El carro completo ya no funciona

Publicado en emeequis

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¿Genio y figura? De los gobernantes, cuando llegan al poder, avistamos gestos, modales, inflexiones, porque tenemos necesidad de anticipar su comportamiento. La biografía siempre es útil: hay rasgos en el carácter y las convicciones (o en la ausencia de ellos) que definen actitudes tanto en la vida privada como en el ejercicio público. Pero es el comportamiento en situaciones drásticas el que manifiesta con más crudeza las capacidades para administrar y orientar, mandar y conciliar.

Enrique Peña Nieto es, muy posiblemente, el presidente de la República más conocido por los mexicanos al comenzar su gestión. Virtudes de la televisión: yaPena Nieto Toma posesión era célebre cuando se formalizó su candidatura presidencial, lo era indudablemente en la elección de julio. Seguirá siéndolo si cada paso suyo es registrado por el ojo ubicuo de la televisión con la misma atención que recibió su mandato en el Estado de México.

Pero haberlo visto en televisión no es, necesariamente, conocer bien a bien al nuevo presidente. Sobre todo, porque en las pantallas caseras hasta ahora se difundieron extensa y machaconamente fragmentos de sus actos multitudinarios, promesas de campañas o incluso reflejos seleccionados de su vida privada. De la imagen de Peña Nieto hay abundantes registros. De sus modos políticos, no tanto.

 

Talante es destino

Mucha figura, pero aún no sabemos cuánto genio. Me refiero a dos de las  acepciones de ese término. Del temperamento de Peña Nieto hay testimonios parcos. De su capacidad intelectual se saben, sobre todo, anécdotas y burlas. Los memes en Facebook resultan absolutamente inútiles para definir un perfil confiable.

No conozco a Peña Nieto. Conocí, antes de que llegasen a Los Pinos, a los cuatro anteriores presidentes. De Carlos Salinas era apreciable, largo tiempo atrás, su inteligencia brillante. Pero nadie hubiera acertado a prever los saldos de la gestión que comenzó en 1988 con inéditos aprietos políticas, enderezó exitosamente el rumbo y terminó agobiada por inesperadas turbulencias. Nadie se llamó a sorpresa con la estrategia de privatizaciones del salinismo pero la extensa política social que desplegó al mismo tiempo era difícil de esperar antes de ese gobierno.

Con Ernesto Zedillo todo era previsible porque no parecía y quizá tampoco quería ser presidente de la República. La ortodoxia económica en la que se formó no le bastó para enfrentar la crisis fortísima de 1995 y tuvo que tomar decisiones inéditas como el préstamo megamillonario que le pidió –y que pagamos— a Bill Clinton y la vituperada pero inevitable creación del Fobaproa. La defensa a ultranza de la ley que repitió en numerosos discursos se contradijo con la maquinación para incriminar a la familia de su antecesor y en episodios como la huelga en la UNAM que padeció la inacción del gobierno.

La retórica desparpajada, la irresponsabilidad política y las filias empresariales de Vicente Fox eran del todo previsibles. Sólo quienes no lo habían escuchado se asombraron de su casi irrefrenable capacidad para desperdigar desatinos. No era tan fácil imaginar, en cambio, su tolerancia ante asuntos delicados como el aborto. Y aunque se esperaba cierta condescendencia con poderes fácticos como el de las televisoras, ni siquiera en Televisa anticiparon el allanamiento del poder político ante el interés de las corporaciones mediáticas que distinguió varios momentos de ese sexenio.

El primer presidente panista no decepcionó a quienes sabían de sus limitaciones. El segundo, en cambio, fue un desengaño enorme para quienes, aunque discrepáramos de sus puntos de vista, llegamos a estimar la inteligencia política, la habilidad negociadora y el respeto por las ideas que había exhibido Felipe Calderón. En la presidencia lo alcanzó el Principio de Peter. Había sido buen dirigente político y eficaz legislador. Pero se hundió cada vez más en la silla presidencial, se aisló de la sociedad (particularmente de la sociedad crítica), se parapetó en una autocomplacencia patética pero sobre todo costosa para el país. Carlos Castillo Peraza nos lo había advertido. A Calderón lo desbordaron la soberbia y la ineptitud, que siempre hacen una combinación desastrosa. Por supuesto, padeció un contexto de violencia que nadie o casi nadie previó cuando comenzaba su gobierno.

Habría que decir mucho más en un balance completo de esas gestiones presidenciales. Quizá con Calderón las líneas anteriores son más severas porque las consecuencias de sus errores son muy recientes y porque se dejó avasallar demasiado pronto y demasiado fácil por poderes que tenía la obligación de enfrentar como el del sindicato de maestros y el poder de las televisoras. Pero me interesa subrayar la dificultad para anticipar el comportamiento de los presidentes en contextos a los que, prácticamente por definición, los abruman distintas incertidumbres.

Los presidentes llegan al poder pertrechados con habilidades, alianzas, compromisos y experiencias que se potencian o empequeñecen según su capacidad para enfrentar circunstancias difíciles. Cuando Salinas llegó al gobierno era impensable que tan sólo un año más tarde el mundo habría cambiado con el desmoronamiento de las murallas tras la cuales se mantuvo la hegemonía soviética. Salinas supo entender esos cambios internacionales y aprovecharlos, pero más tarde quedó abrumado ante las tragedias políticas (Chiapas, Colosio, Ruiz Massieu) de 1994. Calderón, en un momento muy distinto, es muestra de los impedimentos para enderezar una estrategia exitosa.

