El método Harrison Ford

Con llaneza y sentido del humor, el actor Harrison Ford asegura que para no sentir el paso del tiempo ha ido quitando los espejos que tiene en su casa. El protagonista de más de 60 películas, cumplirá en julio 68 años de edad y está preparándose para representar de nuevo a Indiana Jones. La idea de prescindir de los espejos no parece mala, siempre y cuando aquel que la practique tenga plena conciencia de esa intencional negación de la realidad.

Al retirar los espejos dejamos de vernos a nosotros mismos, que es una manera elegante y menos riesgosa de andar por la casa, o por el mundo, sin cerrar los ojos para no mirar nuestros defectos. En una persona el paso del tiempo es, como reza el lugar común, implacable. Pero la apreciación que tenemos de nosotros mismos no siempre es tan honesta o tan claridosa como la que nos ofrece el espejo. Por eso hay quienes desvían la vista por la mañana cuando se afeitan o se maquillan, de la misma manera que la costumbre de mirarnos a diario es tan rutinaria que pocas veces advertimos de qué manera nuestro rostro cambia, junto con nosotros.

Allá con su autoestima artificial quienes cubran los espejos para no tropezarse con su propia realidad. Después de cierta edad cada quien es responsable de su propio rostro, dice una máxima atribuida al hoy multicelebrado Albert Camus. Así que esconderse del espejo no sirve más que para hacerse tonto. Y si ese autoengaño es cuestionable en las personas, tratándose de asuntos y personajes públicos puede llegar a ser una expresión de necedad o de impericia.

En México el método de Mr. Harrison Ford –sin que el protagonista de Frantic tenga culpa alguna– parece haberse extendido por los más variados intersticios de nuestra clase política. A los políticos mexicanos les gusta prescindir de los espejos que reflejan su realidad y cada vez que puedan miran hacia otro lado, o incluso o niegan lo que advierten en ellos.

Todavía hoy, a pesar del desarrollo político que presuntamente hemos experimentado, todas las dependencias públicas gastan dinero en publicidad que ensalza las obras y declaraciones de los funcionarios que las encabezan. El dispendio en propaganda sigue siendo uno de los mecanismos que limitan la libertad en los medios de comunicación pero, sobre todo, una fuente de derroche financiero que no tiene justificación alguna.

Y así como gasta para colocar falsos espejos mediáticos que muestran una imagen indulgente pero embustera por parcial, el poder político abomina los reflejos críticos. El presidente Felipe Calderón con frecuencia ofrece muestras de esa intolerancia un tanto pueril que niega la realidad como si haciendo caso omiso de ella desaparecieran las circunstancias que la originan.

Cuando exhorta a los embajadores y cónsules mexicanos para que hablen bien del país, les impone una misión poco menos que imposible. Sólo a costa de resultar ingenuos y perder credibilidad, los diplomáticos mexicanos pueden hacer caso omiso de la compleja y con frecuencia desfavorable realidad de un país cruzado por agobios que todos conocemos.

Cuando con notorio resentimiento le reprocha a Carlos Slim que hace un año haya pronosticado la caída de empleos que traería la nueva crisis financiera, el presidente Calderón se afana para imponer el diagnóstico optimista con que pretende que miremos la situación económica del país.

Cuando, por instrucciones presidenciales, el secretario Fernando Gómez Mont califica como “infantiles” las declaraciones del líder priista en el Senado que reprochó la falta de atención del presidente Calderón al trabajo del Congreso, el gobierno insiste en crear una cortina de reflejos complacidos y risueños. La escaramuza declarativa con la que Manlio Fabio Beltrones comenzó tan fallidamente el año, empeñado en soslayar la responsabilidad del Poder Legislativo en el aumento a las gasolinas, fue igualmente lamentable.

Los medios de comunicación podrían constituir los espejos más fieles, eficaces por veraces, si cumplieran con su función más elemental que consiste en retratar la realidad. Pero con mucha frecuencia los medios cargan las tintas, destacando los ángulos más escandalosos de cada acontecimiento; buscan en la realidad no las circunstancias que es preciso difundir y explicar sino meros pretextos para impresionar a sus audiencias. En esos casos, los reflejos mediáticos de la realidad son como los que causan asombro y nerviosismo en las casas de los espejos que hay en las ferias. Allí a la realidad se le distorsiona, achicándola o ensanchándola. Todos se divierten, contemplando esas imágenes que los desfiguran.

Nos faltan espejos, bien bruñidos y sinceros. Pero antes que nada falta voluntad para mirarnos con transparencia y autocrítica. Espejos para nuestros políticos: he allí una modesta sugerencia para acompañar el Bicentenario.

Publicado en eje central

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