Vargas Llosa y las escuelas de comunicación

Ayer por la mañana en la Universidad Iberoamericana, miraba los rostros de medio millar de estudiantes que asistían a una de las mesas redondas en el encuentro del Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación. Vienen de todo el país para experimentar varios días de talleres, conferencias, advertencias y reventón.

 

Mesa redonda en el Encuentro del CONEICC. Foto de Gabriela Warkentin tomada de Twitter

 

Los encuentros del CONEICC han adquirido notoriedad porque documentan los desafíos y las insuficiencias de un mercado de trabajo desde hace tiempo saturado para una especialidad tan de moda como es la comunicación. Pero además los alumnos que llegan de todo el país pueden tomar breves seminarios, desarrollar algunas destrezas, hallar comunicadores renombrados y reconocerse como parte de un gremio vasto y diverso. Allí se mezclan estudiantes de grandes pero a veces financieramente restringidas universidades públicas, con alumnos de pequeñas aunque adineradas escuelas privadas. Para el encuentro en la Ibero hay alrededor de 1400 inscripciones (otros aseguran que son casi 2 mil) sin contar centenares de expositores en muy variados temas.

Ayer mientras los miraba, varios centenares de esos muchachos escuchaban con cordial paciencia las admoniciones que les endilgábamos varios profesores que duplicamos y ya mero triplicamos la edad de la mayoría de ellos. Tenemos un país en crisis, en un contexto global desastrado y espinoso, en donde la política se ha quedado rezagada respecto de los reclamos de la sociedad: el escenario pesimista que les ofrecimos estaba plagado de lugares comunes porque si algo hay que reconocerles a estos muchachos es que conocen la crisis como nadie ya que han crecido con ella. Economía depauperada, política social estancada, gobierno incompetente, clase política abominable, opciones casi inexistentes para quienes quieran desarrollar alguna forma de compromiso social o político: no hace falta cargar las tintas para describir el abismo nacional.

Ecuánimes, aunque también pueden haber influido el desvelo de la noche anterior y el frío mañanero en Santa Fe, los aspirantes a comunicadores profesionales no se dejaron apabullar por el panorama consternado. Cuando uno de los expositores, el profesor Javier Esteinou, machacó en un diagnóstico sombrío acerca del compromiso social hace tiempo olvidado en la mayor parte de las escuelas de comunicación, varios de ellos reclamaron soluciones. Se saben parte de una generación amenazada por el desempleo pero no se amilanan. Quizá fue por la solemnidad y la crítica anticorporativa de las severas exposiciones que habían escuchado, pero ninguno de los quizá 20 jóvenes que hicieron preguntas se dijo entusiasmado por buscar trabajo en Televisa. En cambio hablaron de la radiodifusión comunitaria, la recepción crítica, la postergada reforma legal para los medios. No querían diagnósticos, sino respuestas prácticas.

Mientras mis colegas los convocaban a despabilar el espíritu reflexivo, a no dejarse encandilar por instituciones ni medios estáticos o mientras incluso los arengaban para organizarse, yo pensaba qué les podía decir a esos muchachos que no tienen la certeza de poder construir su propio futuro. Me decidí por otra obviedad. En vez de repetirles que estudien, luchen, cuestionen, se comprometan, los exhorté a que lean. Les dije que entre las mejores cosas que pueden hacer a su edad es leer libros, de todo pero antes que nada literatura. Y como entre otras muchas cosas el Premio Nobel servirá para que se le conozca mejor, les recomendé que lean a Mario Vargas Llosa.

Ya no les conté, pero recordé para mí los centenares de horas que he pasado, desde que tenía menos años que esos muchachos, transitando por los mundos de ese colosal autor. El afán libertario en La ciudad y los perros, las pupilas de La Casa Verde, la abigarrada violencia de La guerra del fin del mundo, el campante erotismo de La Tía Julia y el escribidor –que es, además, un delicioso elogio de los radioteatros– y, más recientemente, ese minucioso fresco que retrata al poder excesivo y los desfiguros que siempre lo acompañan y que es La fiesta del chivo. No sé si leer a Vargas Llosa los hará mejores productores, reporteros, videoastas o prosumidores (como está de moda decirles a quienes brincan la barrera del consumo de medios pasivo a la producción de contenidos en línea).  Pero estoy convencido de que serían mejores personas y, por lo que toca a la vida pública, mejores ciudadanos. Por lo menos aprenderían, como cuando tenía 18 años pude saber gracias a uno de los personajes de Conversación en La Catedral que “el periodismo no es una vocación sino una frustración”.

Publicado en eje central

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