¿Qué pasó en 2012? Encuestadores y medios de comunicación

Publicado en Zócalo en dos partes, diciembre de 2012 y enero de 2013

  Las encuestas electorales, en 2012, fueron víctimas de su propio éxito. Durante un cuarto de siglo han acompañado a la vida pública mexicana, a la que en alguna medida han contribuido a solidificar. Ahora hay quienes, desde una perspectiva atrasada y parcial, consideran que son un riesgo.

Las encuestas han sido termómetro de la cultura política, registro de veleidades en las opiniones ciudadanas, acompañamiento indispensable para entender y a veces para hacer poln bien hechas . Cuando

Ilustración de Cristián Hernández tomada de http://desdelarepublicadominicana.blogspot.mx/
Ilustración de Cristián Hernández tomada de http://desdelarepublicadominicana.blogspot.mx/

están bien hechas han sido contribución valiosa y, en buena hora para los profesionales de esa tarea, negocio bien remunerado. También han sido pretextos para simulaciones y engaños. Al cabo de 25 años, desde que en 1988 comenzaron a publicarse encuestas de preferencias electorales, la sociedad ha aprendido a distinguir a los farsantes, de los especialistas calificados en la técnica de la demoscopia.

Las encuestas son instrumento fundamental para justipreciar y entender a la sociedad. Constituyen, como tanto se ha dicho, radiografías de momentos específicos en el talante de los ciudadanos. Ni menos, ni más. Pero esos límites han sido indebidamente franqueados por políticos, medios de comunicación y encuestadores.

Información o especulación

Entre los políticos, no han sido pocos quienes han querido ver en las encuestas no solamente evaluaciones de los estados de ánimo de la sociedad, sino herramientas para influir en él y modificarlo. Sin entender a la sociedad compleja que tenemos ahora, han supuesto que los ciudadanos se comportan como rebaños que siguen acríticamente a aquellos que les dicen van delante en los sondeos de opinión.

Gobernantes y candidatos, se disgustan cuando las encuestas no les favorecen como si ese registro fuera imputable a los estudios y no a las variadas causas que influyen en la opinión de los ciudadanos. Los personajes públicos así contrariados expresan tanta ingenuidad, o tanto como cuando se alegran irigentes partidarios, se disgustan cuando las encuestas no les favorecen con tanta afán manipulatorio, como cuando se alegran con los resultados de encuestas realizadas a modo para favorecerlos.

La politización excesiva de las encuestas ha ido de la mano con su descalificación inopinada. Al hacerlas instrumentos del litigio político, dirigentes y candidatos, e incluso legisladores, contaminan la utilidad social de las encuestas y distorsionan sus auténticas posibilidades.

Los medios de comunicación también concurren para desfigurar el sentido auténtico de las encuestas, cuando les adjudican capacidades que no tienen. Los medios han contribuido de manera importante a extender la cultura de las encuestas difundiendo sus resultados y, con frecuencia, incluso financiándolas. Eso está bien. Pero los operadores de algunos medios no se han conformado con publicar descripciones de lo que opina la sociedad y han pretendido que las encuestas son predicciones de lo que harán los ciudadanos.

Apuntalándose en esa utilización metodológicamente incorrecta y políticamente irresponsable de las encuestas, esos medios confunden la información con la especulación. Por supuesto siempre es más atractivo decir a los lectores que las encuestas vaticinan el escenario político en vez de reconocer que lo describen y miden sus cambios. Pero sostener que una encuesta presagia el resultado de las elecciones constituye un embuste, tan reiterado que en ocasiones recientes ha sido, incluso, autoengaño.

Los encuestadores en ocasiones contribuyen a tales engaños. Nadie mejor que ellos conoce capacidades y limitaciones de las encuestas. Pocos, como ellos, han explicado y reiterado para qué sirven y para qué no son útiles los estudios de opinión. Sin embargo, a veces algunos encuestadores caen en la tentación de considerarse augures en vez de reconocer que sus evaluaciones ayudan a entender el presente pero no anticipan el futuro.

Esa embaucadora presentación de las encuestas como si fueran profecías desfigura la importancia de dichos instrumentos para entender a la sociedad. Las encuestas, cuando están bien hechas, registran definiciones y modificaciones en la actitud de los ciudadanos acerca de los asuntos públicos. Tales actitudes conforman tendencias que pueden traducirse en decisiones de los ciudadanos.

