecutivo de un respaldo de votos claramente mayoritario? ¿Gobierna más, o gobierna mejor, un presidente con el 53% que otro que solamente ha obtenido, por ejemplo, el 38%? ¿Tiene más capacidad para que sus decisiones sean acatadas, alcanzará mayor autoridad, se le respetará y reconocerá con mayor decisión si ha rebasado la barrera de la mitad más uno de los votos? A la luz de la experiencia mexicana e internacional, es imposible responder tajantemente que sí a esas preguntas. Los votos sirven para llegar al gobierno. Y una vez allí el aplauso o el desdén de los ciudadanos se ganan a partir de omisiones y determinaciones específicas.

El problema del presidente mexicano no es de insuficiencia de votos, sino de incapacidad para tomar y propiciar decisiones. Y uno de los factores esenciales que suscitan esa debilidad es la heterogeneidad del Congreso en donde no hay acuerdos suficientes –o no hay incentivos para ellos como dirían los partidarios del convenencierismo político– salvo de manera esporádica.

En una segunda vuelta, los dos ganadores en la primera oportunidad se disputan los votos de los candidatos y partidos que no llegaron a ese momento del proceso electoral. En el sistema mexicano actual, se trataría fundamentalmente de los votos del partido que hubiese quedado en tercer sitio. En las elecciones de 2000, ese partido hubiera sido el PRD y en las de 2006, el PRI. En los comicios de 2012, si las tendencias actuales se mantienen, los dos partidos con más votos serán PRI y PAN y en el tercer sitio se quedará el PRD.

En los tres casos, el PAN tendría que enfrentarse al PRI o al PRD. ¿Por cuál de las dos candidaturas vigentes en una segunda vuelta se inclinarían los votantes del PRI si esas opciones fueran PAN o PRD? O ¿a quién respaldarían los adherentes del PRD si en la segunda vuelta tuviesen que votar por PAN o PRI?

El PRD y el PRI se parecen tanto –en sus orígenes políticos, en sus convicciones pero también sus dislates ideológicos, en el clientelismo frecuente y en las estructuras corporativas– que no hace falta demasiado esfuerzo para suponer que sus votantes encontrarían más afinidad mutua que con el PAN.

Así que en una segunda vuelta, teniendo como rival al PRI por ejemplo, Acción Nacional sucumbiría ante una alianza de priistas y perredistas que, después de todo, no son tan diferentes.

Publicado en eje central

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