El “periodismo moridor” de José Revueltas

Publicado en Zócalo, enero de 2015

revueltas

“Desde chiquillo yo hacía, por ejemplo, periódicos a mano y entrevistas a mi mamá y a Silvestre. Pero yo no sentía que eso fuera una vocación, lo hacía porque me gustaba mucho. Y luego ingresé al movimiento revolucionario y fui siempre redactor de periódicos nuestros. Hacíamos un periodiquito para los soldados que se llamaba El Máuser, se repartía en los cuarteles; y ése es el inicio de la carrera” [1].

Para José Revueltas el periodismo siempre fue un puente hacia la literatura. La urgencia del periodismo le daba oficio y desde luego algunos pesos. Pero después de las crónicas y las reseñas volvía al espacio más holgado y exigente de la novela o el cuento. Alguna vez relató que cuando se inició como reportero en El Popular pasaba de una fuente a otra hasta que llegó a la nota roja y el director –quizá haya sido Vicente Lombardo Toledano— le asignó una nueva tarea: “El director un día me encargó cambiar el estilo de la nota roja. Darle un giro literario, no sensacionalista. Me encargaron la página entera. Treinta y dos cuartillas diarias. Llegaba el compañero Gilberto Rod y me entregaba un prontuario de todas las notas de policía. Y entonces me ponía a redactar las treinta y dos cuartillas del día. Y también las formaba. Una plana diaria. Amaba mucho mi oficio. Bueno, después del periódico llegaba a mi casa a escribir cuentos…” [2].

Revueltas Paricutín    No estoy seguro de la acuciosidad de Revueltas para contar las cuartillas que escribía, o del tipo de cuartillas que hacía: 32 son demasiadas para una plana. Pero lo que importa es su vocación para, cualquiera que fuese la ocupación profesional o política en la que estuviera involucrado, regresar siempre a la literatura. Por eso su periodismo sobresale debido a una reconocible destreza narrativa y desde luego a los temas que preocupan, abruman incluso, a ese narrador. Los textos del Revueltas reportero son periodismo intenso, enérgico, develador y de esa manera denunciador, como podemos apreciar en la conocida crónica del Paricutín. Allí se recupera la técnica más elemental del oficio periodístico que recomienda atrapar al lector desde las primeras líneas. Revueltas pesca nuestra atención a partir del memorable párrafo inicial:

“Dionisio Pulido, la única persona en el mundo que puede jactarse de ser propietario de un volcán, no es dueño de nada. Tiene, para vivir, sus pies duros, sarmentosos, negros y descalzos, con los cuales caminará en busca de la tierra; tiene sus manos, totalmente sucias, pobres hoy, para labrar, ahí donde encuentre abrigo. Sólo eso tiene: su cuerpo desmedrado, su alma llena de polvo, cubierta de negra ceniza… Es propietario de un volcán; no es dueño de nada más en el mundo” [3].

Bajo el volcán, personajes difuminados

El que practica Revueltas en ese relato célebre es periodismo porque nos va conduciendo de un personaje a otro, de una a otra tristeza, llevados por la narración que nos permite ver a través de la mirada del autor cuando dice “he visto los ojos de las gentes de San Juan Parangaricútiro… y todos ellos tienen un terrible, siniestro y tristísimo color rojo”.

El que leemos en la crónica del Paricutín es periodismo que toma partido, porque la narración de Revueltas está emplazada desde una posición crítica al tráfico ideológico y político que nos hace detestar junto con él, por ejemplo, cuando objeta a los jefes sinarquistas que sugieren que la erupción ha sido causada porque “México ha agraviado a Dios”. No hay que olvidar que el reportaje se publica apenas tres años después del cardenismo y en un país en donde todavía imperaba, mucho más extendido que hoy, el fanatismo religioso.

