Un sindicato ejemplar

Ilustraciones tomadas de Correo del Sur
Ilustraciones tomadas de Correo del Sur

 Este texto fue leído en la presentación del libro que allí se menciona el 22 de enero de 2015 en la Casa Galván. Luego fue publicado en Correo del Sur, suplemento de La Jornada Morelos, el 1 de febrero de ese año.

La noche del viernes 25 de enero de 1985 unas 2500 personas se SUTIN libro Jornada Morelos portada feb 15reunieron para bailar, cantar y beber en homenaje a un sindicato que estaba desapareciendo. Después de una saga irrepetible en la historia social mexicana, el Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear dejaba de existir, al menos con la vocación nacional, la capacidad organizativa y la solidaridad generosa que se le conocieron durante varios años. El SUTIN había sido vencido por la incapacidad de un Estado que esas alturas del siglo XX ya no se apoyaba en los trabajadores sino que era alérgico al sindicalismo, especialmente cuando lo alentaban convicciones democráticas.

Durante un lustro, el SUTIN pudo ser eje de una desigual pero rumorosa insurgencia sindical, diseñó y sostuvo un proyecto original para fortalecer a la industria nuclear, entabló alianzas con variadas organizaciones sociales, perseveró en mirar más allá de sus circunstancias gremiales, fue un sindicato ejemplar. Por eso también resultó heterodoxa la reunión que los amigos del SUTIN organizaron en el Salón Riviera para reemplazar el llanto y la rabia con el desafío de la convivencia y la música.

Aquella noche tocaron Javier Bátiz, Recuerdos del Son, los Rebeldes del Rock, el Grupo Criollo y Son de Merengue. En un breve intermedio, hablaron ante aquella concurrencia el dirigente campesino Anacleto Ramos, el periodista Miguel Ángel Granados Chapa, el diputado Rolando Cordera Campos y por supuesto el secretario general del SUTIN Arturo Whaley Martínez. También fue leído un mensaje que esa misma mañana había escrito el destacado periodista don Francisco Martínez de la Vega.

Apenas cinco semanas antes, el Congreso de la Unión había aprobado la Ley Nuclear que fragmentó a esa industria, formalizó la desaparición de la empresa Uranio Mexicano, facilitó la participación de firmas privadas en la explotación de ese mineral y precipitó la extinción del SUTIN al dejar sin empleo a la mayor parte de sus trabajadores.

En la extensa discusión que hubo en la Cámara de Diputados solamente los representantes del Partido Socialista Unificado de México defendieron la causa del SUTIN y se opusieron a esa ley. El resto de los partidos se coaligaron en la decisión que significó el abatimiento de ese batallador sindicato.

Aquella historia, desde el punto de vista de sus protagonistas centrales que fueron los trabajadores nucleares, es motivo del libro que coordina Isidro Navarro Jaimes. Los testimonios aquí publicados recuerdan la trayectoria notoria, y por eso para algunos incómoda, de un sindicato animado por una creativa vitalidad.

SUTIN 2

Los trabajadores nucleares fueron un destacamento esencial en la Tendencia Democrática del SUTERM y junto con ese memorable grupo de electricistas conocieron la intolerancia gubernamental, que incluyó la ocupación militar de las instalaciones en donde iban a estallar una huelga en julio de 1976. Forzados a separarse de ese sindicato, crearon el SUTIN en 1979. De aquellas jornadas junto con los electricistas democráticos, los nucleares rescataron tres principios: el compromiso con un programa nacionalista para el país, la preocupación para levantar en su industria un proyecto de ese corte y la vocación para procurar la cohesión de las organizaciones sindicales. En la reafirmación de esas convicciones sin duda influye la cercanía de los nucleares con don Rafael Galván, el dirigente de la Tendencia Democrática. Galván, que falleció en julio de 1980, tenía especial afecto por Arturo Whaley.

