Encuestas: no son cuestión de fe

Texto publicado en Zócalo, febrero de 2012

Están en el centro de la vida pública. No sólo eso: registran, exponen y a menudo definen la agenda de los asuntos públicos e incluso la reemplazan. Las encuestas se han convertido en tema de la democracia mexicana cuando debieran ser únicamente instrumentos de ella. Ni más, pero tampoco menos.

La utilidad de las encuestas radica en su capacidad para medir el ánimo de la sociedad o de sectores específicos de ella. Son una suerte de espejos de

Ilustración tomada de http://diegoarmario.wordpress.com

momentos determinados, y acerca de temas también precisos, en la vida de las sociedades.

Gracias a las encuestas el poder político y económico puede orientar sus decisiones para influir en los ciudadanos, pero antes que nada tomándolos en cuenta. Por eso las encuestas son recursos de la democracia: exponen la voz de la gente sin máscaras ni mordazas. Indican lo que saben y lo que ignoran, lo que apetecen y lo que abominan los integrantes de una colectividad. Y puesto que la expresan, las encuestas son también recursos de la sociedad misma que con ellas se autorreconoce.

En el diagnóstico que hacen propicio, las encuestas ayudan para que la sociedad atempere, enmiende o profundice las pulsiones que la conducen a comportarse de una manera u otra. Sin embargo, cuando se colocan por encima de los temas cuyo peso registran, las encuestas pueden convertirse en fetiches con los cuales sus beneficiarios o patrocinadores, o los ciudadanos mismos, creen que puede sustituirse a la sociedad.

Profesionales y mercachifles

Las encuestas pueden representar –haciéndola evidente, clasificándola, comparándola– a la opinión de la sociedad. Ese es su mérito. Esa, su limitación. Una encuesta, cuando está bien hecha, registra preferencias, intenciones o apreciaciones en un instante que puede ser tan fugaz como la pregunta que se le dirige al ciudadano. La respuesta puede haber sido fingida, para eludir compromisos. Cuando el encuestador termina su cuestionario y da las gracias por las respuestas, el entrevistado puede estar definiendo, ya, una opinión distinta. Esas son limitaciones inevitables en todas las mediciones de opinión.

Nos referimos a las encuestas hechas con escrupulosidad y profesionalismo. No podemos ignorar que hay mercachifles de la demoscopia que maquilan encuestas falsas. Pero cuando se habla de encuestas es como cuando se discute a la prensa o a cualquier actor de la vida pública. Hay medios de comunicación que engañan y ocultan hechos de manera deliberada pero ese no es periodismo. Así también, con las encuestas, es preciso separar a los mercenarios, cuando los hay, de los profesionales auténticos de la demoscopia.

De hecho, unos y otros se repelen mutuamente. Los encuestadores profesionales, igual que los medios de comunicación, viven de la confianza que son capaces de suscitar. Su patrimonio más importante es el prestigio profesional. Un encuestador que ha hecho trampa no será confiable nunca y si alguien lo contrata será únicamente para orquestar alguna nueva simulación pero sin posibilidades serias de que resulte verosímil.

Por eso los encuestadores profesionales dan a conocer sus metodologías, contrastan sus resultados mutuamente, tienen códigos de ética, se saben parte de un gremio expuesto al escrutinio público, reconocen errores cuando los tienen.

Nadie es infalible en esta como en prácticamente todas las actividades y por eso resulta saludable el cotejo y la discusión de los resultados de encuestas, particularmente cuando miden la opinión de los ciudadanos acerca de asuntos relevantes. Una muestra insuficientemente diseñada, problemas en el levantamiento de datos o incluso errores de cálculo, pueden alterar las opiniones de los ciudadanos entrevistados para una encuesta. Por eso es preciso recordar, invariablemente, que las encuestas no son espejos infalibles de la sociedad y mucho menos oráculos de ella.

Los simuladores que fabrican encuestas no resisten los códigos, la deliberación, ni la apertura que suelen tener los encuestadores profesionales. Se les distingue fácil. En las encuestas falsas solamente confían quienes encuentran en ellas subterfugios para alimentar sus propias creencias o intereses.

Márgenes de confianza

Así que al ocuparnos de las encuestas nos referimos a las de a deveras. Las que son realizadas por empresas que se han acreditado en la práctica profesional. En México estamos por cumplir un cuarto de siglo conociendo y utilizando encuestas acerca de asuntos políticos, desde que en 1988 se levantaron varios sondeos preelectorales. Antes de esa fecha hubo unas cuantas experiencias de medición demoscópica de preferencias políticas pero más limitadas y aisladas.

