Retorno de ¿cuál PRI?

En rigor, no se puede hablar de regreso del PRI porque ese partido nunca dejó de estar ausente aunque no controlase la presidencia de la República. Aún desplazados de Los Pinos, los priistas tuvieron suficiente ambición, ánimo y apoyos para conservar la mitad o más de los gobiernos estatales, una porción siempre significativa del Congreso y la mayoría de los ayuntamientos aunque no siempre en las ciudades más pobladas.

Cartón de Magú, publicado en La Jornada

El PRI nunca se fue del panorama político mexicano porque se encuentra demasiado ensamblado con él. Padecemos una cultura política del convenencierismo, más asentada en el clientelismo que en las convicciones, más populista que democrática. Se trata de una cultura política priista que desborda las filas de ese partido y que se ha reproducido por los intersticios más variados de la sociedad mexicana. Corrupción, componendas y corporativismo autoritario, forman parte de esa cultura política que sigue otorgando certezas a buena parte de la población mexicana.

Esa cultura política, que nunca se ha ido de nuestra vida ciudadana, circula en todos los partidos. Surgido de una disputa priista, el PRD cultivó los vicios más notorios de esa (in) cultura política hasta que no hubo diferencia significativa alguna entre el priismo de unos y otros. O quizá sí, reiterando aquella máxima que recuerda los desfiguros que transitan de la tragedia, a la comedia. “Juanito”, el de Iztapalapa, es parodia no de la izquierda que alguna vez pudo identificarse en el PRD sino de la más vulgar desfachatez priista. En esa escuela, no en balde, se formó López Obrador.

Priismo también hay en el PAN. El pragmatismo artificiosamente mostrado como táctica política, la abdicación de los principios cívicos en aras del lucro coyuntural, la supeditación a poderes fácticos como los que encarnan en las televisoras y el sindicalismo magisterial, son expresiones de ese priismo que rige en las decisiones del gobierno federal y su partido. Castigado por los ciudadanos en las recientes elecciones y con un creciente déficit tanto en las urnas como en las encuestas, el presidente Calderón está condenado a pactar con el PRI realmente existente, el de Beatriz Paredes, Manlio Fabio Beltrones y Enrique Peña Nieto, personajes todos ellos que se benefician de errores y limitaciones del gobierno.

A lo que regresará el PRI si no hay una alteración brusca en las tendencias electorales, es a la Presidencia de la República. Pero de la misma manera que es pertinente recordar que ese partido nunca se alejó del escenario mexicano, también podemos preguntarnos cuál PRI es el que retornaría a Los Pinos.

El que acaparó durante el gobierno federal durante más de siete décadas era un partido de ideología y práctica estatistas, respaldado en un entramado forzosamente corporativo, con una concentración de poder que confluía en un presidencialismo totémico, con principios laicos y una constante reivindicación del sector público. Autoritarismo y antidemocracia, fueron de la mano con la creación y el mantenimiento de consensos merced a mecanismos clientelares que le permitían al PRI reavivar su relación con la sociedad.

El que se afana ahora por afianzar posiciones de poder, comenzando por la docena de gubernaturas que se disputan este año, es un PRI desnaturalizado respecto de su perfil histórico. Los dirigentes priistas prefieren esconder el discurso nacionalista y no saben qué hacer con la fuerza del Estado como factor de orientación de la economía. Sus soportes en la sociedad y especialmente en los sindicatos son prácticamente inexistentes tanto debido a la virtual extinción del sindicalismo cetemista como al éxodo de gremios como el de los maestros rumbo a otras referencias partidarias.

EL PRI nunca supo tener una política de comunicación social pero ahora se encuentra en manos de las televisoras, por cuyo beneplácito rivalizan sus dirigentes. Beltrones se desempeña como agente legislativo de los consorcios mediáticos. Peña Nieto, carente de perfil y discurso propios, no se muestra más que como polichinela de Televisa.

Beatriz Paredes, mientras tanto, promueve el viraje respecto del laicismo priista en las políticas públicas al favorecer las contrarreformas en las legislaciones de los estados que penalizan el aborto. La complacencia de la cúpula eclesiástica le ha interesado más que los derechos de las mujeres.   Aliada con personajes insospechables de progresismo alguno como el gobernador veracruzano Fidel Herrera, la presidenta nacional del PRI define así el nuevo perfil de un partido más conservador, más distante de la sociedad y, por ello, más autoritario que antes.

Publicado en emeequis

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