Una encuesta electoral, cuando se realiza de manera periódica, permite apreciar persistencias o mutaciones en las opiniones de la sociedad. Gracias a ella se pueden diseñar escenarios que, invariablemente, es preciso describir en tiempo condicional: si se mantienen esas tendencias, si no hay variaciones, si la opinión de uno u otro segmento de ciudadanos no cambia, entonces la decisión en las urnas podría ser parecida a la intención que han registrado las encuestas.

Tales escenarios son ejercicios para entender la realidad pero no la reemplazan. Entre la aplicación de cuestionarios y la hora de las urnas transcurren varios días durante los cuales los ciudadanos están expuestos a informaciones y deliberaciones, tanto en los medios de comunicación como en los más variados espacios de socialización de los asuntos públicos, que pueden modificar las opiniones que han sido registradas en las encuestas.

Diagnósticos, no pronósticos

Ese es el ABC de la demoscopia. Todo esto es tan sabido, y debiera ser tan evidente, que da bochorno detenernos en tales lugares comunes. Pero en el proceso electoral de 2012 asistimos a una magnificación tan artificial de las capacidades de las encuestas y, más tarde, a una condena tan irracionalmente persecutoria de esos instrumentos de medición e incluso de sus autores, que no hay más remedio que machacar en obviedades que en los meses recientes no lo han sido tanto: las encuestas son diagnósticos, no pronósticos.

Por eso, es absolutamente erróneo tratar de medir el éxito de una encuesta electoral comparándola con el resultado de las votaciones. Si la encuesta ha sido bien realizada, la similitud de sus resultados con la decisión de los ciudadanos en las urnas únicamente refleja que las opiniones políticas de los votantes no han cambiado, o han cambiado poco. Pero la mayoría de analistas, medios de comunicación e incluso encuestadores, califican a las encuestas de acuerdo con la cercanía que han tenido, o no, con los resultados electorales.

Uno de los especialistas más serios en ese campo, Alejandro Moreno, responsable de los sondeos de Reforma, ha dicho incurriendo en esa equivocación igual que muchos de sus colegas: “las encuestas no pueden ser sentenciadas antes de que se emita una votación. Antes de unos comicios las encuestas se pueden valorar por la claridad de sus metodologías y por la transparencia de sus fuentes de financiamiento; pero el dictamen final de si fueron certeras y precisas se da hasta después de las elecciones” (Alejandro Moreno, “El desliz de las encuestas”. Reforma, 12 de agosto de 2012).

Para desgracia de los encuestadores que han querido creerse la superchería de que son adivinos, las sociedades de nuestros días son crecientemente complejas. Junto a los segmentos de la población que mantienen opiniones siempre o casi siempre idénticas, hay otros cuyos puntos de vista son frecuentemente volátiles. El escenario político abunda en acontecimientos que pueden modificar de una semana a otra, a veces incluso de uno a otro día, las posturas de los electores.

Entre los ciudadanos hay biografías, experiencias, intereses y contextos muy variados. Las fuentes de información a las que acuden se diversifican y cambian todos los días. Los espacios en donde socializan sus puntos de vista no se reducen a los ámbitos tradicionales en los que antes se forjaban convicciones, liderazgos y adhesiones.

La sociedad de masas ha dejado de ser un extenso territorio en donde se extienden opiniones idénticas para transformarse en una versátil colección de espacios en donde el contraste, la diferencia, las afinidades coyunturales y la negociación constante definen la reconstrucción permanente de opiniones sobre los más variados asuntos. La sociedad de masas de este siglo 21 está integrada por individuos que son, valga la perogrullada, distintos entre sí.

Por eso cualquier medición del clima o los microclimas de opinión en esta sociedad compleja registra instantes; en ocasiones hace posible identificar predisposiciones. Pero el futuro solamente lo anuncian los astrólogos y los mayas… y para fortuna nuestra también ellos se equivocan.

Afán prohibicionista

En las encuestas mexicanas hay dos problemas adicionales que dificultan la medición de tendencias electorales. El primero de ellos se encuentra en la legislación. Está prohibido publicar encuestas durante los tres días previos a cada elección federal. Además, como es bien sabido, las empresas e instituciones que quieran levantar encuestas tienen que ceñirse a criterios metodológicos establecidos por la autoridad electoral (Artículo 237 del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales).