En este cuarto de siglo se han consolidado empresas de aptitud profesional reconocible, como la mayor parte de las que son citadas con más frecuencia en los medios de comunicación (Consulta Mitofsky, Investigaciones Sociales Aplicadas, Parametría, entre otras). También desempeñan un trabajo responsable los encuestadores de medios como el diario Reforma o, en indagaciones de mediano plazo, colectivos académicos como el que hace estudios de opinión en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Cualquiera de esos grupos puede cometer errores, pero no hay evidencias de que distorsionen datos de mala fe o de que los ajusten al interés de sus patrocinadores.

Una encuesta es un ejercicio de medición. Si se hace con utensilios adecuados, sus resultados son correctos. Cada paso en la preparación y realización de una encuesta tiene que ser riguroso. Si en el diseño muestral la escrupulosidad estadística es sacrificada por consideraciones financieras, si en el cuestionario hay preguntas equívocas, o si no hay verificación sobre el trabajo de los entrevistadores, las posibilidades de fallar aumentan.

Toda encuesta tiene márgenes de error. Mientras más numerosa es la muestra de entrevistados ese margen se reduce pero nunca desaparece del todo. Cuando registran opiniones diferentes y muy estadísticamente cercanas acerca de un asunto, las encuestas pueden tener distorsiones.

El margen de error y la metodología, acreditan la certeza en los resultados de una encuesta. Cuando se ajusta a los cánones estadísticos, la demoscopia tendría que ser tan confiable como la aritmética, la física o la astronomía. El problema es que las encuestas miden opiniones de personas, que son más veleidosas que los números, la ley de la gravedad o la rotación de los planetas. Y sobre todo, el atolladero con las encuestas radica en que son manejadas por seres humanos, que nunca permanecen del todo impermeables a intereses y ambiciones. Más aún, las encuestas son aprovechadas por hombres y mujeres tanto en el mundillo político, como en los medios de comunicación, que subrayan o soslayan los resultados de tales sondeos de acuerdo con propósitos de sensacionalismo, o de proselitismo.

No reemplazan a la política

Las encuestas registran un santiamén en el talante de la sociedad. Las personas con frecuencia cambian de opinión y de ello no son responsables las encuestas. La culpa del sobredimensionamiento que con frecuencia se hace de las capacidades de las encuestas, es de quienes encuentran tan conveniente un resultado que quisieran así se mantuviera la opinión de las personas representadas en tal sondeo.

Cuando un candidato va adelante en una encuesta, su equipo de propaganda querrá hacer creer que los ciudadanos votarán de esa forma. Pero las preferencias de la gente pueden cambiar súbitamente, aunque cuando se expresan de manera reiterada indican tendencias que posiblemente se mantengan. Ninguna encuesta permite anticipar el futuro, aunque las propensiones que registran pueden mantenerse en las decisiones de los ciudadanos. Eso es lo que olvidan los medios de comunicación al presentar resultados de encuestas como si fueran pronósticos.

Hay otro abuso reciente que ha ensanchado, desfigurándolo, el auténtico papel de las encuestas. Varios partidos políticos las utilizan –o dicen que eso hacen– para seleccionar a sus candidatos a cargos de elección popular. Se trata de organizaciones políticas que no cuentan con la estructura necesaria para escoger de entre sus militantes o simpatizantes a sus candidatos más relevantes, o que por diversos motivos no pueden o no quieren utilizar esa estructura. En esos casos, los partidos tratan de remediar tales insuficiencias acudiendo a la realización de encuestas.

La sola decisión de sustituir con un sondeo el proceso de selección, discusión, decisión y sobre todo construcción de acuerdos que en otras circunstancias implica el nombramiento de candidatos, manifiesta una lamentable pobreza política. Supeditados a las encuestas, los partidos confirman la fragilidad de sus estructuras, o la desconfianza que sus dirigentes tienen en los miembros y las instancias de gobierno de esa organización política.

Además, supeditar una decisión política de esas dimensiones a la opinión circunstancial de los ciudadanos convierte a la designación de candidatos en un torneo de popularidad en donde las imágenes adquieren mucho mayor peso que cualquier programa o idea.

De la misma manera que las encuestas no reemplazan las decisiones de los ciudadanos, tampoco remedian, cabalmente al menos, las carencias en el funcionamiento de los partidos. Sin embargo tales son algunas de las funciones que ahora se les asignan a los estudios de opinión. Las encuestas no pueden reemplazar a la política, ni a los partidos.

