Antipriismo, ideologías y pastelazos

Simpatizante de esos acuerdos, el senador Santiago Creel consideró ayer que en las alianzas que buscan el PAN y el PRD, “hay ideología, no es pragmatismo”. La frase puede ser atractiva. Pero después de ella, el destacado senador panista nos queda debiendo una explicación que no podría resolverse en unas cuantas palabras.

¿Cuál ideología? ¿La de aquellos que en el PRD se oponen a la reforma fiscal que ha propuesto el gobierno del PAN? ¿La de quienes desde el PRD impulsaron el matrimonio entre personas del mismo sexo, una iniciativa que removió el fundamentalismo que anida en Acción Nacional?

¿Sería cimiento de una alianza entre esos partidos la postura antisindicalista, y de esa manera antisocial del gobierno del presidente Calderón que aplastó al Sindicato Mexicano de Electricistas en una medida de legalidad que todavía se encuentra a revisión? O, ¿prevalecería la posición al parecer mayoritaria en el PRD que cuestionó la decisión del 10 de octubre aunque, por cierto, no con mucha insistencia?

La expresión del senador Creel responde a los numerosos cuestionamientos que ha suscitado el anuncio de posibles acuerdos entre PAN y PRD para marchar juntos en algunas elecciones estatales. Ya comentamos en este espacio, apenas el viernes, la excesiva cuan sintomática reacción del PRI ante esas posibles alianzas, así como la dificultad de panistas y perredistas para justificar, en el terreno de las ideas y las propuestas, un acuerdo tan inopinado como ese.

La verdad es que, por mucho que se esfuerce, el senador Creel no podrá explicar el sustento ideológico de tales acuerdos porque no lo hay. A menos que resuelva adjudicarle al antipriismo el carácter de ideología que puede ser asumida desde posiciones tan variadas como incluso contradictorias.

Motivos para desconfiar del PRI –más aún: motivos para considerar que el PRI es uno de los grandes males de este país– los hay en abundancia. Solamente con una pizca de memoria es posible recordar el clientelismo, el autoritarismo, la antidemocracia y la sujeción del interés de la sociedad que padecimos durante la hegemonía de los gobiernos priistas. El PRI dificultó y obstaculizó, hasta que no pudo mantener esa política, los esfuerzos de la sociedad para organizarse fuera de la órbita de influencia de ese partido. Gracias al empeño de grupos de muy diversa índole, y a una paulatina aunque hasta la fecha todavía insuficiente madurez de los ciudadanos, pudimos construir cauces al pluralismo de la sociedad.

Esa diversidad dio paso a un panorama político tan competitivo que, en 2000, pudimos asistir a la derrota priista en las elecciones presidenciales. Como todos sabemos, y muchos deploramos, la victoria del PAN confirmó que para empujar la democracia mexicana no bastaba con sacar al PRI de Los Pinos.

Por eso uno de los argumentos que ahora presenta el senador Creel para justificar las posibles alianzas locales del PAN con el PRD resulta endeble cuando señala que en estados como Oaxaca e Hidalgo, esos partidos pueden lograr una alternancia que no ha sido posible durante décadas. Ciertamente, los cacicazgos priistas en esas y otras entidades han subyugado a la democracia. Pero los mexicanos ya hemos constatado que el cambio de gobernantes no por sí solo es garantía de mejoras en la conducción de los asuntos públicos.

La alternancia que significó la sustitución del PRI, por el PAN, no se tradujo en un gobierno sustancialmente distinto. En algunos aspectos, incluso, los disparates y errores de Vicente Fox a menudo resultaban peores, e incluso más costosos, que los excesos de los presidentes priistas. Ahora mismo la incapacidad del presidente Felipe Calderón para conducirse como auténtico estadista, construyendo acuerdos pero además tomando decisiones por encima de sus fobias o preferencias ideológicas, suscita fundadas reservas acerca del resultado de su hasta ahora desastrada gestión. Más allá de las anécdotas, pero sin prescindir de ellas, es difícil esperar un comportamiento responsable en un presidente que encuentra divertido humillar con un pastelazo a uno de sus subordinados.

La única manera para que las alianzas entre PAN y PRI estuvieran respaldadas en un ideario común, sería que esos partidos emprendieran un diagnóstico serio de la situación nacional reciente, hicieran la autocrítica de sus respectivos cuan abundantes yerros, identificaran temas relevantes en los que estuvieran de acuerdo y a partir de ellos construyeran una plataforma conjunta. Pero ese proceso no se resuelve en unos cuantos días y requeriría que tanto Acción Nacional como el Partido de la Revolución Democrática experimentaran transformaciones intensas. Esa reconversión, para utilizar un término de moda, parece imposible en las circunstancias actuales.

Así que sin ideas, o pretendiendo simplemente que el antipriismo clasifique como ideología, los posibles acuerdos estales entre PAN y PRI serán, para emplear la expresión del senador Creel, mero pragmatismo. Esa es una manera elegante de llamarle al oportunismo.

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