Ambas disposiciones anteponen la tutela del Estado por encima de la libertad de los ciudadanos para conocer, elaborar y difundir encuestas independientemente de la metodología con que se realicen y del momento en que se publiquen. El ayuno demoscópico que se impone antes de las elecciones además es discriminatorio porque los candidatos y dirigentes de partidos, o los directivos de cualquier institución que encargue la elaboración de una encuesta, pueden disponer de información que a los ciudadanos les está prohibido recibir en los días anteriores a la votación. La autoridad electoral, como si le faltaran tareas, tiene que convertirse en interventora de encuestas.

Con esas reglas, las encuestas que pueden conocer los ciudadanos antes de una elección son las que han sido levantadas incluso una semana previa a las votaciones. El seguimiento de preferencias ciudadanas que registran las encuestas realizadas de manera serial queda interrumpido a causa de la creencia de que, en los días anteriores a la votación, los electores deben estar a salvo de influencias como si no hubieran estado expuestos a ellas durante meses. El veto a la publicación de encuestas, trata a los ciudadanos como menores de edad. En una sociedad madura, o que aspira a serlo, nunca es defendible el ocultamiento de información.

Es pertinente ocuparnos de las reglas para las encuestas porque recientemente se han presentado algunas iniciativas de ley que intentan hacer más rigurosa la supervisión estatal sobre ellas. Resulta especialmente preocupante la propuesta que presentaron en septiembre de 2012 los diputados Gerardo Villanueva y Martí Batres, en ese momento miembros del PRD, para prohibir la difusión de encuestas durante toda la campaña electoral.

La exposición de motivos de esa iniciativa es emblemática de los prejuicios que se han extendido entre algunos segmentos de la llamada clase política acerca de las encuestas: “pueden ser pervertidas en su origen y ser utilizadas para fines egoístas y fuera de la naturaleza de la investigación social, como propaganda que busque influenciar negativamente en los prosélitos para cambiar su voto”. Esos legisladores rechazan que la democracia implique tener un país “en donde se permite la libre y hasta libertina transmisión de todo tipo de información sin filtros aparentes” (“Iniciativa que reforma el Artículo 237 del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales, a cargo de Gerardo Villanueva Albarrán y suscrita por Martí Batres Guadarrama, diputados del Grupo Parlamentario del PRD”. Gaceta Parlamentaria, Cámara de Diputados, jueves 6 de septiembre de 2012, Anexo II, pp. 39 – 43).

Cuando desde el poder político se habla de perversiones y de influencias negativas hay que encender las luces de alerta. Pero cuando se habla de libertinaje (término de la retórica diazordacista) y de la necesidad de crear ¡filtros! para determinar qué puede conocer la sociedad, entonces hay que considerar que estamos ante escandalosas amenazas contra los ciudadanos [1].

A fin de preservar a tales ciudadanos de tan funestas amenazas, los mencionados diputados plantean medidas de censura: “en aras de respetar los principios de equidad y certidumbre en las elecciones, será mejor evitar la difusión de cualquier tipo de cifras provenientes de estas herramientas durante el período de campaña y hasta el cierre de las casillas en la jornada electoral”. Incluso, proponen sanciones penales (cárcel) para quienes infrinjan esa prohibición.

Fe, disculpas y desengaños

La diferencia entre el diagnóstico sostenido durante varios meses por las encuestas más conocidas y el resultado en las urnas del 1 de julio ha conducido a numerosos comentaristas, e incluso a directivos de medios de comunicación, a sostener que hubo un trabajo erróneo en la medición de las intenciones de voto.

El caso más conocido fue el del diario Milenio, que además propagó el esfuerzo de medición más importante al publicar durante tres meses una encuesta diaria, realizada por GEA-ISA. La creencia en la capacidad predictiva de ese ejercicio fue subrayada por el periodista Ciro Gómez Leyva, director editorial de Milenio, semanas antes de las elecciones:

“Para nosotros, la difusión de la encuesta de seguimiento diario no es asunto de fe. Es un ejercicio que no se había hecho en una presidencial en México y, simple y sencillamente, no nos podemos equivocar. Y el único dato que definirá nuestro grado de acierto o error será el resultado de la elección. No hay más.

“Si, por ejemplo, el 27 de junio, último día en que difundiremos la encuesta, Peña Nieto apareciera 15 puntos arriba y terminara ganando apenas por uno o dos, habríamos fracasado. Los candidatos saben que también nos jugamos el pellejo ese domingo, y que solo un suicida se pondría a trampear cifras en esta intemperie” (Ciro Gómez Leyva, “El pellejo que nosotros sí nos jugamos el 1 de julio”. Milenio, 31 de mayo de 2012).