Pero el texto de Revueltas va más allá del periodismo y se entremezcla con la arenga, el alegato, la diatriba y desde luego con la narración literaria. Si el periodismo es la presentación de hechos, en las crónicas del Paricutín hay una inteligente y hábil construcción narrativa que nos conduce a los caminos ahítos de ceniza, el cielo que dejó de ser transparente, las miradas laceradas por el polvo ancestral, las parcelas tan estériles como la confianza de aquellos michoacanos. Pero además de todo ello, el relato nos conduce a las meditaciones de Revueltas sobre la vida, los hombres, el destino, la fatalidad. Con oficio narrativo, hace de la negrura de la ceniza y del ensombrecimiento del paisaje michoacano el punto de apoyo para discurrir sobre el origen del cosmos: “Un polvo negro, que no pica en la nariz, un polvo singular, muy viejo, de unos diez mil años. Con ese polvo tal vez se hizo el mundo; tal vez las nebulosas estén hechas de él”. De esas reflexiones transita sin dificultad a observaciones puntillosas como cuando relata que en Parangaricútiro la mayor parte de los hombres andan borrachos por la calle: “Se emborrachan para poder llorar sin que se les haga burla”, sentencia. Del cosmos al llanto: Revueltas ejecuta esas cabriolas discursivas con una elegancia natural, testimonio además de su obsesiva búsqueda de contrastes dialécticos.

Publicada en tres días sucesivos en septiembre de 1943 en el diario El Popular, en esa crónica del Paricutín el personaje central no es el volcán sino el ambiente. Quizá porque estuvo poco tiempo delante de él, o porque el camino hacia el volcán y el recorrido por sus alrededores le conmovieron más, el escritor dibuja un paisaje tan ominoso que las personas se difuminan en ese entorno de “sombra, luz, desaliento y esperanza” como dice Revueltas que es México. Las personas son el paisaje de ese paisaje.

Todos, alrededor del Paricutín, “se han vuelto de arena ellos también, como sin sonido”. Si en algún momento el cronista consigna los nombres de algunos de ellos es para subrayar su esencial anonimato: son todos igualmente víctimas de una adversidad que no entienden, que ni siquiera reprochan sino que padecen silenciosamente. Escribe Revueltas: “Felipe Chávez, Bruno Rangel, Pedro Hernández, Esteban Rangel, Manuel Cervantes, Cipriano Gutiérrez, Fermín Santiago. Estos nombres también podrían estar, con los clásicos torpes caracteres, dibujados sobre una prieta cruz. Los mismos seres que cobijan son como una cruz humana, de carne y lágrimas, con los brazos caídos sobre el cuerpo, cruz sin brazos, ambulante, peregrina fija, inmóvil en el sitio oscuro de la muerte”.

Las personas, cada una de ellas siempre distinta de otra, se desvanecen en el sino colectivo. En esa fusión de individualidades se con-funden los infortunios de los más pobres. Mientras menos tienen, más fuerte es la pérdida de lo poquísimo que poseían (tierras, animales, esperanzas). Mientras más se asemejan en su miseria, más borrosas son sus historias peculiares.

De Dionisio Pulido, el campesino que no es dueño de nada aunque lo sea de un volcán,

Dionisio Pulido
Dionisio Pulido

Revueltas no se vuelve a acordar en su relato. Si ha mencionado su nombre es para darle densidad a esa triste historia pero, más allá de la atinada frase con que comienza la crónica, Pulido no tiene relevancia aunque en la prensa de aquellos años era muy conocido porque fue el campesino que vio surgir el volcán. Llama la atención que el joven Revueltas, que a los 29 años narró con tanta vehemencia el entorno del Paricutín, no se esmere para dar fuerza a sus personajes cuando, años después, escribió novelas que son notables por la densidad y la complejidad de sus protagonistas.

En las crónicas del Paricutín solamente se traza con algún detalle al único personaje que, además del autor, es externo a la comunidad que vive en la zona del volcán. Del geólogo Ezequiel Ordóñez, Revueltas describe la estatura, la mirada, las manos, sus estudios, el apodo que le han puesto, sus giros verbales, sus explicaciones sobre el volcán. A ese especialista, el autor lo compara con un roble y con un águila, le reconoce madera de apóstol, le tiene evidente admiración por su sobria actitud delante del Paricutín.

 

Crónica intencionada, ¿periodismo inconsistente?

