La sociedad egoísta

El doctor Abelardo Burciaga Alvarado fue asesinado la noche del lunes 12 de julio en la capital de Durango. Dos individuos le dispararon desde una motocicleta cuando iba manejando su camioneta en el bulevar Durango. Cirujano en el Hospital General, el doctor Burciaga era muy apreciado en su comunidad.

Fotografía tomada de http://www.lavozdedurango.com

Al domingo siguiente, 19 de julio, centenares de colegas y amigos del doctor Burciaga realizaron una marcha por la avenida 20 de Noviembre y hasta la Catedral. Aplausos, globos blancos, enfermeras y médicos con sus uniformes albos y muchas, muchas lágrimas de indignación y tristeza, abundaron durante la hora y media que duró esa manifestación. Recientes las elecciones locales, algunos personajes políticos quisieron sumarse a la primera fila de la marcha pero muchos de los asistentes los rechazaron y tuvieron que incorporarse más atrás.

El doctor Burciaga tenía 48 años y se había especializado en cirugía plástica y reconstructiva. Quizá lo quisieron extorsionar y se negó. Su asesinato está impune y aunque sus victimarios fueran aprehendidos nada les compensaría esa pérdida a sus amigos y pacientes pero, especialmente, a su esposa y sus cuatro hijos.

Ese crimen movilizó a un segmento importante de la sociedad de Durango, ya bastante acosada por la delincuencia. Sin embargo en los medios de comunicación del resto del país ha sido ignorado. Solamente el periodista Salvador Camarena, en el noticiero que conduce en W Radio y luego en El Universal, se ha ocupado de ese asunto no sin reconocer: “La noticia del asesinato del doctor Abelardo Burciaga tuvo nula repercusión a nivel nacional. Desde la capital, somos ya totalmente insensibles a la muerte de un hombre bueno. Y la distancia, real o simbólica, es nuestro bálsamo. Estamos a gusto en nuestras pequeñas aldeas. Abrazando la filosofía del autoengaño, nos decimos que eso que pasa allá, en el norte, aquí en Morelos, o en Guerrero o en Michoacán no tiene nada que ver con nosotros. No queremos que nos duela. Así que mejor no preguntamos. Mejor no reporteamos. Acunamos nuestra falta de humanidad en la sospecha tonta: ‘Seguro esos que se mueren estaban metidos en algo’. O, peor aún, criticamos al gobierno por no informar, pero en el fondo le agradecemos que no lo haga, que no nos intranquilice, que no nos diga que, en efecto, diez noches después, nadie en Durango sabe por qué murió un excelente padre, esposo, hermano, cuñado, médico”.

El asesinato del doctor Burciaga y la protesta cívica en Durango no merecieron ni una sola línea en Reforma, La Jornada, Excélsior ni en la edición nacional de Milenio, al menos de acuerdo con los contenidos en sus sitios en Internet. El Universal publicó una pequeña nota el lunes 19 y, el jueves 22, el comentario de Camarena.

Hay tantos muertos, caídos en episodios con frecuencia tan oscuros y por lo general con tanta impunidad, que nos estamos acostumbrando a conocer cifras y no los nombres de personas con apellidos, biografías, méritos y sobre todo, deudos.

El asesinato de un mexicano en Durango, por añadidura médico y estimado en su comunidad, no encuentra sitio en el fárrago informativo. Anoche había ocho menciones al doctor Burciaga en las notas inventariadas por el buscador Google de noticias mexicanas. Ese mismo servicio hay 393 notas que mencionan a Elba Esther Gordillo, 363 que se ocupan de la actriz Ana Bárbara, 317 en las que aparece el futbolista Cuauhtémoc Blanco y 247 acerca de la llegada a México del Ipad.

La huelga de hambre de dos trabajadores del SME ofrece 271 resultados. Este viernes 22 el ingeniero Cayetano Cabrera Esteva cumplirá 90 días en ayuno voluntario y el licenciado Miguel Ángel Ibarra Jiménez, 86 días. Están en huelga de hambre para exigir que les sean restituidos los empleos que perdieron debido a la liquidación de Luz y Fuerza.

La trayectoria reciente del SME y varias de sus demandas pueden ser discutibles pero es claro que se trata de una organización que, a estas alturas, defiende su derecho a existir como representante de varios miles de trabajadores despedidos. La pretensión de quienes han acudido a la huelga de hambre es muy sencilla: que les devuelvan sus trabajos.

El presidente de la República se niega a recibir a esos trabajadores. Se resguarda en el nuevo secretario de Gobernación, que anoche mantenía una larga reunión con el secretario general del SME.

La huelga de hambre ha sido motivo de algunas notas en la prensa. Pero ante el riesgo que corren dos personas, las respuestas de la sociedad han sido escasas, débiles y en muchos casos egoístas.

Una huelga de hambre no es cualquier protesta. Se trata del recurso categórico de aquellos a quienes no les queda sino su propia vida para pelear por una causa. Quien se pone en huelga de hambre busca llamar la atención, pero sobre todo inicia una ruta de sacrificio de la cual, en algún momento, cualquier retorno tiene consecuencias para siempre.

Una huelga de hambre, en las condiciones que sea, constituye un fracaso de las instituciones que no tienen capacidad suficiente para resolver la protesta de quienes no encuentran más que esa medida última y drástica. Es un fracaso también para los gobernantes y la sociedad.

Las respuestas del gobierno, al menos todavía ayer por la tarde, han sido rígidas y despiadadas. El presidente Felipe Calderón no ha querido moverse un ápice de la decisión, política y legalmente cuestionable, que tomó en octubre pasado. La sociedad  se encuentra aturdida, confundida y escindida en temas lacerantes como ese pero además, y allí tenemos una triste novedad, insensible ante la decisión de dos mexicanos para perder la vida si no les regresan su empleo.

Ayer en La Jornada, Adolfo Sánchez Rebolledo se refirió a tal asunto con impecable contundencia cuando, después de reprobar la falta de respuesta del gobierno a esos trabajadores electricistas, consideró:

“Tendremos, en fin, que reflexionar también sobre los resortes de la cultura política, acerca de la indiferencia como sustituto negativo de la solidaridad en un país que ha visto decaer los sentimientos comunitarios, por así decir, para reforzar el individualismo del consumidor y, en el límite, la violencia como segunda piel para una juventud sin futuro. Tendremos que hablar menos de derecho, de fórmulas y normas, para tratar de entender qué pasa en la sociedad cuando dos hombres se mueren en la plaza central sin que se venga abajo la retórica oficial, el discurso del adulador, la desértica satisfacción de los que militan en el partido de los hartos”.

Texto publicado en eje central

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