Era de llamar la atención esa certeza de Gómez Leyva, que es un periodista inteligente y serio, en la encuesta de GEA-ISA como instrumento para anticipar el resultado electoral. La convicción en tal atributo de la encuesta fue tal, y el contraste entre la votación del 1 de julio y los datos de la encuesta fueron tan contrastantes, que explican la reacción del mismo periodista después de las elecciones:

“Editorialmente, no hay justificación que valga. Anunciamos el miércoles, luego de 100 días consecutivos de medición y publicación, que Enrique Peña Nieto superaría por 18 puntos a Andrés Manuel López Obrador. Peña Nieto le ganó por 6.5. Falló la encuesta de seguimiento diario MILENIO-GEA/ISA. Por eso, antes que nada, una disculpa a nuestros televidentes y lectores, leales compañeros en estos tres meses de emocionante travesía. Como empresa periodística fallamos en lo más valioso: la precisión informativa” (Ciro Gómez Leyva, “Falló la encuesta MILENIO –GEA/ISA”. Milenio, 3 de julio de 2012).

Las explicaciones del director editorial de Milenio fueron desusadas en un gremio periodístico autocomplaciente, que no suele ventilar en público sus dificultades y que no está acostumbrado a la autocrítica. Pero esas excusas no hubieran sido necesarias si los editores de Milenio no hubiesen considerado que la encuesta que contrataron auguraría con precisión el desenlace electoral.

Si los medios que patrocinaron esa y otras encuestas hubieran explicado no solamente sus márgenes de error sino, además, las implicaciones de las respuestas sin preferencia explícita, los lectores y televidentes podrían haber entendido mejor las limitaciones de tales mediciones.

En esa ausencia de explicaciones suficientes tuvieron responsabilidad encuestadores y medios. Pero la presentación de resultados, la importancia que se le da a un dato y no a otro, la jerarquización de esas informaciones dentro del menú de noticias de cada día y, en fin, el aprovechamiento de las encuestas como anzuelo periodístico, son decisiones que toman los operadores de cada medio de comunicación. En ese contexto adquieren mayor sentido posiciones como la que muy poco después de la elección difundió la empresa Parametría:

“Parece que no es suficiente decir que hacemos diagnósticos, no pronósticos, para el tamaño de sobrestimación que se observó. Es el papel que se nos quiere dar en los medios de comunicación, no el que escogimos. Aun haciendo nuestro mejor esfuerzo, cuando hablamos de estimaciones siempre hay un nivel de confianza y un margen de error. Pero aún dicho esto, no podemos dejar pasar que los medios hicieron de nuestras mediciones un espectáculo mediático. Tal vez el mejor ejemplo es GEA-ISA con Milenio Diario. Una vez que el espectáculo se acabó, el medio no asume responsabilidad y simplemente decide deslindarse del investigador, incluso ofreciendo disculpas. Fue el medio el que dijo que eran predicciones, no el investigador. El medio se exculpa responsabilizando al investigador, cuando es el medio el que creó la percepción de pronóstico” (Parametría, “Por qué fallaron las encuestas”. Carta Paramétrica, 4 de julio de 2012).

Danza de los indecisos

Otra dificultad que encontraron las encuestas de 2012 fue la ineficacia del método tradicionalmente empleado para entender y tratar a los ciudadanos que no manifestaban preferencias electorales explícitas. La franja de indecisos, o de ciudadanos que decían no saber por quién querrían votar, en algunas mediciones fue superior al 20% de los encuestados.

Los encuestadores reasignaron esas respuestas suponiendo que quienes no expresaban un voto específico terminarían por hacerlo en la misma proporción que los ciudadanos con intención de voto definida. El encuestador Enrique Alduncin ha subrayado esa falla de manera muy clara:  “Se ha dejado de lado a los que no responden las encuestas o a la pregunta de intención de voto, asumiendo que se comportan en promedio como la población que sí responde” (Enrique Alduncin, “Evaluación de las encuestas de la elección presidencial”. Este País no. 256, agosto de 2012).

Allí se encontró uno de los motivos, posiblemente el más importante, para que las encuestas más conocidas sobreestimaran la votación por Enrique Peña Nieto y subestimaran las simpatías electorales a favor de Andrés Manuel López Obrador.