El texto se atranca en el alegato político cuando equipara la filiación sinarquista de los pobladores de San Juan con el miedo atávico que los michoacanos cultivaron desde los días de la conquista. En esa fuga hacia la historia de la sujeción a distintas formas de colonialismo, Revueltas busca una explicación al fanatismo de los indígenas que se dejan someter por la ultraderecha católica de la misma manera que sus antepasados fueron subyugados por los españoles.

Revueltas va más allá del periodismo cuando entremezcla su narración con otros relatos. Sólo con el propósito de explicar la sumisión de los indígenas, sin que tenga relación directa con las secuelas de la erupción, de pronto recuerda que ha estado leyendo una biografía de Francisco Pizarro para decir que, así como en Perú los conquistadores se valieron de engaños y religión para someter a los indios, en Michoacán el resentimiento y la desconfianza tienen raíces en la intervención española. Ávido de explicaciones porque antes que nada está convencido de que la desigualdad y todo aquello que la circunda y acredita están lejos de ser naturales, Revueltas ofrece esa lección no solicitada de apresurada sicología social con coartada histórica.

La búsqueda del Paricutín y sus consecuencias se enmaraña también cuando Revueltas, al pasar por Pátzcuaro, se acuerda del pasaje de La serpiente emplumada, la novela mexicana de D.H. Lawrence, en donde se menciona el entretenimiento cruel de dos niños que juegan a hundir a un ave en un lago. Revueltas cree que el lago de Lawrence es Chapala pero en realidad es la laguna de Sayula y dice que el animal maltratado es una gallina cuando en la novela se trata de un pajarillo. No pretendo enmendarle la plana al venerable don Pepe sino simplemente señalar que, igual que en ese ejemplo, sus crónicas están repletas de licencias literarias. Para Revueltas la realidad importa porque refleja las peores vicisitudes, incluyendo las pasiones y ambiciones más infames, de la condición humana. Un pasaje mal citado o un episodio aderezado con su inquieta creatividad literaria no son desatinadas en ese propósito para hacer de la reseña de hechos reales un retrato de la tragicomedia humana. Pero no es aventurado preguntarnos, entonces, si la crónica aderezada de esa manera es periodismo.

A Revueltas, los hechos le importan menos que el significado que desarrolla a partir de los que él presenta como tales. Llevado por el entusiasmo lírico pero también discurriendo más allá de la crónica, llega a suponer que nada de lo que le dicen es verdad, incluso el brote del volcán sugiere que puede ser mera fabulación: “Tal vez no fuese cierto, ni fuese cierto, tampoco, el propio volcán. Porque en México, tan vasto, todo ocurre como en la casa de los espejos y de pronto uno se topa consigo mismo o con una puerta que lo deja en el aire; es un país de irrealidad, de fantasías completamente inverosímiles”.

¿Qué periodismo puede haber cuando se considera que la realidad es así de escurridiza y que la verdad no es creíble? ¿Cómo narrar lo inconcebible? Revueltas comparte y magnifica el sortilegio del México profundo. Al considerar que la realidad del país llega a ser inasible, entonces no tiene más opción que fantasear para acercarse a ella. Esa mistificación de la vida mexicana es literariamente fascinante pero, de nuevo, se aparta del periodismo entendido como reconstrucción o al menos atisbo de la realidad.

El “sudario negro sobre el paisaje” le permite a Revueltas desplegar su vocación pedagógica e incluso su afán redentorista. A pesar de la tragedia y no obstante haber narrado la desolación profundísima de los damnificados por el volcán, encuentra en ese aciago acontecimiento motivo para suponer –desear, más bien— que habrá un futuro en donde los hombres no estén expuestos a tales desventuras. Los pies de foto que él mismo escribió y que acompañaron a las ilustraciones del fotógrafo de la familia Mayo que fue con él a Michoacán compendian las inquietudes ontológicas y políticas de Revueltas. En el último de ellos exclama:

“Y un periódico: su periódico, lleva a estos hombres las noticias de los padecimientos de otros hombres en todas las regiones de la tierra. Acaso aprendan que el dolor ha de unir a los habitantes del mundo para construir uno mejor, más justo y hermoso donde nadie deba estar expuesto sin defensa alguna a la crueldad de la naturaleza” [4]. Se trata, como bien señala Álvaro Ruiz Abreu en su monumental biografía literaria de Revueltas, de una “mirada de compasión que se identifica con el paisaje observado, con el sufrimiento descubierto, con el hambre y el dolor humanos” [5].

