Mejor un goya

En enero pasado el suplemento Campus, que dirige Jorge Medina Viedas en el diario Milenio, publicó una edición especial en donde apareció el siguiente texto. Lo reproduzco ahora, aquí, con motivo del inicio de cursos en la UNAM y en ocasión del 60 aniversario de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

Dentro de un año se cumplirán cuatro décadas de mi ingreso como estudiante a la UNAM. En marzo de 1972 tenía 18 años, el mundo era más pequeño, el país estaba lleno de promesas, de alguna manera todos éramos más ingenuos, la Universidad era una isla de libertad y disidencia. La UNAM experimentaba ya el crecimiento fenomenal que propició la apertura y el empuje a la educación superior del gobierno de Luis Echeverría, después del enfrentamiento de los universitarios con el diazordacismo. Aquel año la UNAM llegaría a matricular 168 mil estudiantes en todos sus niveles. Eran 96 mil en 1968, serían más de 223 mil en 1975 y hoy son 315 mil.

La Facultad de Ciencias Políticas y Sociales era un hervidero de activismo pero, también, de intercambio y discusión intensos. Carteles y pintas convocaban a incesantes asambleas, lo mismo que a rabiosos mítines. Nuestros profesores venían del desacuerdo o del desencanto recientes. Uno de los más jóvenes, Gerardo Estrada, comenzó la primera clase de la materia “Sociedad y política del México actual” citando el comienzo de Adén Arabia, la desconsolada novela de Paul Nizan: “Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”. 

Muchos años después comencé uno de mis cursos de licenciatura con la misma frase. Las expresiones de extrañeza del medio centenar de jóvenes frente a los que estaba me advirtieron que el tiempo no pasa en vano, por fortuna o por desdicha.

Intolerancia e impugnación

No sé si en aquella época nos sentíamos épicos o trágicos, pero la Universidad ofrecía un entorno fascinante. Tampoco recuerdo si me sentía en la edad más hermosa, pero la verdad es que no la pasábamos mal. Quienes por curiosidad o convicción nos acercamos a la militancia estudiantil, encontramos la oportunidad de zambullirnos en el despeñadero de la política de izquierdas, desbordada siempre de rencillas e intolerancias pero con una autoridad moral ratificada en los abusos y persecuciones del poder. Aquellos eran años de rabia y miedo. Meses antes los Halcones habían desbaratado la primera manifestación después de 1968 y cada incursión en la calle era un desafío de consecuencias inciertas. Subíamos a los camiones, a volantear y botear, de prisa y temerosos de ser aprehendidos. Alguna vez, en las afueras de Ciudad Universitaria, un par de policías nos hicieron correr disparando balazos al aire cuando hacíamos una pinta.

Era, evidentemente, otro país. Y otra Universidad. En el campus pululaban provocadores, lo mismo espontáneos que profesionales. En nuestras asambleas quizá exagerábamos´, pero había cierta intuición autodefensiva para identificar a los agentes de las muchas corporaciones que espiaban cada reunión de estudiantes. A veces la violencia no era solamente supuesta. Pocas semanas después de que entré a la Universidad, me tocó estar cerca de una balacera en el auditorio de Ingeniería en la que murieron dos porros.

Los círculos de estudio que nos abismaban en la devoción a los popes del marxismo eran tan severos como las embrolladas reuniones en las que definíamos las prioridades de nuestro activismo estudiantil. Medio año después de mi ingreso a la Universidad, estalló la huelga del sindicato de trabajadores administrativos que mantuvo cerrado el campus durante más de dos meses. Desde luego respaldamos la huelga –en el transcurso de la cual renunció el rector Pablo González Casanova– aunque mantuvimos una actitud recelosa respecto de los dirigentes sindicales.

Aquel movimiento de los trabajadores universitarios imprimió novedosas dosis de realismo a la militancia estudiantil. Ya no se trataba de pugnar por el cambio social sin mayores precisiones, sino de reivindicaciones tan concretas que podían parecernos insuficientes: contrato colectivo de trabajo, reconocimiento del sindicato. Un par de años más tarde participé en la creación del sindicato de profesores de la Universidad.