Entre aquellos que las encuestas calificaron como indecisos había ciudadanos aún vacilantes al momento de ser entrevistados y seguramente otros que no quisieron manifestar su intención de voto. Tanto los medios que contrataron o levantaron encuestas, como los encuestadores mismos, decidieron soslayar o de plano ocultar los porcentajes de indecisos.

Un comportamiento responsable, o al menos transparente, habría sido informar los resultados directos de cada encuesta: intención de voto para cada candidato, junto a indecisos y porcentaje de ciudadanos que no quería ir a las urnas. Pero esos detalles les han parecido prescindibles a no pocos medios de comunicación.

En la Tabla 1 se muestran los resultados de seis encuestas. Se trata de la última medición de intenciones de voto realizada por media docena de casas encuestadoras. Al reasignar las respuestas de ciudadanos indecisos en  los levantamientos realizados pocos días antes de la elección, esas firmas encontraron que el candidato presidencial del PRI tenía preferencias de voto que iban del 41% (encuesta del departamento de investigación de Reforma y encuesta de Covarrubias publicada en SDPNoticias), al 43.9% (Parametría, encuesta realizada para El Sol de México), 44.5% (Consulta Mitofsky, difundida en varios medios) y 45% (Buendía Laredo, encuesta para El Universal) hasta el 46.9% que registró la encuesta de GEA-ISA para Milenio. Se trata, en los extremos, de diferencias de seis puntos entre los porcentajes menores y mayor.

Cuadro 1. Encuestas 2012. Resultados “efectivos” (recalculando

indecisos y no respuestas)

Encuestas Cuadro Uno

Cuadro elaborado con información de www.adnpolitico.com e Informe del IFE sobre encuestas en 2012. Se eligió la última encuesta publicada en cada caso. Fecha última del levantamiento declarada en cada encuesta: Parametría 23 de junio; Reforma, Covarrubias, Buendía Laredo y Consulta Mitofsky 24 de junio; GEA-ISA, 27 de junio. La encuesta SDP/Covarrubias únicamente publicó en la prensa sus resultados “brutos”. La votación “efectiva” fue notificada en el informe al IFE.

Esas diferencias fueron más marcadas debido a que, al mismo tiempo, todas esas encuestas identificaron para Andrés Manuel López Obrador una intención de voto menor a la que tendría en la elección del 1 de julio. Los datos para el candidato del PRI aparecieron abultados y los datos para el candidato del PRD se publicaron proporcionalmente disminuidos cuando esas encuestas (excepto la de Covarrubias, cuyos resultados fueron publicados sin recalcular) asignaron los porcentajes de encuestados indecisos de acuerdo con la intención de voto de los ciudadanos que manifestaron inclinaciones electorales expresas.

Con AMLO, se quedaron cortas

Los resultados de esas encuestas tal y como surgieron del trabajo de campo se indican en el Cuadro 2. Esa información, igual que la del cuadro anterior, la tomamos del sitio www.adnpolitico.com que publicó un muy completo seguimiento de encuestas antes de la elección presidencial. En algunos casos hemos completado esa información con datos que las propias casas encuestadoras proporcionaron al Instituto Federal Electoral y compendiados en un documento del Secretario Ejecutivo del propio IFE (Informe que presenta la Secretaría Ejecutiva al Consejo General… acerca de encuestas y conteos rápidos realizados en el proceso electoral 2011-2012.  Séptimo Informe. 26 de julio de 2012).

Sin el sesgo que impone la reasignación de indecisos, los resultados de las encuestas consultadas tienen más coincidencias y se acercan más a la  votación que Peña Nieto recibió en las urnas. Entre 5 y 7 días antes de la elección, las encuestas registraron adecuadamente la intención de voto para el candidato del PRI. Excepto la de Reforma, que encontró 32% de simpatías para Peña Nieto, el resto estuvo entre 35.5 y 41 puntos (tres por abajo y tres por arriba del 38.2 que obtuvo ese candidato).

Lo que no identificaron con similar coincidencia fue la intención de voto para López Obrador. En comparación con el resultado en las urnas, que fue de 31.6%, las encuestas encontraron simpatías para ese candidato desde 8 puntos abajo (Parametría) hasta 3.6 puntos por abajo del voto ciudadano (Covarrubias). Todas las encuestas, entre las que estamos comentando, se quedaron cortas.