 

Caravana de mineros, “multitud anónima”

La Caravana de Nueva Rosita
La Caravana de Nueva Rosita

Hemos señalado antes el desinterés de Revueltas por la exactitud con nombres y apellidos. Lo mismo sucede en la crónica de la caravana minera en 1951. Los trabajadores de Nueva Rosita marchaban hacia la ciudad de México y Revueltas, junto con el fotógrafo Ismael Casasola, alcanza a los caravaneros cerca de Saltillo. Llegan ya noche y casi todo el relato ocurre en penumbras. A Revueltas, en medio de esa oscuridad, le deslumbra el temple de los mineros aunque posiblemente cualquier cosa que le dijeran lo iba a emocionar como cuando, ante una frase más bien trivial, el escritor encuentra “la representación de una ternura obrera, de clase, sin adornos ni sentimentalismos, directa y sencilla, la ternura del ser humano que tiene conciencia de sí mismo y que por ello sabe reconocerse en sus semejantes” [6].

Para Revueltas es tan primordial referir la dimensión colectiva por encima de las individualidades que, igual que con los vecinos del volcán, en la crónica de la caravana los protagonistas se diluyen en la masa. Tanto así que no está seguro de los nombres de algunos de ellos. Le importa más exaltar a “esa caminante multitud anónima que parecía dirigirse, inexorable, hasta el sitio mismo de su tierra de Canaán”.

La muchedumbre le impresiona a Revueltas más que los individuos que la conforman. Sin embargo en esa crónica, que fue publicada en dos partes por la revista Hoy en febrero de 1951, no se mencionan las penosas condiciones laborales, el conflicto dentro del sindicato ni la arbitrariedad de las empresas, causas todas ellas que llevaron a esos mineros a viajar a pie hasta la ciudad de México. La lucha sindical no existe en esas notas de Revueltas; únicamente hay destellos de la tenacidad, la disciplina y la dignidad de aquellos trabajadores cuyo movimiento, meses después, se estrellaría con la intolerancia del gobierno de Miguel Alemán.

Si alguien hubiera querido enterarse de los motivos de la caravana en aquel par de textos, solamente habría sabido que unos mexicanos buenos y sufridos se comportaban con gran estoicismo en su marcha hasta la capital. De la caravana, Revueltas sólo dice, ciertamente con mucha emoción: “A lo largo de la carretera se tendía un múltiple cuerpo humano de cuatro mil quinientas cabezas, sin contar a las mujeres y a los niños, que ocupaba un poco más de dos kilómetros”. En esas intensas líneas más que periodismo, hay una gran fuerza literaria.

 

En busca del movimiento de la realidad

Para Revueltas los desposeídos, los pobres, los que más sufren, no solamente constituyen la realidad que a él le interesa narrar. Son la realidad que considera eje de cualquier relato aceptable. En un categórico ensayo sobre la novela mexicana publicado en 1946, declara: “El problema, repito, no es el de proteger y ayudar al pueblo como si éste fuera una porción ajena y, cuando más, simplemente digna de nuestra generosidad y nuestra lástima. Para el escritor, el problema definitivo y vital radica en ser parte del pueblo, en saber juzgar que el pueblo no es sino el principal participante del trabajo común y, en consecuencia, el origen y la fuente de la creación artística” [7]. Se trata de una escritura militante que, desde luego, en el caso de Revueltas no subordina los méritos estéticos al compromiso político pero que pone en el centro una intencionada mirada en las circunstancias límite que experimentan personajes adoloridos.

