Cervantes, El Quijote, el corazón

El Quijote, por Antonio Saura
El Quijote, por Antonio Saura

Publicado en Crónica el 25 de abril
Cuatro siglos después de la muerte de su autor El Quijote sigue vigente. ¿Por qué nos atrae y atrapa no sólo más de 400 años después de sido escrito sino incluso tiempo después de que lo leímos por primera ocasión? ¿Qué hay en esta obra que la distingue de tantísimas otras que no trascendieron como ella? Con estas preguntas quiero llegar a una esencial: ¿qué hace que un libro sea un clásico?
Un clásico, para serlo, acaso tendría que ser accesible y eso significa un lenguaje claro y la posibilidad de estar a la disposición de los lectores. Sin embargo hay “clásicos” difíciles de entender e incluso de conseguir. Si ese fuera el parámetro para evaluar la calidad clásica de un libro posiblemente el Ulises de Joyce no lo fuera, aunque sin duda es una novela indispensable.
Un clásico se distingue por el genio del autor. Si se le entiende como la capacidad para inventar cosas admirables, la genialidad de un escritor tiene que maravillarnos por su aptitud expresiva pero sobre todo por las situaciones que describe. El esfuerzo del autor siempre es apreciable pero en una obra clásica antes que nada es perceptible la chispa creativa, lo mismo en un par de cuartillas que en dos millares. Un clásico suele distinguirse por la manera como aprehende la realidad, compartiéndola con sus lectores y remodelándola o incluso creando nuevas y hasta fantásticas realidades. La capacidad de una novela para construir un mundo y hacerlo habitable mientras el lector se sumerge en ella, es otro de los rasgos que le permiten a un libro pervivir más allá de las épocas.
En tal sentido, un clásico es capaz de capturar rasgos esenciales de la condición humana que se reproducen en cualquier situación y momento. Ya sea que su enfoque sea totalizador describiendo grandes ciclos históricos, o minimalista concentrándose en pocos y muy acotados protagonistas, una obra clásica rescata virtudes y miserias de la gente porque, antes que nada, es una obra acerca de personas.
El Quijote tiene todos esos rasgos. Es tan entendible hoy como hace 400 años; allí se aprecian el talento y el trabajo de su autor; describe la realidad tal como la quería ver Alonso Quijano pero junto con ello la realidad como la vivían los demás y refiere ilusiones y pasiones tan auténticas hoy como en la época de Miguel de Cervantes.
Una obra es clásica, sobre todo, cuando es tomada como modelo. Y en ese sentido esencial El Quijote es tan clásico que nadie, jamás, se ha atrevido a imitarla seriamente. Jorge Luis Borges jugó a imaginar una réplica tan escrupulosa que el personaje empeñado en ella, Pierre Mernard, tendría que vivir y sufrir para entonces ser capaz de pensar y escribir como Cervantes. Se trataba de “una empresa complejísima y de antemano fútil”, admite el narrador argentino pero cuya importancia no era tanto el desenlace sino el camino mismo para redactar aquel nuevo Quijote, que acabaría siendo idéntico al original.
De ese tamaño es el clasicismo de Cervantes, tan perturbador que hay quien ha soñado en quien habría soñado en remedarlo. En aquel relato (Ficciones, 1939) Borges apuntó un atributo básico de El Quijote: se trata de una obra que es indisociable del autor. En sentido estricto todas lo son. Sin embargo podemos leer La Divina Comedia sin reparar necesariamente en la biografía de Dante, o disfrutar Moby Dick sin saber una palabra de la vida de Melville. El Quijote es otra cosa. Cervantes no es Quijano como a veces se ha pretendido, pero Quijano no sería lo que es sin la vida que Cervantes tuvo antes de recluirse, más allá de los 50 años, a escribir la historia del hidalgo encaprichado con las novelas de caballería.
Equiparar a Cervantes con Quijano, el soñador y el soñado, ha sido una de las muchas maneras de comprender al Quijote. Sátira de las novelas de caballería y de sí mismo, Cervantes también satiriza a la realidad y hace de la literatura un espejo intencionado que a ratos mejora y que en todo caso ofrece vías distintas para entender a esa realidad. No copia los hechos, sino que los describe alegóricamente. El empleo de símbolos fue innovación cervantina en la historia de la novela y más allá de ellos quedan no las vicisitudes de Quijano sino el significado de ellas. Sus molinos vueltos gigantes, su corcel famélico visto como rocín vigoroso o, desde luego, la manera como ve a su Dulcinea del Toboso en Aldonza Lorenzo ofrecen, más allá de la apariencia, una manera de mirar y querer al mundo. La complicidad que Cervantes consigue entablar con nosotros se debe al juego entre ficción y realidad, o a la apariencia de realidad dentro de la ficción, que muestra desde el primer momento. El narrador, con distintas personalidades a través de las etapas del libro, pretende que alguien más escribió las andanzas del Quijote y que él solamente es intermediario que las comparte con nosotros.
