Un dislate tras otro

No debe ser fácil gobernar un país con un sistema político tan inarticulado, una clase política tan desafecta a los compromisos, un entramado mediático tan estruendoso y una sociedad tan escéptica como los que tenemos. Debe ser terriblemente difícil gobernar en medio de dificultades económicas y amagos criminales como los que padece México.

La situación del presidente Felipe Calderón es todo menos envidiable. Hay que advertir las dificultades que enfrenta para entender las tensiones y confusiones que envuelven a su gobierno.

Pero aún así, y precisamente porque estamos en una situación nacional muy pero muy peliaguda, sería deseable que el titular del Ejecutivo Federal se comportara con menos veleidad, sin las improvisaciones ni los deslices que han sido evidentes en los días recientes. Tres episodios confirman la desazón que suscita hoy en día el desempeño del presidente Calderón.

Uno. Los muertos de Juárez. Lejos del país, quizá mal informado (lo cual es inaceptable tratándose de quien se trata) y tal vez deseoso de ofrecer una justificación a lo injustificable (lo cual es peor en cualquier caso) el presidente de la República condenó sin pruebas a los muchachos asesinados el domingo por la noche. El martes, cuando no había averiguaciones judiciales concluyentes, el presidente dictaminó desde Tokio que el asesinato de 16 personas, la mayoría jóvenes, pudo haberse debido a un enfrentamiento entre grupos rivales.

Esa ofensa a la memoria de los muchachos asesinados y a sus familias, el presidente se la pudo haber ahorrado. No hacía ninguna falta que mencionara la hipótesis (que hasta ahora no es más que eso) de la venganza entre pandillas delincuenciales. El presidente no tiene por qué suplantar al Ministerio Público. Sin embargo el licenciado Calderón experimenta una infructuosa necesidad para hablar de todo de manera tan concluyente que a veces termina por equivocarse. Podría tratar de mirarse en el espejo que dejó su parlanchín antecesor.

Dos. La reforma política. El presidente Calderón presentó a mediados de diciembre sus propuestas de reforma sin acordarlas con nadie. En aquel momento parecía  un recurso para suscitar una discusión intensa, capaz de involucrar en los propósitos reformadores a las fuerzas políticas que estaban reacias a comprometerse en ese tema. Luego los 10 puntos de Calderón han sido desechados, algunos de ellos con razones atendibles como las que se manifestaron en el foro que organizó el Senado. Ahora, en vez de mostrarse como Jefe de Estado que identifica y solidifica coincidencias para construir acuerdos, el licenciado Calderón decidió lanzarse a fondo en defensa de sus discutibles 10 puntos.

A los miembros más notorios de su gabinete, comenzando por el secretario de Gobernación, los ha enviado por el país y en una caravana mediática insuficientemente atractiva, como escuderos de sus reformas. Las reformas, alegan el presidente y sus secretarios, reivindican el interés de los ciudadanos delante del sistema político. Se trata de un discurso potencialmente suicida y por lo menos esquizofrénico. ¿No forman parte el presidente Calderón, así como los secretarios Gómez, Lozano y Lujambio de ese sistema político? ¿No se ufana el partido en el que forman filas de representar a los ciudadanos? De esa confusión, a la demagogia, hay un trecho riesgosamente breve.

Tres. Matrimonio homosexual. Por instrucciones del presidente, la PGR impugnó el matrimonio entre personas del mismo sexo que fue recientemente aprobado en la ciudad de México. La Corte deberá examinar, seguramente con toda calma, esa solicitud de inconstitucionalidad. Lloverán argumentos, testimonios y explicaciones de impugnadores, lo mismo que defensores de ese derecho que reconoció la Asamblea Legislativa. Sin embargo tanto el documento de impugnación de la Procuraduría General, como el Presidente de la República, han dicho que la Constitución solamente reconoce el matrimonio entre personas de distinto sexo.

El presidente dijo, también en Japón: “La Constitución de la República habla explícitamente del matrimonio entre el hombre y la mujer”.

Eso no es cierto. La única referencia que nuestra Carta Magna hace al matrimonio, es cuando se refiere al que se realiza entre ciudadanos mexicanos y personas nacidas en el extranjero. Más allá de esa alusión, no hay precisión alguna sobre el género de los integrantes del matrimonio y mucho menos la frase que el presidente Calderón creyó que hay en la Constitución.

Es muy cuestionable que el presidente se meta en un pleito (como si le hiciera falta) en el que se dirimen libertades y derechos. Y que lo haga para tratar de imponerle a la sociedad mexicana sus creencias personales.

Pero de plano resulta inaceptable que el presidente de la República se equivoque al citar la Constitución. Si no la conoce, podría acudir a sus seguramente muchos asesores para que se la platiquen. Además el licenciado Calderón estudió abogacía. Los miembros y egresados de la Escuela Libre de Derecho, entre quienes hay personas reconociblemente versadas en la doctrina jurídica, deben estar abrumados de vergüenza.

Publicado en eje central

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Un comentario en “Un dislate tras otro

  1. Creo que encontré un bug:
    “Sin embargo tanto el documento de impugnación de la Procuraduría General, como el Presidente de la República, han dicho que la Constitución solamente reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo” No debería de decir personas de diferente sexo? o no reconoce a las del mismo sexo? Saludos Raúl, siempre un placer leerte.

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