Días de enfado

Publicado en emeequis

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Vacío, tristeza, abatimiento… el asesinato de 52 personas en el Casino Royale dejó una sensación de zozobra que durará varias semanas aunque posiblemente nada más que eso. Quisiera equivocarme pero es factible que nuevas tragedias, con todo y su cauda de torpezas, reproches y pesadumbres, reemplacen en el ánimo público a ese terrible episodio en Monterrey. La sevicia y estulticia de los criminales no encuentran límites, ni parece que exista todavía poder capaz de refrenarlos con eficacia.

Cartón de Omar, tomado de http://zachary-jones.com/zambombazo/

Hay quienes, ante esas desventuras, se refugian en el reproche instantáneo. Los bomberos todavía estaban rescatando víctimas del crimen en Monterrey cuando ya había personajes públicos que descargaban su indignación ocupándose de uno de tres temas que acapararon la agenda en los medios.

Primero se desató la discusión acerca de las licencias para casinos en esa y en otras ciudades. Sin duda es un asunto importante, pero no tanto como señalar y combatir a los verdaderos culpables del crimen. Por mucha corrupción y favoritismos que haya en la autorización de casinos, los responsables del incendio fueron otros y esa no era la inquietud principal, por lo menos durante varios días, en la discusión acerca de esa tragedia.

Luego se suscitó una curiosa escaramuza conceptual acerca del terrorismo. Juristas y especialistas en seguridad internacional, se lanzaron al ruedo mediático para descalificar el calificativo que el presidente Felipe Calderón utilizó para referirse a los criminales de Monterrey. Se trataba de un debate con indudable interés académico pero espoleado, antes que nada, por discrepancias políticas. Para sus impugnadores, al utilizar ese término el presidente quiso exagerar las implicaciones del crimen. Terrorismo es, insistieron, un escalón diferente en los desafíos a la seguridad nacional y se trata del propósito intencional para causar pánico en la población. 

Quizá los mentecatos que fueron enviados a incendiar el Casino Royale no imaginaron las consecuencias del crimen y nunca han deliberado acerca de las acepciones del término terrorismo. Pero cualquiera que decide incendiar los accesos a un recinto público podría imaginar qué ocurriría.

En tercer término la discusión en los medios, y por extensión en otros espacios como el Congreso, se concentró más en los reproches a las autoridades que en las exigencias de castigo tanto a los que perpetraron el crimen como a quienes los enviaron. Las críticas al gobierno, las descalificaciones a la guerra contra el narcotráfico emprendida hace casi un lustro y junto con ellas las implicaciones electorales de tales recriminaciones fueron tan previsibles como inútiles.

El presidente se parapetó en la reivindicación de su estrategia contra el crimen y expresó una sincera condolencia, pero el luto nacional no fue ni siquiera simbólico. La vida del país prosiguió como si nada y el gobierno mismo no tuvo sensibilidad suficiente para modificar la propaganda que ya estaba por inundar a los medios con motivo del informe presidencial.

Junto al estruendo social ocasionado por el crimen en Monterrey, los spots del presidente Calderón parecían caricatura de una realidad distinta a la que padecen los mexicanos amagados por la violencia en muchos sitios del país. El presidente perdió una oportunidad extraordinaria para convocar a la sociedad en el esfuerzo contra el crimen. Lejos de ello, mantuvo la campaña de anuncios en donde aparece como propagandista de un gobierno fundamentalmente fallido. Pero no es el único: ahí viene la publicidad con motivo del último informe de Enrique Peña Nieto.

Sin intuición, sin inteligencia política, la propaganda oficial, promovida por el gobierno federal o gobiernos estatales, contribuye a esa mezcla de irritación y amargura que domina el ánimo de no pocos mexicanos.

En esa disputa por el disparate, el ex presidente Fox dijo que hay que amnistiar a los narcotraficantes. Televisa, a su vez, le dedicó a la tragedia en Monterrey un programa en directo con testimonios de políticos, escritores y cómicos, pero tan acotado por la autocensura que no estuvieron los familiares de las víctimas. Ahora sabemos, por otra parte, que el hermano del alcalde de Monterrey recibía grandes fajos de dinero y su abogado replicó que eran pagos ¡por la venta de quesos de Oaxaca!

Esos dislates no resolverán nuestro abatimiento acerca de los asuntos públicos. Con algo de ironía, o de cinismo, nos podrían hacer reír. Pero sobre todo ensancharán la suspicacia respecto de la política. De esa reacción, los únicos que no se dan cuenta son los políticos.

 

 

 

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