El dogma del Siglo 21

Publicado en emeequis, 15 de mayo de 2011

Así como en los años setenta (por supuesto, del siglo pasado) había legiones de comentaristas y académicos forjados en el catecismo marxista y para quienes la lucha de clases era ineluctable, hoy el nuevo dogma es el llamado libre mercado. La discusión pública o las pobrezas en ella, así como las decisiones políticas, suelen tomarse a partir de una esquemática colección de creencias propagadas con tanto fanatismo como hace tres o cuatro décadas se proponían versiones bastante elementales del materialismo histórico.

Esa analogía la ha subrayado Fernando Escalante en un artículo reciente (La Razón, 8 de mayo). El marxismo setentero que anidó en nuestras universidades propició la lectura crítica de una realidad a la que había muchos motivos para abominar, pero que no lográbamos entender con fórmulas de manual como las de aquel compendio de rimbombantes pero limitadas obviedades que era el librillo de Marta Harnecker.

Reducido a breviario para creyentes, el marxismo que se propalaba entonces carecía de la complejidad conceptual de las obras más serias de Marx y Engels. Se hablaba entonces de la economía política como si además de fuerzas productivas no hubiera sustratos culturales que también marcan las decisiones de las sociedades. Es decir, se tomaba a varios de los más maniqueos capítulos de El Capital como si sus autores no hubieran escrito, también, La ideología alemana.

El resultado era, en palabras de Escalante, que “todo estaba en las dos o tres frases que había que repetir, con exactitud ritual, para explicar cualquier cosa, en cualquier rincón del planeta: la lucha de clases, la revolución, la plusvalía, el imperialismo, la superestructura”.

El marxismo es mucho más vasto y sugerente que la caricatura a la que se le reducía con tales simplezas. Se trata de un marco de análisis pero no es la Biblia. Aquellos terminajos acabaron por desgastarse a tal punto que hoy no dicen casi nada e, incluso, resulta extravagante mencionarlos en la discusión política o académica.

El nuevo dogma es el mercado. Con la misma impostación que nuestros marxistas trivializadores de hace varias décadas, apóstoles y monaguillos del libre mercado se refieren a fórmulas que consideran incuestionables. De acuerdo, de nuevo, con Escalante: “sin necesidad de pensar siquiera salen con que se ha demostrado que El Mercado, y se ha demostrado que La Competencia, y se ha demostrado que Los Incentivos, igual que hace cuarenta años se había demostrado que La Lucha de Clases”.

Esa sustitución de un dogma por otro ha mantenido empobrecida, o de plano secuestrada, a la deliberación pública. No puede haber discusión de ideas digna de ese nombre delante de cartabones fundamentalistas como los que suelen predicar a El Mercado como divinidad suprema en vez de reconocerlo como escenario de tensiones y ambiciones y, por lo tanto, necesitado de regulaciones.

Incluso, en el ámbito académico las Grandes Verdades del llamado liberalismo económico se han impuesto sin reflexión ni discusión suficientes. En un espléndido libro sobre la historia económica de México y sus consecuencias sociales, el profesor Carlos Tello Macías reconoce que los economistas egresados de instituciones privadas, pero también de universidades públicas, “buscan dar prestigio a las ideas que las élites promueven. El resultado es el predominio del pensamiento neoclásico, que ya es abrumador en la enseñanza de la economía en México. Se le considera, cada vez más, como el pensamiento y la teoría adecuada, correcta, técnica. Ahora mismo, en medio de la más profunda crisis económica en muchos años, se insiste en que lo correcto es intervenir lo menos posible en el libre juego de las fuerzas del mercado” (Sobre la desigualdad en México, UNAM, 2010, p. 311).

El resultado ha sido la conformación de una clase política que no cumple sus obligaciones en la regulación de la economía, así como de una comentocracia dedicada a cultivar esos fundamentalismos. Paradójicamente, la crisis financiera internacional de hace tres años exhibió las insuficiencias del mercado salvaje y la necesidad de regulación estatal. Tanto así que hoy en día, para turbación de los dogmáticos de uno y otro signos, se puede considerar que la auténtica política de izquierdas, si la hubiera, tendría que ser la reivindicación de un verdadero mercado a diferencia de la verbena de monopolios que padecemos. Seguiremos con el tema.

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Un comentario en “El dogma del Siglo 21

  1. Contra los catecismos estoy de acuerdo, pero no en la comparación entre un “fundamentalismo” que se dio en universidades (y algunos otros lados), con otro que se impone con toda su fuerza economica y politica, como es el “libre mercado”, que poco tiene de libre.

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