Cochambrosos

Al escritor madrileño Javier Marías le preguntaron cómo definiría, en una sola palabra, a la clase política de su país. Si ha de ser nada más una, respondió en un foro digital del periódico “El País”, la llamaría cochambrosa. Quizá después de las semanas recientes, colmadas de lamentables vituperios mutuos, ese sea uno de los calificativos más pertinentes para designar a varios de los más significativos dirigentes políticos mexicanos.

Ilustración tomada de http://es.ideas4all.com/

La pésima impresión que suscitan al menos en la opinión publicada, se la han ganado a pulso. Líderes nacionales, gobernantes y legisladores, con escasísimas excepciones, han construido una muralla de discrepancias e insultos que los aíslan a unos de otros y que los segregan respecto de la sociedad. Cada acción vergonzante que perpetran y luego develan, cada perorata regañona que proclaman desde las tribunas parlamentarias y sobre todo cada infamación mutua que pregonan para regocijo de los medios de comunicación, erosiona la fama pública de nuestros políticos.

A los apremios económicos, se añaden desafíos mayúsculos como el que exhibe la delincuencia organizada y se mantienen atávicos rezagos sociales que escinden al país. En ese contexto colmado de dificultades, sería de esperarse que tuviéramos una clase política responsable –es decir, capaz de responder tanto a los aprietos nacionales como a las expectativas de los ciudadanos que votaron por ellos–. Pero lejos de reaccionar con perspicacia, nuestros políticos más destacados rehúyen los problemas con una de las peores actitudes posibles: al enfrascarse en dimes y diretes como los que han protagonizado recientemente, se alejan de los asuntos nacionales más relevantes, se comportan con una inquietante pero sobre todo costosa frivolidad y se muestran descarnadamente irresponsables.

Después de haber negado reiteradamente el pacto con el PRD que finalmente dio a conocer él mismo el presidente nacional del PAN carece de credibilidad, que es el atributo más importante para quien quiera hacer política en una sociedad democrática. César Nava se convirtió en un lastre para su partido.

La presunta habilidad política de Beatriz Paredes quedó abolida con su propia firma en el documento que comprometía a los panistas a no aliarse con el PRD en el Estado de México. Enrique Peña Nieto fue movido por una peligrosa mezcla de ingenuidad y autoritarismo al promover ese pacto. Ambos, al considerar que necesitan de un acuerdo así para despejar el camino rumbo a 2012 se manifiestan endebles, temerosos y tenebrosos.

Comedia de enredos y disparates, primero la firma del documento, luego la ruptura de los compromisos allí establecidos y más tarde los incompetentes afanes para reparar sus respectivos daños, muestran a una clase política inhábil y sinvergüenza. Los medios de comunicación han reaccionado con alborozo ante esos desencuentros que les permiten ofrecer la cotidiana dosis de estruendo y asombro a la que han acostumbrado a sus audiencias.

Esos personajes políticos son impresentables. Ante el chismerío que ellos mismos arman dan ganas de decir, como los argentinos hace varios años, que se vayan todos. El problema es que con un gesto así no resolveríamos las carencias de nuestra clase política.

Esos son los políticos que tenemos y en ningún sitio se atisba ya no una generación, sino ni siquiera personajes aislados que pudieran reemplazarlos. Por lo general, los pocos jóvenes que tienen interés y ganas para hacer carrera política acaban mimetizándose con los estilos y el discurso convencionales.

Enzarzados en litigios mutuos nuestros políticos pierden el respeto de la sociedad, a la vez que la sociedad se deja de reconocer en el quehacer político. Nadie gana con ello, salvo quienes apuestan a que otros poderes –y en pocas ocasiones como en éstas se despliegan tan claramente las ambiciones y capacidades de los poderes fácticos– conduzcan a la sociedad. El autoritarismo de los caudillos, o el autoritarismo de los poderes mediáticos, son dos de los riesgos que surgen de una situación así. El remedio no está en disculpar tejemanejes y desfachateces de nuestros políticos sino en exigirles de manera rigurosa y crítica.

No es fácil, entre otros motivos debido a la capa de complacencia y desparpajo que envuelve a muchos de ellos. Una amiga muy querida me explica que el cochambre siempre deja huellas, aunque se le limpie con mucha energía.

Publicado en emeequis

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Un comentario en “Cochambrosos

  1. Maestro,

    Además del desencanto con la clase política. Los jóvenes que aun nos interesa esa vocación, como una camino hacia la ilustración y el bien común, tenemos obstáculos difíciles de superar para encontrar el mínimo espacio de participación política. Pocos y con pocas oportunidades dejan un país empobrecido de ideas y privado de las buenas intenciones de (aun) muchos.

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