 

presidentes-de-mexico-estampasPragmatismo sin sonrojo

Las biografías políticas, de todos modos, son útiles. Como no conozco a Peña Nieto, en los meses recientes pregunté cómo es a una docena de amigos que sí lo han tratado. Todos los testimonios que recabé en esa encuesta privada discrepan de los estereotipos que durante la campaña inundaron las redes sociales. Mis interlocutores, que en algún momento lo han sido del ahora presidente, coinciden en mencionar tres rasgos. Antes que nada Peña Nieto es extremadamente cordial, pero no con la calidez de quien saluda con afecto sino con una formalidad casi fría. En segundo lugar, sabe escuchar. No es de esos políticos que lo saben todo o casi todo (como Salinas) o que simulan que lo saben todo (como Fox). Peña Nieto, dicen, oye con atención, deja que la gente hable, asiente o de cuando en cuando pregunta si algo no ha quedado claro. Un tercer rasgo del ahora presidente lo relatan menos personas: es persuasivo, cuando sus posiciones no prosperan puede negociar, el regateo que suele ser parte de la política no le resulta ajeno. Eso dicen.

Le interesan los resultados. Para saberlo no hace falta recibir confidencia alguna sino atender a sus declaraciones públicas. En mayo de 2011 Ignacio Rodríguez Reyna recogió esta frase que Peña Nieto les dijo a dos conductoras de televisión: “Más allá de las ideologías, soy un político pragmático” (emeequis, 16 de mayo de 2011).

En esta era de Twitter y de las frases cortas como reemplazo de la deliberación, esa definición que Peña Nieto hizo de sí mismo es paradigmática. Al ahora presidente no lo ciñen las coordenadas ideológicas. Aquellas discusiones enconadas que los viejos priistas llegaban a sostener acerca de su ubicación en la geometría política son cosa del pasado. Es imposible imaginar a Echeverría o López Portillo deslindándose de una ubicación ideológica precisa. Incluso Adolfo López Mateos, al que dicen Peña Nieto admira quizá por la oriundez mexiquense (sí, ya sé, hay quienes aseguran que nació en Guatemala) se decía “de izquierda dentro de la Constitución”.

Para el nuevo presidente esas son menudencias. El realismo sustituye a la  doctrina. Lo que importan son los resultados. No está mal en un escenario de diversidad política como la que define a México desde hace varios años. La obcecación ideológica no paralizará al gobierno. Pero un gobierno sin coordenadas se bambolea al garete de las coyunturas y los intereses.

Las definiciones que Peña Nieto presentó en su campaña fueron tan generales que no bastan para articular un programa de gobierno. Por eso su discurso de toma de posesión ha sido tan esperado. Más allá de lo que haya dicho en esa ceremonia, el rumbo del nuevo gobierno estará señalado por sus primeras decisiones.

¿Tiene un proyecto definido para su administración? ¿Cuenta con un esquema del país que quisiera moldear? No, si reconocemos que para tomar casi cualquier decisión relevante Peña Nieto necesita lograr acuerdos al menos con uno de los dos partidos en la oposición, el PAN o el PRI. Sí, de acuerdo con quienes ha descrito su estilo de gobierno.

En una semblanza del nuevo presidente, Carlos Tello Díaz ofreció una descripción muy distinta de la imagen que prosperó entre los malquerientes de Peña Nieto: “Un candidato extraordinariamente disciplinado, que ha planeado o todo sin improvisar nada, con años de anticipación: racional, eficaz y frío”. (Nexos junio de 2011).

Eficacia: para subrayarla, a Peña Nieto le gustaba protocolizar ante notario sus promesas de campaña. Ahora el testimonio principal de sus actos de gobierno lo dará la sociedad mexicana.

La clave de la eficacia de Peña Nieto cuando gobernó el Estado de México fue una intencional y exitosa, pero también profundamente alevosa concentración de poder. El PRI se le disciplinó recuperando la forzosa homogeneidad que había perdido años atrás. La oposición mexiquense prácticamente se desvaneció porque legisladores y dirigentes estatales, aunque ubicados en otros partidos, se subordinaron a las instrucciones políticas de Peña. Otro bosquejo biográfico, escrito por Carlos Puig, delinea así el talante del hoy presidente: “Acostumbrado al éxito, emperador de Toluca y sus alrededores por seis años, Peña no imagina el fracaso” (Letras Libres junio de 2012).

Más nos vale que le vaya bien. Pero en el gobierno de la República enfrentará dificultades que no padeció en el priista terruño mexiquense.

A Peña Nieto lo ha beneficiado la práctica del carro completo. La concentración de poder, merced a los recursos que sea necesario poner en práctica, le permitió gobernar su estado sin problemas frecuentes. En su nuevo encargo no podrá hacer lo mismo. Así que se reinventa, reconociendo que gobernar este país obliga a buscar y lograr una conciliación incesante, o a pesar de todo el oropel mediático y político que lo ha favorecido –y precisamente debido a esa preeminencia de la forma por encima del fondo—tendremos otra presidencia fallida.

 

 

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