De la misma manera que en sus novelas, en los textos periodísticos para Revueltas la realidad tiene que ser presentada no en sus apariencias sino en su sentido trascendente, histórico diríamos. La explicación que ofrece en el prólogo a la segunda edición de Los muros de agua, en 1961, condensa su teoría de la escritura cuando se refiere al lado moridor de la realidad:

“Quiero decir que un realismo mal entendido, que un realismo espontáneo, sin dirección (el simple ser un espejo de la realidad), nos desvía hacia el reportaje terribilista, documental. La realidad necesariamente debe ser ordenada, discriminada, armonizada dentro de una composición sometida a determinados requisitos…”

Y más adelante: “la realidad tiene un movimiento interno propio, que no es ese torbellino que se nos muestra en su apariencia inmediata, donde todo parece tirar en mil direcciones a la vez. Tenemos entonces que elegir cuál es la dirección fundamental, a qué punto se dirige, y tal dirección será, así, el verdadero movimiento de la realidad” [8].

Esa concepción ha llevado a muchos estudiosos a entender la obra literaria de Revueltas a partir de esa búsqueda del sentido interno de la realidad [9]. Pero aquellas líneas las escribió para comentar el estilo que le impuso a un relato suyo sobre la visita a un leprosario en 1955. El lado moridor se refería, antes que nada, a la realidad mostrada de manera compleja para no limitarse a un “reportaje documental” como dice en el párrafo antes transcrito.

Por eso dicha perspectiva puede aplicarse al periodismo de Revueltas o, al menos, a sus crónicas más emblemáticas. La realidad que le interesa retratar no es la que postulan los principios del periodismo. El qué, quién, cuándo, dónde y cómo que proponen los manuales y cuya respuesta suelen distinguir al periodismo cabal del insuficientemente profesional, a Revueltas le tenían sin cuidado. A él le interesaba señalar a dónde se dirigían los acontecimientos o, mejor dicho, cuál era el significado de la realidad. No estoy seguro, por ello, de que los magníficos textos de Revueltas, escritos para diarios y revistas, sean efectivamente periodismo. Pero estoy convencido, en todo caso, de que Revueltas era mucho mejor novelista que teórico de la literatura.

 

 

[1] Mateo Pliego y Julio Pliego Medina, “Para leer a José Revueltas”. Entrevista realizada en mayo de 1974. “La Jornada Semanal”, suplemento de La Jornada, 31 de diciembre de 1994.

[2] Ignacio Hernández, “José Revueltas: un balance existencial”. Entrevista originalmente publicada en Revista de Revistas, 7 de abril de 1976. Reproducida en Andrea Revueltas y Philippe Cheron, compiladores, Conversaciones con José Revueltas. Era, México, 2001, p. 177.

[3] José Revueltas, “Un sudario negro sobre el paisaje”, “El día hecho noche” y “La majestad de la tierra antes del hombre”, publicados en El Popular los días, 9, 10 y 11 de septiembre de 1943. Reproducidos en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, no. 768, 2 de noviembre de 1976 y, más tarde, en José Revueltas, Visión del Paricutín (y otras crónicas y reseñas). Obras Completas, Tomo 24, Era, México, 1983, pp. 15 y ss.

 

[4]   Pies de foto reproducidos en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, no. 768, 2 de noviembre de 1976.

[5] Álvaro Ruiz Abreu José Revueltas: Los muros de la utopía. Cal y arena, México, 1992, p. 314.

[6] José Revueltas, “Marcha de hambre sobre el desierto y la nieve” en Hoy, nos. 730 y 731, 17 de febrero y 24 de febrero de 1951. Reproducido en José Revueltas, Visión del Paricutín (y otras crónicas y reseñas), cit., pp. 142 y ss.

[7] José Revueltas, “La novela, tarea de México”, Letras de México, no. 128, 15 de octubre de 1946. Recopilado en José Revueltas, Visión del Paricutín (y otras crónicas y reseñas), cit., p. 240.

[8] José Revueltas, “A propósito de Los Muros de Agua” en Obra Literaria, Tomo I, Empresas Editoriales S.A., México, 1967, p. 27.

[9] Entre otros Evodio Escalante, “José Revueltas: Los desengaños del realismo”. La Cultura en México, suplemento de Siempre!, No. 775, 22 de diciembre de 1976, y Jaime Ramírez Garrido, Dialéctica de lo terrenal. Ensayo sobre la obra de José Revueltas, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 1991.

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