Mala noticia que sean noticia

Ese sobredimensionamiento en el papel público de las encuestas ha conducido a que constantemente sean noticia en los medios de comunicación. Se habla de ellas con una mezcla de reverencia a ignorancia que contribuye a mitificarlas todavía más.

Cuando la noticia son las encuestas y no sus contenidos, nos encontramos ante una vida pública en donde el fondo es desplazado por las formas. En vez de poner a discusión lo que hacen, dicen y proponen los candidatos y partidos, los medios de comunicación quedan seducidos –y a su vez embaucan así a sus públicos– con la palabrería que políticos y publicistas construyen alrededor de las encuestas.

Una sociedad madura, en vísperas de la elección presidencial, estaría discutiendo las posiciones de los candidatos ante el desempleo, la precariedad industrial, la política social, las reformas fiscales, etcétera. En vez de ello, nos conformamos con el desfile de ilusiones o consternaciones, aderezadas con cifras, que ofrecen las encuestas. La noticia no tendrían que ser los resultados de los sondeos de opinión, sino las causas del ánimo social representado en tales datos y las soluciones que ante tal escenario presentan quienes aspiran a gobernarnos.

A tales abusos, así como a la ignorancia acerca de lo que son y lo que no, se deben algunas apreciaciones frecuentes sobre las encuestas. Cuando alguien dice yo no creo en las encuestas, expresa una suerte de estado de ánimo suspicaz y maltratado pero, también, una ignorancia frecuente. Las encuestas no son asunto de fe. El dilema no es creer o no en ellas, sino entenderlas y aprovecharlas como herramientas para conocer a nuestra sociedad.

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2 comentarios en “Encuestas: no son cuestión de fe

  1. Me refiero a su comentario: “Toda encuesta tiene márgenes de error. Mientras más numerosa es la muestra de entrevistados ese margen se reduce pero nunca desaparece del todo. Cuando registran opiniones diferentes y muy estadísticamente cercanas acerca de un asunto, las encuestas pueden tener DISTORSIONES.” De su mismo artículo, unas líneas después Ud aclara, cual se debe, que no son las encuestas las que DISTORSIONAN las mediciones de preferencias o para el caso que las CONLLEVEN, al haber mediciones que expresan resultados casi coincidentes de opiniones encontradas, sino que son los abusos de los que manipulan la presentación de esos resultados, estadísticamente coincidentes, los que DISTORSIONAN los resultados.
    Adicionalmente lo felicito por el presente artículo, el mejor que he leído de lo que significa una encuesta de oponión, en todos los años de mi vida adulta y obervador de los acontecimientos de México. Tengo años suficientes para haber sido testigo de los inicios de aplicación de encuestas para sondear preferencias políticas-electorales desde 1988 (y poco antes) en aquellos días por un equipo de Don Rolando Cordera y la U de Guadalajara, que fueron muy profesionales. También, si gusta Ud. por sesgo profesional y una cultura innata muy matématica de mi persona, por supuesto que todas las limtantes de una encuesta que Ud. señala me son conocidas y siempre las he tenido presentes, en las discusiones, a veces muy vivas en los procesos sexenales del 88, 94, etc. al presente. Y me resultó muy triste ver como la existencia de algunos de los abusos que Ud adecuadamente y oportunamente describe, fueron sistematicamente usados por colegas académicos para descalificar muchos procesos políticos, que con sus limitantes y defectos, sí fueron peldaños en el ascenso para construir los procesos democráticos que ahora sí son una realidad; y las encuestas que no favorecieron muchas veces sus preferencias se utilizaron como pretextos tercos para descartar las evidencias de que sus opiniones o preferencias NO son o eran los de la MAYORÍA de los mexicanos.