 

Cuadro 2. Encuestas 2012 . Resultados “brutos” (sin recalcular indecisos ni no respuestas)

 Encuestas Cuadro Dos

 

Cuadro elaborado con información de www.adnpolitico.com e Informe del IFE sobre encuestas en 2012.

¿Por qué las encuestas se acercaron a la votación a favor de Peña Nieto y quedaron tan distantes del sufragio que recibiría López Obrador? La explicación que parece más pertinente es el comportamiento de los electores indecisos. En ese rubro aparecen resultados tan diversos que únicamente podemos suponer que estamos ante metodologías diferentes para identificar a quienes no tenían una intención específica de voto. La encuesta de Covarrubias reportó únicamente 6% de no respuestas y Reforma, 21.3%. El resto de las respuestas de ese corte están entre 12% y 19%. Es altamente posible que, de los ciudadanos indecisos en las encuestas (o que no quisieron revelar su voto) la mayor proporción haya votado por López Obrador. De allí la distancia entre hallazgos en las encuestas y resultados en las urnas.

 

En el mismo saco

El factor de distorsión que pueden significar los indecisos lo han reconocido ya algunos encuestadores. Edmundo Berumen se pregunta: “¿Cómo evitar confusiones por el uso de etiquetas no apropiadas para ciertos subgrupos de informantes, como la de llamar indecisos a quienes simplemente no quieren darnos a conocer sus intenciones de voto al momento de la entrevista?” (“Las nuevas guerras floridas”. Este País no. 256, agosto 2012).

Por su parte Adrián Villegas, de Ipsos México, recuerda: “la ‘no respuesta’ no significa necesariamente que los encuestados no supieran cómo hubieran votado el día que fueron entrevistados: simplemente no quisieron contestar, por el motivo que sea; el día de la elección, algunos de ellos votarían y otros no. Por lo tanto, llamarlos ‘indecisos’ y considerarlos, como algunos hacen, la clave que decidiría el resultado final es inadecuado” (“Las encuestas: dudas y aprendizaje”. Este País 256, agosto de 2012).

Uno de los problemas metodológicos que se advierten ahora ha sido mezclar en un mismo saco a indecisos con ciudadanos que expresamente dicen que no simpatizan con ningún candidato, o con aquellos que anticipan que no irán a votar. En la elección de julio los sufragios nulos ascendieron a 2.9% y muchos de ellos se debieron a confusiones sobre la manera de votar.

Otro elemento sobre el que se ha informado poco pero que es revelador de los problemas que enfrenta el levantamiento de encuestas, así como de la utilización de metodologías diferentes, es el porcentaje de personas que se niegan a responder a los encuestadores. Por lo general la información al calce de las encuestas que publican los medios no menciona la tasa de rechazo. Pero en la información entregada al IFE por la mayoría de las casas encuestadoras se incluye ese dato que resulta sorprendentemente  desigual de una empresa a otra. Consulta Mitofsky notificó una tasa de rechazo del 55.5%; Buendía Laredo, el 35% (informó que la tasa de respuestas fue del 65%); Reforma, 17%; GEA-ISA, únicamente 4%. Covarrubias y Parametría no incluyeron ese dato en su información al IFE, al menos de acuerdo con el reporte de la Secretaría General de esa institución.

Claridad o espectacularidad

Lo peor que podría suceder es que después de la experiencia de 2012 declinara el interés de los medios para patrocinar y publicar encuestas, o que el enfado de un sector del mundo político se tradujera en mayores restricciones legales.

Al contrario, los operadores de los medios de comunicación podrían entender que las encuestas son un servicio para que la sociedad reconozca sus propias actitudes y opiniones y que, por eso, resultan indispensables. La publicación de los resultados de encuestas tendría que ser precisa, sin crear expectativas falsas, aunque la claridad vaya en demérito de la espectacularidad.

A los encuestadores, les toca defender la integridad de sus investigaciones preservándolas tanto de la simplificación como del sobredimensionamiento por parte de los medios de comunicación.

De los legisladores, sería exigible una actitud responsable para que eludan la tentación de censurar o intervenir encuestas.

Los estudios de opinión son patrimonio de los ciudadanos. Más que cercos o prohibiciones, y desde luego por encima de manipulaciones, las encuestas requieren de un clima de exigencia pública que comprenda, aproveche y discuta sus resultados. Las encuestas son, al mismo tiempo, registro y componente de nuestra cultura política.

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[1] Estas opiniones las anticipé el 7 de septiembre de 2012 en el blog Sociedad y Poder.

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