Aquella tarde en Tlatelolco

Una parte de este texto apareció en Crónica el 27 de febrero.

lga-tlatelolco-aquella-tarde   “Nadie me lo contó”, anticipa Luis González de Alba para subrayar su calidad de testigo y víctima de la tarde de Tlatelolco. El movimiento estudiantil, de cuya dirección formaba parte en representación de Filosofía y Letras de la UNAM, había tenido grandes momentos de movilización y ascenso pero comenzaba a declinar en octubre de 1968. El de Tlatelolco iba a ser un mitin de menos relevancia que las grandes concentraciones de ese verano. Dos días antes el Ejército desocupó Ciudad Universitaria. Ese mismo miércoles 2 de octubre había comenzado el diálogo con dos representantes del gobierno. A las 6.10 de la tarde cayeron las dos bengalas sobre la Plaza de las Tres Culturas.
La brutalidad y la alevosía, pero también la confusión y el mito, han propiciado una versión a grandes brochazos sobre la tragedia de aquella tarde. Luis González de Alba estaba en balcón del tercer piso del Edificio Chihuahua en donde varios oradores se habían dirigido al la concentración reunida en la Plaza. Desde allí vio que de pronto la gente huía. Poco después identificó a los francotiradores de guante blanco que se encontraban en ese y otros edificios. Presenció la sorpresa y luego el pánico de aquellos individuos vestidos de civil que no esperaban que el Ejército respondiera a sus disparos. Allí fue detenido y más tarde llevado al Campo Militar Número Uno.
La que articularon, compartieron y repitieron los dirigentes encarcelados fue la que González de Alba llama una “versión coral”. Recluidos en Lecumberrri, armaron un relato común a partir de los segmentos que cada quien vio y escuchó sobre los acontecimientos del 2 de octubre. Así se articuló una versión colectiva, sin matices porque la descripción de las grandes tragedias suele prescindir de los detalles.
Algunos de esos pormenores le llamaron la atención años, décadas más tarde. Varios de sus compañeros le contaron que los soldados organizaron y protegieron la salida de estudiantes para que no fueran víctimas de los francotiradores. A él mismo, cuando lo llevaban hasta un camión del Ejército, un soldado le regaló un pedazo de fruta. Otro más, en el Campo Militar, le consiguió una cobija. Un tercer militar enviado a interrogarlo simuló que lo golpeaba, sin lastimarlo. Esas actitudes quizá aisladas pero harto significativas llevan a González de Alba a considerar, aunque no lo escribe de manera expresa, que no todo el Ejército participaba del plan para aniquilar al movimiento estudiantil y que no había una operación del gobierno para deshacerse de los líderes.
La tarde de Tlatelolco, a juzgar por esas observaciones, el Ejército fue tan sorprendido como los estudiantes y sus dirigentes cuando los miembros del “Batallón Olimpia” comenzaron a disparar. Pero esos francotiradores, a su vez, no esperaban que los soldados de uniforme replicaran a sus balazos contra la multitud. Sigue sin saberse con precisión quiénes orquestaron la intervención del Batallón Olimpia, aparentemente formado por miembros del Ejército que posiblemente obedecían a órdenes externas a esa corporación.
La “versión coral” que los dirigentes de aquel movimiento reafirmaron a fuerza de repetirla una y otra vez fue organizada por González de Alba en un escrito que le encomendaron sus compañeros encarcelados junto con él.

En Lecumberri. González de Alba con Felix L. Hernández Gamundi, Raúl Álvarez Garín y Jorge L. Peña Pardo.
En Lecumberri. González de Alba con Felix L. Hernández Gamundi, Raúl Álvarez Garín y Jorge L. Peña Pardo.

Cada semana discutían sus avances. Allí mismo, en Lecumberri, preparó un texto ampliado con detalles de la vida en prisión y con el registro de sus propias emociones. Esa sería su novela Los días y los años publicada en 1971. Pero al mismo tiempo el borrador de ese escrito fue utilizado por Elena Poniatowska, con autorización de los dirigentes estudiantiles y del propio González de Alba, en el rompecabezas que construyó en La Noche de Tlatelolco.
El libro de Poniatowska recoge la versión a coro de aquellos hechos. Tiene inexactitudes, algunas de las cuales señalaría González de Alba, porque lo que allí importa es el sentido general de la denuncia. Independientemente de lo que cada quien vio y de las expresiones textuales de cada testigo, La Noche de Tlatelolco es el eficaz, por indignante, registro literario de una infamia. Pero no es una fuente con la escrupulosidad que requiere el registro histórico. González de Alba explica y alerta: “Para los historiadores del futuro debe quedar claro que el dramatismo, la sonoridad, la música, en La noche de Tlatelolco, tienen prioridad sobre la verdad escueta”.
Dice González de Alba: “Ningún dirigente del CNH —el Consejo Nacional de Huelga— desapareció, ninguno murió en Tlatelolco, tampoco en el Campo Militar. Nadie… Desaparecidos no hubo sino cuando, ya presidente Luis Echeverría, las guerrillas tomaron el camino del asalto al poder. Muchos guerrilleros detenidos fueron desaparecidos sin rastro. Otros fueron encarcelados y luego amnistiados. Pero no dirigentes del 68. Hemos dejado crecer el mito. Creo que nos gusta”.

