Mal de muchos

Publicado en emeequis

Acostumbrados a destacar lo accidental pero a soslayar lo fundamental, los

Imagen tomada de http://blog.pucp.edu.pe

medios de comunicación ignoraron, casi, lo mucho que se dijo acerca de la democracia y sus ausencias en el Foro de la OEA, el PNUD y el IFE hace casi tres semanas en el Palacio de Minería. La asistencia del ex presidente Carlos Salinas de Gortari concentró la atención de los reporteros que desdeñaron, sin embargo, la miga que hubo en tres días de discusiones con medio centenar de especialistas.

El acontecimiento central de ese evento fue la presentación del estudio sobre la democracia en América Latina, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y la Organización de Estados Americanos. Nuestra democracia, coordinado por Dante Caputo y José Antonio Ocampo, ha sido precedido por numerosas consultas y reuniones regionales. Esa investigación era muy esperada porque actualiza el célebre e importante La democracia en América Latina que, acompañado por una ambiciosa base de datos y dos volúmenes de análisis y debate, fue publicado en 2004.

Se puede asegurar, sin exageración, que a la democracia latinoamericana de los años recientes no se le ha podido entender sin aquella investigación también dirigida por Caputo. Ese será muy posiblemente el destino de la nueva investigación. Nuestra democracia documenta las causas de la insatisfacción que los latinoamericanos compartimos respecto de nuestros regímenes políticos. La eficacia de los sistemas electorales y la representatividad de los parlamentos no bastan. Nos encontramos ante un creciente desprestigio de los partidos, acicateado por dificultades económicas y por un crecimiento en ocasiones galopante de la delincuencia.

Nuestras transiciones han sido incompletas. La violencia ha dejado de ser el medio para acceder al poder como sucedía en numerosos países del Continente hace apenas cuatro décadas. Hoy, diversas fuerzas políticas se disputan el sufragio de los ciudadanos. Sin embargo los partidos no entusiasman, el alejamiento de la sociedad respecto de la política está relacionado con expresiones de corrupción y autoritarismo pero también con cierta complacencia desde el mundo de la política. Los partidos se conforman con enumerar generalidades y, si alguna vez lo hicieron, han dejado de recuperar inquietudes de la sociedad.

En una descripción que nos resulta demasiado familiar, el estudio PNUD-OEA señala: “Es difícil imaginar un cambio en la relación ciudadano-partidos si no se modifica la pobreza de la mayoría de los programas electorales. En muchos países, esos programas, que deberían especificar el contenido concreto de las opciones del votante y los términos del contrato electoral, son precarios, mínimos genéricos y enuncian más bien objetivos generales (‘combatiremos la pobreza, promoveremos la educación, salud para todos, un salto de crecimiento, mantendremos la economía sana y equilibrada…’) que las políticas públicas para alcanzarlos. ¿Alguien podría estar en favor de la pobreza, contra la educación, por mas inseguridad pública, en favor de la inflación, pro corrupción, por un alto desequilibrio macroeconómico?”.

De esa indigencia propositiva, no hay mucha distancia al caudillismo y al clientelismo. La política se vuelve confrontación de personajes, cuyos perfiles son propalados y simplificados por los medios. Añaden los autores de Nuestra democracia:

“El debate práctico se torna en ataques personales o generalidades y muchos sienten que tienen que elegir entre opciones que sólo se distinguen por los individuos que las encabezan. En numerosas campañas electorales, la mayoría de los candidatos reiteran los mismos objetivos, pero no explican los medios para alcanzarlos. Todo se resume, de ese modo, en la convicción de que este y no aquel podrá gobernar mejor. Así, la pobreza programática es generalmente reemplazada por el voto al individuo, al candidato, al líder. Se delega entonces en un líder, no en el ejecutor de una opción de la sociedad”.

Cuando los ciudadanos encuentran que los gobernantes no los representan, o los representan mal, la democracia entra en crisis. Las debilidades del Estado repercuten en el crecimiento de poderes fácticos, entre ellos la delincuencia organizada.

Retrato hablado de nuestras insuficiencias democráticas, el estudio de la OEA y el PNUD es una nueva llamada de atención, quién sabe si todavía a tiempo.

Nuestra democracia ha sido publicado por el Fondo de Cultura Económica (260 pp.). También puede descargase de www.nuestrademocracia.org.

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