La dualidad entre la vida real y la vida como la supone Quijano articula toda la narración, incluso cuando en el segundo tomo los protagonistas aceptan que son personajes de novela. El Quijote retrata, como tanto se ha dicho, la lucha inacabable entre el mundo tal como es y el mundo como lo desearíamos.
Realidad y deseo, realidad y ficción, establecen contrapuntos que no solo nos circundan y acercan a la obra de Cervantes sino que, además, sirven para propagar concepciones vitales. El contraste entre el idealismo de don Quijote y el sentido práctico de Sancho Panza han sido coordenadas que mencionan reiteradamente muchos de quienes comentan la obra de Cervantes. Uno y otro resultan, de esa manera, recursos para dibujar esas dos peculiaridades de la gente y de la vida. Pero ninguno de ellos, como ya se ha mencionado, sería entendible sin el otro.
Son tantas y tan disímiles las maneras de acercarse al Quijote, que en esa versatilidad se encuentra otro de sus rasgos notables. Con razón ha advertido Harold Bloom, en su obra El canon occidental: “No hay dos lectores que den la impresión de haber leído el mismo Quijote, y los críticos más distinguidos todavía no han conseguido ponerse de acuerdo en los aspectos fundamentales del libro”.
Cada quien puede tener su lectura personal de El Quijote. Pero ¿es ese el atributo que lo vuelve un clásico? ¿No ocurriría lo contrario, ya que la manera como cada lector se apropia del texto es distinta? Quizá también allí, en esa riqueza de opciones, El Quijote se nos muestra como un clásico. Se trata de una obra que tiene algo, o mucho, para cada quien. Y más allá de la manera como nos apropiamos de ella, la novela de Cervantes se apropia de nosotros al reivindicar soberbiamente una de las aspiraciones imprescindibles de los seres humanos. Me refiero a la necesidad que todos tenemos para fantasear en libertad, querer sin límites, redimirnos en la ilusión.
El Quijote reivindica para todos el valor universal que tienen las quimeras. El caballero andante nos resulta entrañable porque se lanza sin reparos a cumplir sus ilusiones y todos, absolutamente todos aunque lo admitamos de diversas maneras, tenemos sueños que quisiéramos cumplir. Si Alonso Quijano consuma o no sus idealizaciones es lo de menos. Lo primordial ha sido el camino recorrido en pos de ellas. La búsqueda del “sueño imposible” vale por sí misma y le da sentido a todo lo que la precedió, así como a todo en lo que se convertirá. El personaje central de la obra y su acompañante buscan afanosamente cumplir con sus fantasías. Esas aspiraciones los empujan por encima de adversidades y descalabros. Ambos, nos resultan simpáticos y entrañables porque representan la gana de utopías que, de una u otra manera, todos tenemos.
¿Cómo leer El Quijote? En busca de una respuesta autorizada acudí al ya ajado libro de texto de Lengua y literatura españolas que en 1968 escribió mi querido profesor de preparatoria, Mauricio Brehm. La fórmula me ha parecido inmejorable. “¿Cómo leer el Quijote? Sólo hay un medio: con el corazón. Leer es sentir con el personaje que se nos pone delante (compadecer), vibrar con los protagonistas, sentir con ellos, emocionarse con sus ilusiones y sus anhelos, entusiasmarse con sus sueños y sufrir un poco o un mucho con sus pocas o muchas penas, amarguras y fracasos”.
Para acercarse al Quijote no hay mas que acudir al libro mismo, hojearlo, comenzar en la página donde nos venga en gana y sumergirnos en él. Lo más importante es acercarnos a él con afición y apego: leer al Quijote con el corazón. Esa es seguramente la mejor fórmula para ensimismarnos en este libro tan versátil que cada quien tiene su propia lectura de él, tan querido que aunque lo hayamos leído a retazos, o hace tiempo, siempre nos quedamos con algo de su encanto.

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