  2. Su fundamento para aseverar ciertas cosas del estatus político de la PPA (población políticamente activa), tiene el defecto genético de que sigue apoyándose en el más débil de los instrumentos que existen (en México) para tales fines; las mal llamadas “ENCUESTAS”. Especialmente las de su periódico REFORMA (Junco, from USA), que como las de El Universal (Ealy), las de Milenio (Liebano) y las de Tara Visa (Mintiovsky) que son tan parciales a los intereses de sus propietarios, y tan “dirigidas” como los selectos y reducidos “universos” clase medieros a los que reducen a los encuestados.
    Sin ir muy lejos, y con la verdadera “ENCUESTA” que han significado las propias elecciones, yo le sostengo, y le pruebo, que no hay tan solo un porcentaje mayor al 60% de la PPA que está indecisa e indefinida para apoyar a cualesquiera de los Candidatos, sino que además, ni le importa ir a Votar, y que les vale madre si es el PRI, el PAN, el PRIAN, el PANPRI, el PRD, o el PRINAPRD, quien los va a seguir desgobernando y usando y abusando del Poder y del erario públicos para beneficio de sí mismos, precisamente, porque “piensan” (o los hacen pensar) que “TODOS LOS POLITICOS SON IGUALES”, sin meditar, elementalmente, que no todos los Políticos son Partidistas, y que la mayoría de los Partidistas ni siquiera son políticos, en el término estricto de la palabra.
    La Polis medianamente activa de nuestra sociedad, se está tornando medianamente pasiva, pero no por los continuos y repetidos malos gobiernos (no ha habido de otros), sino por las quejas lastimeras, resignadas y paralizantes de la “Inteligentzia Nacional” que representan los analistas y comentaristas políticos del llamado “Circulo Rojo”, que ahora, para aparentar ser muy “democráticos”, juzgan, condenan y señalizan a todos, excepto a sí mismos. Con excepciones como la de D. Dresser, quien le entregó a Javier Corral su aval y honra, y ahora no haya, ni juntos, como enfrentar el “cochinero” de su perdida pre elección senatorial en Chihuahua.
    Hablar, sin ser cierto, que ninguno de los Candidatos representan opciones creíbles o válidas para el electorado mexicano; es darle vuelo y fundamento al propósito Peñanietista de que “vale más mal conocido que peor por conocer”. O justificar la inacción y ruptura de compromisos democráticos del PAN con la población que les creyó en el 2000, o lo peor, que sigan imponiéndose los “votos duros”, cada vez mas minoritarios de los nefastos integrantes de la Partidocracia Prianista (Y del PRD).
    Es una mala práctica mediática (que solo los conocidos aduladores dominantes llevan a cabo), poner en el mismo sartén al PAN, al PRI, al PRD y a MORENA, y todavía peor, agregar en este coctel inofensivo al último aborto de la Gordillo para la incompetencia electoral del PANAL, el tal Quadri.
    Por esto precisamente, es por lo que la PPA se va reduciendo cada vez más, y es lo que promueven concentradamente los miembros de la Partidocracia del PRIANPRD, porque saben y entienden que “entre menos burros, mas olotes”, al fin que, aquí sí, todos los políticos decentes están de acuerdo en que nadie tendrá la ocurrencia de llamar a la toma del poder a través de la violencia, sino que predicarán siempre el “estar sometidos voluntariamente a la vía pacífica y al Estado de Derecho”. (Risas inaudibles de mi parte).
    Y si aun y con estas limitaciones, y sabiendo que no hay cambio social posible de fondo mientras perdure vigente el modelo económico que lo prohíja, ustedes insisten en descalificar por parejo, o igualar a los contendientes en su méritos y deméritos políticos, lo que, naturalmente, lleva a los pocos que los leen o escuchan y ven, al desencanto y frustración por el activismo político, o a incumplir el simple deber de ejercer su Voto de manera consciente y deliberada.
    Deliran ustedes, junto a mi querida Carmen, si piensan que EPN y JVM (y el tal Quadri) se van a prestar a que los “Acribillen” con cuestionamientos incontestables (por la incapacidad innata e inconveniente de estos Candidatos) y asistan a MVS (Como lo hizo y pidió AMLO) a un linchamiento por parte de lo que ellos mimos llaman; “El Circulo Rojo”.
    Andrés Manuel lo hizo, porque aparte de su verdadera convicción por enfrentar a todo cuestionamiento de manera frontal y seria, jamás imaginó que no tan solo lo intentaran hacer ver mal, sino que le echaran bola cuatro por uno, y además le intentaran reducir sus tiempos de respuesta, por el espacio limitado, lo que equivale a una emboscada inequitativa per se, y más condenable, por provenir de un supuesto “fuego amigo”.
    Ni se imagine siquiera que sea yo algún incondicional de AMLO; simplemente veo con los ojos y escucho con los oídos, y hago retrospectiva sobre la situación general de la población mexicana (entre los que yo me cuento), y no me ha alcanzado, desde 1968, año en que fui parido políticamente como ciudadano PPA), para distinguir algún mérito notable y plausible de ninguno de los oponentes del PRI o del PAN (o hasta de los nefastos Chuchos del PRD) que los hagan y conviertan en mejor opción política, por ahora, para sentar algunas bases de la reconstrucción y regeneración de nuestra nación, pues como lo dice ciertamente el candidato de MoReNa: “Solo el pueblo organizado puede salvar al pueblo desorganizado”.

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