El compromiso político era parte de una actitud contracultural. Dentro y fuera de las aulas, la vehemencia no estaba reñida con la inteligencia. Se leía, bien y mucho, las interpretaciones de González Casanova y Víctor Flores Olea –director de nuestra Facultad– sobre la antidemocracia del sistema político; las observaciones de Francisco López Cámara y Gabriel Careaga acerca de la clase media; las elaboraciones de Herbert Marcuse y Susan Sontag en torno a la crisis de la cultura convencional. Además teníamos la oportunidad de asistir, con atención reverencial, a las disertaciones de esos autores.

Don Pablo González Casanova

En febrero de 1972, un mes antes de mi ingreso formal a la Universidad, los Cursos de Invierno de la Facultad habían tenido como tema “La rebelión estudiantil y la sociedad contemporánea” con la participación del teórico trosquista Ernest Mandel, el marxista británico Robin Blackburn, el filósofo Juan Nuño, el comunista austriaco Franz Marek –promotor de la renovación del socialismo europeo–, la intelectual italiana Rossana Rossanda y la estadounidense Susan Sontag. A casi todos ellos los habíamos leído y la posibilidad de verlos explicar y discutir sus tesis renovadoras era un auténtico lujo.

También lo eran las clases. Aquel primer semestre llevé cursos con Guillermina Baena Paz (Redacción e investigación), Chantal Peu Duvallon (Economía), Jorge Montaño (Ciencia política), el ya mencionado Gerardo Estrada y Tatiana Galván Haro (Teoría de los medios). Durante aquel semestre a la maestra Galván –que moriría muy joven– alguien en Televisa le pidió que sugiriera a dos alumnos para que se acercaran a esa empresa. Ella tuvo la amabilidad de proponerme pero después de pensarlo medio minuto decidí no aceptar. El otro compañero postulado para colaborar con Televisa fue admitido como reportero y años después se convirtió en obsesivo especialista en ovnis y visitantes del espacio. Infancia, o juventud temprana, es destino como diría el psicoanalista Santiago Ramírez. El mío, se encontraba en la Universidad.

Causas y sueños compartidos

Ese destino se fraguó tanto en las aulas como en otros espacios de discusión e intercambio. Pasé horas, centenares de ellas, en la cafetería de Ciencias Políticas con mis camaradas de aquella época intercambiando hallazgos y sueños, tanto en el terreno de la política como, sobre todo, en temas de literatura y cine. Todos los días podía ir a un cineclub distinto sin apartarme mas que unos pasos de mi Facultad, todo eso en el campus tradicional de Ciudad Universitaria.

En aquellos primeros semestres de la licenciatura tuve el privilegio de llevar clases con Miguel Ángel Granados Chapa –que a la enseñanza del derecho para la comunicación añadía una edificante actitud ética–, Hugo Gutiérrez Vega –vehemente, creativo, cáustico–, Jorge Calvimontes –meticuloso profesor en materias de redacción–, Gustavo Sáinz –que me abrió las puertas de la literatura estadounidense que yo conocía apenas– entre otros maestros. De algunos pronto tuve la ocasión de ser su colega, sin dejar de aprender de ellos.

A comienzos de 1974, estudiante aún, la Universidad me contrató como ayudante de investigador, una categoría que ya no existe y que me permitió tener un ingreso regular pero, sobre todo, incorporarme al Centro de Estudios Latinoamericanos. Allí tuve la enorme fortuna de trabajar junto a varios de los académicos mexicanos más destacados de la Facultad (Arnaldo Córdova, Juan Felipe Leal, Manuel Villa, Salvador Hernández) y varios de los profesores que recién conformaban el exilio latinoamericano en nuestra Universidad como Clodomiro Almeyda, Ruy Mauro Marini, René Zavaleta, Agustín Cueva, Pío García, don Sergio Bagú. Años más tarde, después de un lustro en la Facultad de Economía, ingresé al Instituto de Investigaciones Sociales en donde llevo, ya, un cuarto de siglo.

La Universidad ha sido extraordinariamente generosa conmigo. No solo ha sido fuente de aprendizaje académico, cultural y cívico, además de mi fuente de sustento económico sino, lo más importante, gracias a ella conocí a mis amigos. Los compañeros con los que he compartido causas, regocijos y también tristezas, así como una concepción del país que tenemos y del que hubiéramos querido construir, los encontré en y gracias a la Universidad. Esa ha sido mi mejor fortuna, más allá del entorno personal y familiar.

