Usted disculpe

Publicado en emeequis

Las disculpas forman parte de la vida civilizada, implican el reconocimiento  de una equivocación o un abuso, reconocen el daño o la incomodidad que se pueda haber ocasionado a otras personas y requieren de una humildad siempre agradecible cuando se trata de personajes públicos habitualmente petulantes y ajenos a la autocrítica.

Pero cuando se multiplican en asuntos de la más variada índole, las disculpas tienden a convertirse en recursos retóricos que no remedian sino solamente encubren el perjuicio causado por expresiones o acciones descomedidas. En la vida privada, las disculpas forman parte del trato cotidiano entre personas que se saben falibles y por eso admiten sus yerros. En la vida pública, se están convirtiendo en sucedáneos de las explicaciones y, sobre todo, de sanciones sociales e incluso judiciales.

El papa Benedicto XVI ofrece disculpas por la pederastia de los sacerdotes que han sido denunciados en varios países, aunque él mismo ha sido señalado por encubrir algunos de esos delitos.

El presidente Felipe Calderón ofreció disculpas a los familiares de los muchachos asesinados en Ciudad Juárez y a los que inicialmente llamó delincuentes. Hubiera sido pertinente que, además, se supiera si tomó alguna medida para evitar que lo informen mal acerca del combate a la delincuencia.

En ese mismo tema el extravagante alcalde de Nuevo León, Mauricio Fernández, se disculpó con el Secretario de Gobernación a quien había involucrado en la decisión para contratar informantes salidos de las filas del narcotráfico.

El propio Fernando Gómez Mont, aunque ya no es miembro de partido alguno, ofreció una disculpa a los ciudadanos que se han considerado ofendidos por los escándalos entre líderes de los partidos políticos.

Uno de los protagonistas de episodios afrentosos en el Congreso, el diputado priista Oscar Levín, presentó disculpas por haber dicho que las alianzas del PAN con el PRD “se parecen a una relación gay”.

Paquita la del Barrio: discutidas disculpas

La locuacidad alimentada por los prejuicios ha detonado declaraciones arbitrarias, que luego derivan en aparentes disculpas en varias zonas de la vida pública. Cristian Vargas, diputado del PRI en la ciudad de México, dijo que las parejas homosexuales no deben adoptar niños porque los violan en vez de cuidarlos. La cantante Paquita la del Barrio dijo que es preferible que un niño sin hogar se muera de hambre a que lo adopte una pareja de homosexuales.

Ambos presentaron disculpas, sin convicción. Vargas quiso escudarse en “la pobre educación que tuve al criarme en un pueblo en que, de manera regular y por costumbre, siempre han existido esta clase de prejuicios”. Pero insistió en su campaña contra la adopción en parejas homosexuales apoyándose dos presuntos especialistas, un estadounidense y un español, notoriamente desprestigiados por su falta de ética y propensiones conservadoras. La cantante le echó la culpa a los prejuicios sociales.

También se excusó por las tonterías que había dicho el diputado federal perredista Ariel Gómez León, que en un programa de radio en Chiapas hizo comentarios de mal gusto acerca de la tragedia en Haití.

Otro diputado pero del PAN y en Baja California, Víctor González Ortega, se disculpó ante el escándalo que suscitó la videograbación en donde aparece en posesión de armas y cocaína y en estado de ebriedad.

Se disculpó Osiel Cárdenas, ex líder del cártel del Golfo, al ser sentenciado en Texas a 25 años de prisión por narcotráfico, como si a sus víctimas les sirviera de algo esa aparente contrición.

Hay quienes se disculpan por hacer bromas, como Oswaldo Sánchez, el portero del Santos, que se burló de los errores de Guillermo Ochoa, portero del América y seleccionado nacional.

El director de la selección de futbol, Javier Aguirre, dijo poco antes que se disculpaba por sus declaraciones sobre la inseguridad en México.

La disculpa ha devenido en subterfugio de la responsabilidad. Más que excusas, necesitamos que la deliberación pública esté fundada en ideas y no en simplezas o evasivas.

Mientras tanto, ya puede cualquier personaje público disparatar, ofender, infamar e incluso delinquir. Siempre tendrá ocasión de disculparse, buscando cerrar ese expediente mediático con un par de lágrimas de cocodrilo.

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