Segunda vuelta

Imagen tomada de http://www.miningpress.com.ar
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Publicado en Crónica el 21 de diciembre

La segunda vuelta electoral permitió que en Argentina ganara un candidato opositor al gobierno en vez del que hubiera continuado con el mandato de la familia Kirchner. En la primera vuelta de la elección, el 25 de octubre, Mauricio Macri alcanzó el 34.15% de los votos pero lo superó Daniel Scioli, afín al gobierno, con 37.08%. Como la Constitución argentina requiere que la presidencia sea ocupada por quien gane más del 45% de los votos hubo una segunda vuelta, el 22 de noviembre. El respaldo para Macri aumentó más que para su adversario y logró 51.34% frente a 48.66% de Scioli.
La diferencia entre esos dos candidatos fue menor en la segunda votación: 2.68% en noviembre, ante 2.93 el mes anterior. Pero el nuevo presidente comenzó su gestión con el respaldo de más de la mitad de los votos de los ciudadanos argentinos que fueron a las urnas.
Esa experiencia reciente ha contribuido para que en México se desempolve la idea de tener una segunda vuelta electoral. Se habló de esa posibilidad en los últimos años del siglo XX, cuando el desarrollo de las oposiciones panista y perredista permitía anticipar el fin de la hegemonía del PRI. La eventualidad de que los votos a favor del PAN y el PRD se dividieran en una primera votación pero pudieran converger en una segunda vuelta, condujo a los diputados de Acción Nacional a proponer esa modalidad. A partir de los mismos cálculos, el PRI se opuso.
La idea fue rescatada por el presidente Felipe Calderón en una iniciativa de reforma que presentó en 2009. Tres años antes había ganado con apenas 35.89% de los votos. Es decir, gobernó con la adhesión inicial de solamente un tercio de los mexicanos que fueron a votar.
En 2013 varios senadores del PAN y el PRD incluyeron la segunda vuelta en una nueva iniciativa de reforma política con esta justificación:
“La segunda vuelta electoral se utiliza en las elecciones presidenciales de 80 países, en donde se ha argumentado, principalmente, que sustituir el principio electoral de mayoría relativa por el de mayoría absoluta abona a la legitimidad de los funcionarios electos. La existencia de una segunda vuelta promueve la coalición de diversos intereses, el acuerdo y las negociaciones entre partidos y candidatos con el fin de obtener el umbral de votación establecido como mínimo para ganar. Es decir, permite conformar mayorías electorales que se traduzcan en mayorías estables de gobierno, construyendo agendas compartidas de gobierno que encuentren respaldo en las votaciones legislativas”.
La segunda vuelta pareció innecesaria durante el demasiado extenso régimen del PRI. Más tarde transitamos por una etapa de creación y recomposición de fuerzas políticas. En ese trayecto los presidentes mexicanos llegaron al gobierno con respaldos cada vez menos nutridos. En 1994 Ernesto Zedillo ganó la elección presidencial con 50.18% de los votos. Seis años después Vicente Fox obtuvo el 42.5%. En 2006 Calderón alcanzó el ya señalado 35.89% y en 2012 Enrique Peña Nieto 38.21%
Si hubiéramos tenido segunda vuelta electoral con, por ejemplo, 45% de umbral para determinar ganador en la primera ronda, los desenlaces en las tres elecciones recientes podrían haber sido distintos. Desde luego de nada sirve la especulación retrospectiva para discutir opciones institucionales. Pero esos ejemplos permiten subrayar dos virtudes de la segunda vuelta electoral.
La primera y más importante es que el presidente ganador obtiene una legitimidad electoral más sólida: la votación que le permita llegar al gobierno será más amplia que la obtenida en la primera ronda.
Con segunda vuelta, por otra parte, los partidos se ven obligados a establecer alianzas que no hubieran logrado si hubiera sólo una votación. Los dos candidatos que pasan a la segunda ronda atraen las adhesiones del resto de los partidos y candidatos y ello propicia alianzas, negociaciones, compromisos.
Desde luego, el mejor contexto para que los partidos tengan que tomar acuerdos y obligarse con proyectos y decisiones específicos —es decir, para que hagan política— es un régimen parlamentario. Allí el Congreso es el escenario obligatorio de acuerdos para establecer las mayorías capaces de gobernar.
Pero si persistimos en el esquema presidencial, un recurso para mejorar las condiciones de gobernabilidad se encuentra en la segunda vuelta.
Las desventajas de ese mecanismo no son pocas. La primera de ellas es, precisamente, el reforzamiento que significa para el presidencialismo. Un presidente con más votos es un presidente más fuerte y lo que en México nos ha hecho falta es construir contrapesos y no nuevos respaldos al Poder Ejecutivo.
Otro inconveniente es la polarización que, de manera automática, crea la segunda vuelta. Si en la primera ronda el voto se divide entre, digamos, media docena de opciones, con segunda vuelta toda la tensión y los recursos políticos se concentran en únicamente dos. Los realineamientos que así se producen pueden tener consecuencias variadas. Por ejemplo, el candidato que en la primera vuelta queda en tercer lugar adquiere una significativa capacidad de negociación y presión si ofrece la adhesión de sus partidarios a uno de los aspirantes que pasan a la segunda ronda.
Otra posibilidad es que la segunda vuelta desplazara a las fuerzas políticas minoritarias. Eso considera el consejero electoral Javier Santiago Castillo, que escribió el 6 de diciembre en Crónica: “Lo más probable es que la segunda vuelta represente un medio para el sometimiento de las minorías, destinadas a subsumirse en alguna de las dos opciones mayoritarias, limitando la pluralidad a la sola primera vuelta de modo casi testimonial y sin traducción a la acción de gobierno”.
No se trata sólo de modelos institucionales sino de posibilidades reales para la competencia política. Al pensar en la eventualidad de una segunda vuelta es inevitable imaginar, por ejemplo, qué sucedería si, existiendo ese recurso, en una elección presidencial pasaran a la segunda ronda los candidatos del PRI y del PAN. ¿A cuál de ellos (o ellas) apoyarían quienes votaron por PRD, Morena o cualquiera de los partidos más pequeños? ¿Y si los ganadores en la primera vuelta fueran PAN y Morena, con cuál se alinearían priistas y perredistas? ¿Y si…?
Por lo pronto el coordinador de los diputados del PRI, César Camacho, ha asegurado con toda contundencia, hablando de la segunda vuelta: “para nosotros es un tema intransitable”.
Pero hay voces sensatas que recomiendan tomar en serio ese asunto. En septiembre pasado Leonardo Valdés, ex presidente del IFE y ahora investigador en el Colmex, abogó por la segunda vuelta para México: “me temo que si no hacemos nada en 2018 un candidato con algo así como 25 por ciento de los votos puede ganar la elección presidencial”.
Otro ex presidente del IFE, José Woldenberg, escribió en Reforma el 10 de diciembre: “¿Tendremos un Presidente con el 25 por ciento de los votos? ¿Eso conviene? En el periodo del tripartidismo, la segunda vuelta electoral no me parecía necesaria, pero ahora creo que no estaría de más evaluarla, para alcanzar dos objetivos: a) un mínimo respaldo de inicio al Presidente y b) que no se convierta en el titular del Ejecutivo alguien que genere más rechazo que aceptación”.
Allí se encuentran algunas coordenadas para una discusión que todavía no se entabla con la seriedad que merece. Con ventajas reconocibles y sin desconocer sus riesgos, la segunda vuelta es un recurso de las democracias contemporáneas. Hay que tomarla en serio.

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