Más allá de los homenajes

   Ahora que menudean los homenajes a la UNAM, yo tengo mis propios motivos para celebrarla. A diferencia de numerosos elogios, algunos de ellos convenencieros o frívolos, me parece que la mejor manera de enaltecer a la Universidad es ofrecer nuestro mejor esfuerzo cuando trabajamos en ella y, también, revisando sus deberes tanto como sus haberes. Lamentablemente, con frecuencia la autocrítica escasea entre los universitarios. En no pocos espacios de la estructura de gobierno y en los circuitos académicos de la UNAM, al señalamiento de carencias se le considera invectiva y a las opiniones distantes de los aplausos (ya sea que surjan desde dentro o fuera de la Universidad) se les toma como apostasía.

Los méritos de nuestra Universidad son tan sólidos como ampliamente conocidos. La formación de centenares de miles de jóvenes, la rigurosa y diversificada indagación científica, la presencia pública de una institución respetada y reflexiva, son parte del capital de la UNAM. Pero nada logramos solazándonos en esos reconocimientos.

En nuestra Universidad, hay amplios sectores apoltronados en la comodidad de la inercia laboral. Los merecidos laureles de la UNAM con frecuencia contribuyen a disimular impericias, desidias y simulaciones en el trabajo académico así como en la conducción de muchas de las áreas de esa institución.

Al comenzar la segunda década del nuevo siglo, la UNAM tiene la misma estructura que hace 40 o 60 años y muchos de sus problemas siguen sin resolverse. La insuficiencia de condiciones de enseñanza y estudio satisfactorias, la separación entre facultades e institutos, la definición sin deliberación de temas de investigación y programas docentes, la parsimoniosa actualización de planes de estudio, la reticencia a utilizar con plenitud las nuevas tecnologías de la información, la tortuosidad de muchísimos procedimientos administrativos, la abstracción de no pocos administradores respecto del trabajo académico, el lastre que más allá de los derechos laborales significan la indolencia y la inmovilidad propiciadas por el sindicato de trabajadores administrativos, la coordinación centralizada de las tareas culturales, la permanencia de mecanismos que concentran la designación de autoridades en manos de unos cuantos, la ausencia de evaluación forzosa para los profesores e investigadores y el mantenimiento de criterios autárquicos para definir promociones y reconocimientos, la inexistencia de proyectos de retiro para los académicos de más edad, la ausencia casi absoluta de opciones para la incorporación de académicos jóvenes, la reticencia a la rendición de cuentas, la escasez de compromisos expresos con la sociedad, esas son algunas de las carencias cuya discusión resulta inexistente o muy difícil en la Universidad.

Hace más de 20 años, en mayo de 1990, todos esos asuntos los examinamos en el Congreso Universitario que se proponía reformar a la UNAM. Los afanes de cambio tropezaron con intereses creados en cada uno de los temas de la ambiciosa agenda que los 846 delegados al Congreso discutimos durante tres semanas. En aquel enorme y vistoso encuentro, prácticamente no logramos un solo avance (a excepción de innovaciones como la creación de consejos académicos para cada área de conocimiento). Tres lustros más tarde se instaló una comisión para reformar el Estatuto del Personal Académico; sus integrantes sesionaron durante ¡seis años! y apenas recientemente presentaron un proyecto de ajustes a ese documento.

Jóvenes con asideros limitados

Le debo tanto a la UNAM que no quisiera contentarme con sumarme a los panegíricos que terminan por inmovilizarla como si se tratase de una institución exánime y no de la universidad que más jóvenes reúne en todo el país. Cuando recuerdo aquellos meses y años iniciales de mi formación universitaria me asombran, y me llenan de gratitud, las muchas oportunidades que desde entonces me dio la Universidad Nacional para aprender, socializar, deliberar y actuar.

Me preocupa reconocer que, si hoy tuviera 18 o 20 años, seguramente no hallaría las mismas ventajas de hace cuatro décadas.  Los jóvenes que hoy se encuentran en nuestra Universidad no disponen de tantas oportunidades como las que beneficiaron a mi generación. Nuestra institución y el país son otros y, aunque han mejorado en muchos aspectos, las posibilidades para estudiar una profesión y para hacer carrera académica son ahora proporcionalmente menores a las que teníamos cuando ingresé como estudiante y cuando hallé trabajo en la UNAM.