Para cuando comienzan los años 80, el sindicalismo insurgente estaba muy maltratado. El desvanecimiento de la Tendencia Democrática había dejado sin eje aglutinador al movimiento independiente que destacó en la década anterior. A pesar de ser un sindicato pequeño, con algo más de 2 mil trabajadores, el SUTIN despliega una sorprendente variedad de actividades. El sindicato con frecuencia opina, discute, propone, en torno a temas de la economía y especialmente del sector energético. De la misma manera promueve frentes con organizaciones gremiales que estaban al margen de las estructuras institucionales, al mismo tiempo que se acerca a las centrales que dominan en el Congreso del Trabajo. El SUTIN respalda proyectos cinematográficos, impulsa el estudio de la política económica, apoya las luchas de liberación en Centroamérica. A Nicaragua, los nucleares envían durante varios meses una brigada que colabora en tareas de desarrollo energético. Como relata Jorge Bustillos, “el abanico de las relaciones que tenía el SUTIN era amplísimo”. Toda aquella etapa es recordada por quienes escriben y son entrevistados en este libro, en diálogos con Patricia Pensado Leglise, Isidro Navarro Rivera y María Teresa Meléndez.

Se trataba de un sindicato enterado, hábil para comunicar sus puntos de vista pero antes que nada con opiniones propias. Manuel Vargas Mena recuerda a propósito de las posiciones del SUTIN acerca de la industria nucleoeléctrica: “como sindicato podemos influir en la orientación que se da, en el saneamiento de la empresa, en el funcionamiento correcto y honesto de la empresa”. De allí, por ejemplo, la apuesta por el uranio natural que evitaba la dependencia que significaba el enriquecimiento de ese mineral cuando se realizaba fuera del país.

Responsables con el país, los nucleares lo eran antes que nada con el sector en donde trabajaban. Guillermo Ejea describe el proyecto que defendían en ese terreno: uranio natural, desarrollo integrado de la industria, investigación científica y desarrollo tecnológico. Conocían su trabajo porque habían aprendido a hacerlo bien y porque lo miraban con el prisma de esas convicciones nacionalistas. Carlos Sánchez recuerda cómo, después de la represión de 1976, es enviado a Sonora en represalia por haber participado en el movimiento democrático. Allí cumple con las tareas que le asignan a pesar de las difíciles condiciones que le imponen, “siempre con la convicción de ser los mejores en el trabajo, pero sin renunciar a nuestros derechos”.

Cuando comienza el gobierno de Miguel de la Madrid la economía nacional está de tal manera deteriorada y los salarios tan depauperados que la desazón alcanza incluso al sindicalismo oficialista. El 31 de mayo de 1983 docenas de sindicatos independientes, encabezados por los sindicatos universitarios y el SUTIN, estallan huelgas por aumentos salariales. En el transcurso de junio las huelgas se generalizan y según algunos recuentos, no corroborados por la información oficial, llegan a ser más de 3 mil. La mayor parte de ellas se resuelve con aumentos pequeños, o de plano sin incrementos salariales. Así le ocurre al Sindicato de Trabajadores de la UNAM que, después de un mes, tiene que levantar su huelga sin haber obtenido aumento alguno. Una tras otra, todas las huelgas finalizan excepto la del SUTIN.

A ese sindicato, el gobierno no lo deja terminar la huelga. El 26 de junio de 1983 el SUTIN se desiste de la huelga pero las autoridades de Uramex, en donde se encontraba la mayor parte de los miembros del sindicato, se niegan a aceptar la reanudación de labores.

Algunos de los testimonios en este libro recuerdan que la decisión para iniciar la huelga se tomó por un margen muy estrecho. Isidro Navarro Rivera muestra las votaciones en las secciones del SUTIN: los trabajadores del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares, especialmente del Centro Nuclear en el Estado de México, estaban en su mayoría contra la huelga. En cambio en URAMEX la adhesión a la huelga era muy clara. En total, la suspensión de labores fue aprobada por 1240 contra 997 votos. Esa división la aprovechó el gobierno cuando decidió liquidar Uranio Mexicano para, de esa manera, dejar al SUTIN sin el núcleo más comprometido y combativo y que había sostenido las decisiones principales del sindicato. No en balde, la escisión que debilita al sindicato, promovida por un grupo que se presenta como alternativa a la dirigencia democrática, se asienta en el Centro Nuclear.