Manuscrito de González de Alba empleado luego para "Los días y los años". Tomado de la revista Nexos.
Manuscrito de González de Alba empleado luego para “Los días y los años”. Tomado de la revista Nexos.

El movimiento del 68, en efecto, transitó de tragedia, a leyenda. “Y como todo mito —explica ese autor— alterado por voces que muchas veces no tuvieron conocimiento del tema en su momento”. El número de muertos que no alcanzó los centenares que registra la versión más propalada, el papel del Ejército que fue por lo menos contradictorio, el carácter del movimiento mismo que no era popular sino exclusivamente estudiantil y que no era de izquierda ni pretendía cambiar al país sino la satisfacción a demandas muy específicas, son parte de esa versión a grandes pinceladas que se mantiene medio siglo más tarde.
El de ese 2 de octubre fue un asesinato, independientemente del número de víctimas. Jamás se podrá hablar de Gustavo Díaz Ordaz y del México de fines de los 60 sin recordar ese crimen. El desempeño del Ejército sigue requiriendo aclaraciones. El movimiento estudiantil de 1968 era ni más ni menos que precisamente eso: la protesta de jóvenes universitarios ante flagrantes abusos policiacos, desplegada con entusiasmo, valentía y júbilo en una época notoriamente autoritaria. Tlatelolco aquella tarde (Cal y arena, 2016, 132 pp.)  contribuye a dotar de matices la versión en blanco y negro que ha sido frecuente acerca de ese movimiento estudiantil. Para llegar a esa perspectiva González de Alba tuvo que tomar distancia de las simplificaciones y las idolatrías respecto de ese y otros episodios de nuestra historia contemporánea.
Su propia biografía personal quedó afectada por la mitificación del 2 de octubre. En 1997 González de Alba encontró en La presidencia imperial, de Enrique Krauze, una supuesta cita suya. Se trataba de una descripción de la manifestación del silencio en 1968. Le sorprendió la prosa ampulosa, la narración efectista en la que no se reconocía. Pronto entendió que en realidad se trataba de un fragmento de La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska. La versión inicial de ese párrafo era de González de Alba. Poniatowska la tomó del manuscrito que los dirigentes presos le entregaron en 1970 y la acomodó al tono de su relato. González de Alba decidió aclarar, entonces, una confusión que se  había mantenido por 27 años.
No fue ese su único motivo para señalar los errores en el libro de Poniatowska. Aunque antes compartieron convicciones y proyectos, González de Alba se había distanciado de esa escritora, cuyo tratamiento de diversos temas le parecía simplificador y cuestionable. En el libro Fuerte es el silencio, por ejemplo, Poniatowska hace el elogio sin matices del dirigente Florencio Medrano que en los años 70 fundó la colonia Rubén Jaramillo en Morelos y luego compartió posiciones aventureras, incluso de confrontación con otros grupos de izquierda, cuando se fue a la guerrilla. En otro episodio, en 1997, González de Alba le reprocha a Poniatowska las alusiones mal informadas que ella hace en un mitin, a propósito de un artículo que había escrito José Woldenberg. “Le pregunté si lo había leído. Me respondió que no, pero que se lo había sintetizado Pablo (Gómez). Me heló su deshonestidad intelectual”.
González de Alba identificó en el libro de Poniatowska 28 párrafos tomados del original de Los días y los años. En ep-la-noche-de-tletelolcoellos no sólo no se le citaba como autor. Además había giros del lenguaje y se incorporaban expresiones que él no empleó en su texto original. Esos párrafos fueron alterados para que se ajustaran al lenguaje “que Elena cree popular”, explicó el propio González de Alba. En un artículo para Nexos y en otro similar para La Jornada en octubre de 1997 relató esa apropiación consentida de su propio trabajo. Algunos dirigentes estudiantiles aparecían defendiendo posiciones políticas con las que no habían coincidido. Otros, eran ubicados en circunstancias distintas a las que vivieron la tarde del 2 de octubre. Poniatowska tomó, según las conveniencias de su relato, frases del documento de González de Alba; las entremezcló con expresiones coloquiales que él aseguraba no habría dicho ninguno de los dirigentes estudiantiles, les adjudicó a otros lo que él dijo, inventó personajes a los que atribuyó frases de Los días y los años.
