Voto nulo. Corte de caja

Publicado en Crónica el 22 de junio

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Los votos nulos fueron un millón 901 mil. Se trata del 4.76% de la votación nacional del 7 de junio. Fueron muchos en comparación con el respaldo que tuvieron algunos partidos. Fueron pocos en contraste con las expectativas que las convocatorias a la anulación del voto suscitaron… entre los propios convocantes.

Las opiniones sobre el voto nulo acapararon la atención de comentaristas en medios de la ciudad de México que, enfrascados en temas como ese, no alcanzamos a mirar el conjunto y las peculiaridades del escenario nacional. Si algo demostró esta elección es que nuestro país constituye, en asuntos políticos como en otros más, un caleidoscopio de realidades que es preciso, si queremos entenderlas, examinar una por una.

El voto nulo interesó en un escenario de profunda pobreza en el terreno de las propuestas y los candidatos, como sucedió en el Distrito Federal. Pero no resultó atractivo en donde el interés de los ciudadanos estuvo acaparado por la polarización entre partidos tradicionales (como en Colima) o en donde los candidatos independientes fueron suficientemente atractivos para obtener los votos de quienes desconfían de las opciones institucionales.

La discusión sobre el voto nulo fue especialmente abrupta porque, entre no pocos adeptos de los partidos tradicionales, se extendió la especie de que la anulación equivalía a una suerte de inmolación cívica. No era así. Anular el voto fue, ni más ni menos, una manifestación de discrepancia con las opciones disponibles en la boleta. No constituía un castigo a los partidos tradicionales como quisieron suponer, con más voluntarismo que argumentos, algunos promotores del voto nulo. Pero tampoco era un premio al PRI como dijeron varios de los maniqueos adversarios de ese recurso que consideraron, también erróneamente, que quienes anularían su voto podrían haber sufragado por algún partido de oposición.

Entre los votos nulos se encuentran aquellos que fueron invalidados por equivocaciones de los electores. En la anterior elección intermedia, en 2009, un estudio muestral del IFE estimó que, de los sufragios nulos, fueron cancelados de manera intencional casi dos de cada tres. En aquella elección y en 2012, la presentación en las boletas de los partidos que competían en coalición dio lugar a confusiones de los votantes. En las boletas de la elección de 2015 las posibilidades de error fueron menores, de tal manera que se puede estimar que el porcentaje de anulaciones premeditadas fue mayor.

Más allá de esas prevenciones se puede reconocer que los votos nulos, que como indicamos constituyeron el 4.76%, quedaron en séptimo sitio en los resultados de la elección nacional. Ese porcentaje es mayor a los de dos partidos que conservan su registro (Nueva Alianza y Encuentro Social) y de otros dos que lo pierden (PT y Humanista) y se encuentra por encima de los votos que recibieron los candidatos independientes para diputaciones federales.

En cinco entidades del país, el voto nulo quedó en cuarto sitio. En Aguascalientes 21988 ciudadanos anularon la boleta, constituyendo el 6.8% de toda la votación. El voto nulo fue mayor que los sufragios por PRD y Morena.

Baja California: hubo 7% de votos nulos, 53632. Fueron más que los votos para el PRD o el PVEM.

Chiapas: casi 87 mil votos nulos, el 5.7%, superando a las votaciones para el PAN y el PRD.

Puebla: anularon 96921 ciudadanos, el 5.6%. Fueron más que los votos que, respectivamente, recibieron PRD, Verde y Nueva Alianza.

Sinaloa: 35446 nulos, el 4.6%. Hubo más votos nulos que para PRD, Morena o el PVEM.

En Chihuahua, siempre en resultados para diputados federales, el voto nulo quedó en quinto sitio, aunque con casi 50 mil sufragios y un significativo 6%. Superó a las votaciones de PRD y PVEM. En Sonora los nulos fueron 33884, apenas el 3%, también en quinto sitio y por encima del PRD.

En el Distrito Federal el nulo es la quinta opción en los resultados electorales, después de Morena, PRD, PAN y PRI. Se trata de casi 239 mil votos, que significaron el 7.3%

Todos los anteriores son resultados en la elección federal. En algunas delegaciones del DF se confirma, como ha hecho notar la analista Maite Azuela, que la estimación de quienes aseguraron que los votos nulos favorecerían al PRI no fue confirmada en las urnas. En las delegaciones que ganó ese partido el voto nulo fue más bajo que en el promedio del DF. Hagamos las cuentas. En Milpa Alta el voto nulo fue de 3.5%, en Cuajimalpa 4.5% y en Magdalena Contreras 6.2%.

El voto nulo, en cambio, fue de 7.7% en la elección para delegado en Benito Juárez (en donde el PRI quedó en tercer sitio), 6.9% en Cuauhtémoc (PRI en tercer sitio) y 7.5% en Coyoacán (PRI en cuarto lugar).

Anular el voto es un recurso de los ciudadanos ante la endeble y muy discutible oferta de partidos y candidatos. No hay que mitificarlo, pero tampoco menospreciarlo. Se trata de una respuesta que no se ubica solamente en el marco de la política institucional. Surge de la decisión de ciudadanos que no contemporizan con los partidos existentes. Para entenderlo cabalmente, al voto nulo es preciso mirarlo más allá del pragmatismo que manifiestan los intereses de cada partido, pero también más allá de la rígida lógica del sistema político que tenemos.

La anulación independientemente de sus alcances cuantitativos, que no son pocos, revela insuficiencias de la política institucional. Es, en sí misma, un gesto político de quienes se niegan a que la política quede reducida a los marcos y formas, con las opciones y los protagonistas, que los políticos profesionales han resuelto.

La proliferación de estudios acerca del voto nulo indica que se trata de una práctica que se ejerce en variados contextos. En todos los casos es una forma de inconformidad política, por lo general ubicada en la desafección respecto de las opciones políticas prevalecientes. Chiara Superti, doctorante en la Universidad de Harvard, ha encontrado correlaciones entre la anulación del voto (o el voto en blanco, en algunos países) y las zonas en donde hay electores con más escolaridad. De manera similar Gerardo Isaac Cisneros Yescas, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, al estudiar la elección de 2009, cuando en México hubo un movimiento por el voto nulo, encontró que esa modalidad aumentó en los municipios con mayor escolaridad. Autores como José Luis Mendoza Tablero, del Instituto de Ciencias Jurídicas de Puebla explican al voto nulo como parte del capital social de los ciudadanos.

El voto nulo expresa la incapacidad del sistema político para representar a una porción de los ciudadanos. Por eso surgen iniciativas a fin de que el sistema electoral tome en cuenta esa postura. Se ha propuesto, por ejemplo, que en las boletas exista la opción de votar en blanco y que a los partidos se les disminuya el financiamiento público en la proporción que alcancen tales sufragios. En Guatemala, el Tribunal Supremo Electoral ha propuesto que cuando el voto nulo sea mayoritario las elecciones deberán repetirse.

Los votos nulos son resultado, a la vez, de la democracia y sus insuficiencias. Entonces vale la pena que, sin aspavientos ni abominaciones, se les reconozca formalmente como parte de esa democracia.

 

 

 

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