Desde aquella fechas pudo discutirse si la decisión de ir a la huelga era adecuada o no. Pero hay que recordar el contexto nacional en donde por primera y quizá única vez en la historia mexicana, varios millares de sindicatos coincidieron para estallar huelgas que cuestionaban la política económica del gobierno. Un sindicato con la vocación crítica y el talante solidario que enarbolaba el SUTIN no podía estar al margen de esa circunstancia. Desde luego puede reconocerse, como hace Raúl Pérez Enríquez en estas páginas: “la huelga de 1983, en demanda de un aumento salarial de emergencia, era una huelga política que desafió al gobierno y éste contestó con un golpe demoledor, impidiendo la huelga en el ININ y evitando el levantamiento de la misma en URAMEX”.

Molesto para el poder político, el SUTIN se defiende con tenacidad durante un año y medio. Expresiones de respaldo no le faltan, inclusive en la burocracia sindical que alcanza a comprender que, en la persecución a los nucleares, se encuentra una advertencia contra cualquier sindicato que quiera movilizarse y defender derechos por encima de los parámetros que establezca el gobierno. Presiones políticas y hasta personales, indemnizaciones atractivas, satanizaciones en la prensa, van debilitando al SUTIN. Pero ese movimiento solamente declina cuando a fines de 1984 se aprueba la Ley Nuclear que formaliza la desaparición de Uramex. En aquella sesión en San Lázaro la noche del 19 de diciembre el diputado socialista Arnaldo Córdova dijo, en una brillante intervención que se recoge en este libro, que a esa iniciativa de ley la animaba el propósito de:

“reducir a la impotencia a un sindicato cuyo único delito ha sido ser independiente y autónomo, nacionalista de verdad, amante y continuador de las mejores tradiciones de lucha del pueblo trabajador mexicano, defensor del interés nacional que representaba el sector al que servía, y solidario con los explotados, los desvalidos y los perseguidos de nuestra patria”.

Los trabajadores nucleares sabían, y en este libro algunos de ellos lo recuerdan, que en aquel litigio tenían la razón. Comprobaron, a costa de sus empleos y de su organización gremial, que la solidez de los argumentos, la capacidad para respaldarse en la sociedad, la versatilidad de sus alianzas y la perseverancia, no eran suficientes ante un gobierno medroso y dominado por el menosprecio a los sindicatos.

El 21 de enero, en un desplegado de la Sección Uno del SUTIN, los trabajadores nucleares concluían su movimiento reconociendo:

“Propusimos un nuevo modo de hacer política en este país, una política limpia, honrada y plural, que conjugara las más profundas tradiciones revolucionarias con la perspectiva de una sociedad más justa, democrática, libre e independiente. Esta es nuestra historia y nuestra carta de presentación. Por ello nos castigaron”.

No hay que olvidar el esfuerzo de ese sindicato y sus trabajadores. Por eso es agradecible la publicación de este libro. Por eso, también, aquel viernes de enero, en el Salón Riviera, festejábamos el empeño y el ejemplo del SUTIN. El próximo domingo se cumplen 30 años de aquella celebración.

Isidro Navarro Jaimes, coordinador, El SUTIN. Testimonios 1964 – 1984. Edición de los autores. México, 2015, 142 pp.

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Un comentario en “Un sindicato ejemplar

  1. LA MISMA HISTORIA. EL SISTEMA PUEDE Y LOS TRABAJADORES NO. CUANDO NO HAY REMEDIO LOS CASTIGA CON GRATIFICACIONES (MAICEO) QUE SIENTEN LES TOCA COMO PARTE DEL BOTIN NACIONAL. HOY MUERE EL GATO DE FIDEL QUIEN
    CREA EL SINDICALISMO CHARRO. ES PERDER EL TIEMPO IDEOLOGIA DE IZQUIERDA CON MEXICANOS TIMIDOS, TEMEROSOS Y PROCLIVES AL COCHUPO

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