Esos temas los discutimos escasamente, o de plano los ignoramos, en la universidad de nuestros días. No digo que debamos invertir largas jornadas, como las de 1990, debatiendo la agenda de la UNAM. Pero no dejo de lamentar que el conservadurismo que afecta en tantas áreas de la vida pública mexicana se asiente también, aunque a veces con discurso aparentemente contestatario, en nuestra noble y querida Universidad.

También encuentro contrastes preocupantes en la formación e incluso el comportamiento de los jóvenes de ahora, en comparación con la circunstancia que experimentábamos en los años 70. Hoy las opciones de información y entretenimiento llegan a los receptáculos digitales que tienen todos o casi todos los jóvenes universitarios, pero en el campus no hay tantas oportunidades de formación cultural, ni tan accesibles, como los cineclubes a los que yo era adicto. La disputa política dejó de estar confinada al campus y una de las consecuencias de ese clima de más libertad y opciones de participación cívica en el resto del país fue el empobrecimiento de la deliberación dentro de la Universidad. Cuando estudiantes, leíamos con una fruición que hoy entre los muchachos solamente prolifera, si acaso, en el consumo de mensajes de Facebook. No pretendo que el tiempo pasado haya sido mejor. Pero las diferencias no necesariamente favorecen al pensamiento ni a la preparación profesional de los jóvenes y es infrecuente que esos problemas formen parte de nuestras preocupaciones en la Universidad.

Con todo, estar en la Universidad Nacional es un privilegio. Anoche mi hijo, que recientemente comenzó la preparatoria en una escuela incorporada, me mostró la credencial de la UNAM que le acaban de entregar. Es más colorida y resplandeciente que el cartoncito amarillo que fue mi primera credencial universitaria en marzo de 1972. Pero lleva el mismo apellido, junto al mismo escudo con el lema vasconceliano.

Así que mis motivos para apreciar a la UNAM, con sincero orgullo, han aumentado. Incluso cuando juegan bien, con el corazón y sin temores, los Pumas de mi equipo de futbol me dan satisfacciones como universitario. Eso sí, me niego categóricamente a cantarles con la tonadita esa, tan cursi e incluso medio racista, que se pregunta cómo no la voy a querer. Mejor un goya.

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5 comentarios en “Mejor un goya

  1. Querido Raúl, de corazón, gracias por compartirlo! Me conmovió! Es, como acostumbras, un artículo que seguramente hará vibrar a tus lectores, como yo, quienes tenemos mucho que agradecer a esa universidad, pero también por ser un acucioso análisis de sus insuficiencias Lo comparto con algunos de mis cuate(a)s de generación. Un abrazote! Y sí, un “Goya”

  2. Estimado Raúl!
    Muchas gracias por este texto en que retratas excelentemente los tiempos que viviste en la facultad; me hiciste recordar los que viví al entrar en 1976. A lo mejor fueron igual de plenos por esa ansia de querer transformar el país que vivimos.
    Creo que todos los que ingresamos en diferentes épocas a Políticas deberíamos seguir tu ejemplo y compartir lo que vivimos.
    Lo mejor de tu artículo es el planteamiento de lo que hace daño a la UNAM y que no hemos sido capaces de erradicar para eliminar lastres que afectan a la institución.
    Saludos y has logrado que aumente mi orgullo por ser parte de la historia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.
    Saludos!

  3. Esplendido gracias por las memorias y comentarios muy acertados acerca de nuestra Alma Matter, Aunque yo soy de la Facultad de Ciencias “solitas” Fisica Matematicas Biologia y Actuari, pertenesco a la misma generacion y compartimos las mismas preocupaciones e intereses de aquellas epocas. Todavia recuerdo los cine clubes los bebates en mi facultad asi como en Ciencias Politicas, Economia y Filosofia. La impresion tan grande de el conocimiento de la mayoria de nuestros profesores. Es una lastima que no se haya podido lograr un cambio mas importante en la politica de la Unam y de el pais donde todavia secundeamos a los paises desarrollados. Es una lastima porque hay gente con mucha calidad, conocimiento, experiencia y buenas ideas en Mexico pero los sistemas no ayudan al contrario mantienen el status quo, en fin vaya una Goya por nuestra Universidad.

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