Sociedad y poder

Borola Burrón, un homenaje

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La Familia Burrón desapareció  en agosto de 2009, nueve meses antes de que la semana pasada muriera su creador, don Gabriel Vargas. La crisis, y quizá el cansancio, la echó de los puestos de periódicos. Durante décadas, la lectura semanal de la saga encabezada por Borola y Regino Burrón se instaló en la formación cultural de varias generaciones.

Encuentro unas notas, nunca publicadas, escritas en 1985 para un homenaje a don Gabriel Vargas que no se realizó. De allí tomo los siguientes párrafos.

¿De dónde resulta la eficacia de La Familia Burrón? De la cercanía entre las situaciones que relata y el entorno de sus lectores, del empleo de esquemas narrativos accesibles, de la actualidad que retrata pero sobre todo de la versatilidad de sus protagonistas.

En torno al núcleo familiar básico –Borola, Regino, Macuca, Regino chico, Foforito– se desenvuelve una fascinante colección de personajes, cada uno de los cuales con historia propia: la dispendiosa cuan acaudalada tía Cristeta Tacuche que, amparada por la sufrida secretaria Boba Licona, se enfrenta a pretendientes como el inconfundible Rey del Queso, Chocho Roquefort; el irresponsable e ilusionado Avelino Pilongano, poeta ripioso que trata de congraciarse con su amiga la Bella Bellota, que sólo tiene interés en cuidar a Robetino, su hijo inválido; el padre de Foforito, Susano Cantarranas, consagrado a catar el pulque de sus amigos y a sus amoríos con La Divina Chuy en el submundo de los arrabales; Isidro Cotorrón y Narciso Sinfónico, que con Foforito arman un esforzado trío de aprendices de músicos.

La Familia Burrón se renueva con infatigable vitalidad. Cuando estuvieron de moda los viajes espaciales, Borola se hizo amiga del extraterrestre Tako Siriko. Cuando lo actual eran la telenovela El Maleficio y las exploraciones esotéricas, Vargas y su equipo dieron vida al Conde Satán Carroña, desventurado Drácula de los suburbios del DF que vive con su mujer, Cadaverina, y su fiel sirviente Narciso. Otros visitantes del más allá son los ángeles y diablillos que guardan o atormentan la conciencia de Regino y Borola.

Cuando la historieta sale de la ciudad se ubica en San Cirindango de Las Iguanas, donde el cacique Juanón Teporochas intenta moderar los abusos de su compadre Briagoberto Memelas. Cerca de allí luego apareció el desamparado Valle de los Escorpiones cuyos habitantes, a falta de agua, se bañan con tierra y son acaudillados por El Caperuzo.

En esa habilidad caricaturizadora La Familia Burrón encuentra sus mejores aciertos; sus exageraciones resultan previsibles, cada personaje es un estereotipo que no deja lugar a dudas. Borola es derrochadora, ambiciosa e inconforme; Regino, su contraparte, chambeador y moralino.

Ante la crisis económica, Regino Burrón intenta opciones mejor remuneradas que las monótonas jornadas en El Rizo de Oro: se vuelve peluquero de perros pero encuentra degradante esa ocupación; trabaja como agente de ventas de una empresa de licores hasta que decide que no quiere dinero surgido de la promoción del vicio; se hace comerciante de joyas y acaba estafado y en prisión.

La cárcel es frecuente escenario en los desenlaces de la historieta, sobre todo en castigo a las ocurrencias de Borola. El optimismo de “la güereja” como la dicen sus vecinas aunque es pelirroja, siempre es doblegado por la fatalidad. Pero nunca pierde arrestos para ir de compras armada con un mosquetón con el que se defiende de los comerciantes abusivos.

Acongojada con la crisis, Borola Tacuche inventa que es posible vivir de comida de papel e intoxica a toda la vecindad; organiza a las vecinas para comprar al mayoreo y ahorrar unos pesos pero le venden ¡frijoles amaestrados! que, como ratones de Hamelin, se escapan de la bodega cuando los llama su entrenador; para enfrentar la violencia que se ha vuelto habitual, fabrica pistolas caseras a las que, literalmente, les sale el tiro por la culata. Pero no se amilana. Un día, convencida de que en la Luna no le ha de ir peor, construye una nave espacial que termina desplomándose sobre la vecindad.

Borola  no se rinde. A pesar del infortunio, y contra la circunspecta  timidez de su marido, su inconformidad resulta inagotable. Esa es una de las lecciones que imprimía don Gabriel Vargas en su historieta: ante la adversidad, imaginación.

Eran otros tiempos.

Publicado en emeequis

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Written by Raúl Trejo Delarbre

mayo 30, 2010 a 11:31 am

Publicado en Cultura popular

Una respuesta

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  1. Pocas historietas mexicanas han marcado a tantas generaciones, y “La Familia Burrón” es una de ellas. Al leer este texto, recordé más que un cuento, recordé mi niñez y como en mi familia comentabamos cada número que leíamos. Era divertido que mi padre era el primero en leerlo, después entre mis cinco hermanos y yo, nos disputabamos la segunda lectura, al terminar todos, comentabamos y repetíamos diálogos. Me parece increíble como una práctica que en esos años para mi no tenía importancia, ahora leyéndo sobre la muerte del autor de dicha lectura, parezca uno de los momentos más memorables que recuerdo. Sólo me queda agradecer éstas líneas que más de una persona, estoy segura, llevaron a su mente a un viaje extraordinario,desde que uno tomó su primer “burron” y reia a solas con las problemáticas sociales descritas con un humor inigualable.

    Verónica León

    julio 5, 2010 at 5:50 pm


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