González de Alba solicitó que en una reedición de La Noche de Tlatelolco Poniatowska corrigiera esas alteraciones respecto del relato original y, cuando se le citara, se mencionase la fuente. Él insistió que no reprochaba la apropiación del texto sino su distorsión. En Nexos de octubre de 1997 ofreció un ejemplo: “no le reclamo a Elena que en su página 76 transcriba mi descripción del grito en CU (página 122 de mi relato), sino que siendo yo el narrador lo atribuya a Gilberto Guevara”. Reiteró: “no estoy acusando a Elena de plagio ni de fraude… Le estoy solicitando, única y exclusivamente, que atribuya a cada narrador sus palabras”. Como no tuvo respuesta de la autora ni de la editorial ERA, en diciembre de 1997 presentó una demanda en el Instituto del Derecho de Autor. En abril siguiente el Instituto propició un acuerdo de avenencia. La editorial se comprometió a incorporar en las siguientes ediciones de La Noche las correcciones que González de Alba requería.
Ese acuerdo no evitó otros desgarramientos y represalias lga-los-dias-y-los-an%cc%83oseditoriales. Debido a la publicación del artículo en donde González de Alba señalaba las imprecisiones de La Noche de Tlatelolco, Elena Poniatowska renunció al Consejo Editorial de la revista Nexos. Por su parte La Jornada despidió a González de Alba que había sido colaborador de ese diario, del que además era fundador, durante 13 años. El sectarismo de los editores de La Jornada se reiteró en octubre pasado cuando la muerte de Luis González de Alba no fue mencionada por ese periódico. González de Alba había sido un notorio y activo hombre de ideas, letras y ciencias. Sus contribuciones al debate político, a menudo con cuestionamientos ácidos y lúcidos a las perplejidades de izquierdas y derechas, animaron nuestro escaso intercambio intelectual.
Tlatelolco aquella tarde es resultado de la honestidad intelectual y personal de Luis González de Alba. Con una lga-foto-fbperseverancia convertida a menudo en obsesión, el autor de este libro insiste en desmontar confusiones y engaños acerca de los acontecimientos de 1968. De allí su terquedad, incluso en un tono innecesariamente desmesurado, para reprochar las distorsiones en el texto de Poniatowska. El acicate de esa insistencia era una denodada, exigente, a veces incluso insolente, búsqueda de la verdad: ante los mitos, los hechos aunque sean menos glamorosos. Esa actitud exasperaba a muchos, soliviantaba simulaciones atrincheradas detrás de pretendidas correcciones políticas y hacía de González de Alba un personaje irreverente, inteligente, incómodo. Por eso nos hace tanta falta.
Veinticinco años después de los acontecimientos de 1968, a comienzos de los 90, Luis González de Alba está en París con un joven enamorado suyo que le dice, con palabras que él considera ingenuas y que, recuerda, le hicieron llorar: “Tienes suerte de pertenecer a esa generación: ustedes vivieron la esperanza”. Luis experimentó y entendió esa esperanza con tanta lucidez que le resultaba imposible dejarse envolver por ella y la quiso nutrir de realismo crítico y de exigencia intelectual y política. No sé en qué medida la erosión de esa esperanza influyó en la decisión que siempre lamentaremos y que ejecutó el pasado 2 de octubre. Pero estoy seguro de que Luis hubiera estado de acuerdo en que cualquier esperanza sólida tiene que estar afianzada en el reconocimiento y la propagación de la verdad como  él mismo, con tanta lucidez, se empeñó en reivindicar.

Texto leído en la presentación del libro de Luis González de Alba Tlatelolco, aquella tarde. (Cal y arena, 2016, 132 pp.) en la Feria del Libro del Palacio de Minería.

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Un comentario en “Aquella tarde en Tlatelolco

  1. Vaya que ha pesado la ausencia de Luis González de Alba. Este debe ser el testimonio histórico más importante sobre lo que ocurrió en Tlatelolco. P.D. Me hubiera encantado leer su opinión tras la muerte de Fidel Castro.

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